10/05/2008
Eloy
En el tejado de un edificio de Ferrol, las gaviotas pespuntean con sus picos las láminas de pizarra que cobijan los cruasanes que le gustan a V., las cajas de zapatos bien apiladas de E. y los sueños de ambos. El salón de este hogar tiene forma de buhardilla. Está iluminado por una claraboya desde donde se otean las tormentas que cruzan la ciudad, y también esas gaviotas que las barren con sus melopeyas surrealistas y oceánicas.
E. trabaja en una piscifactoría. Allí custodia la vida de rodaballos de lomos graníticos. A veces piensa que los tonos grisáceos y ligeramente moteados de sus criaturas le dictan al cielo de la ciudad su color, pues estos seres aplanados, redondos y de cola pequeña siempre miran hacia arriba como queriendo constatar que el firmamento, con su mudez, acata las órdenes silenciosas de sus cuerpos.
E. es el último dandi. Algunos días sueño con ser él. Poca gente sabe que vive en Ferrol, y que es el dueño del cielo.
02/05/2008
Trama y estilo
La City también tiene feria del libro. Ya no bastan edificios icónicos en las ciudades de provincias para formar parte del star system cultural; se hace necesario posar con laureados poetas y dar de comer a escritores encumbrados por las listas de ventas a cambio de que todos ellos firmen ejemplares, posen, distribuyan apretones de manos o, en el mejor de los casos, canten y bailen. En este contexto, ayer, el lletra ferit Vila-Matas conferenció ante un auditorio compuesto por cabezas de animalias de épocas desacompasadas: jóvenes amigos de la metaficción, abuelas atraídas por la bonanza climática aportada por el aire acondicionado, diletantes, imitadores de estudiantes de Eton, literatis y grupies de cualquiera que moje la pluma en tinteros plateados.
Vila-Matas, como acostumbra a hacer, desgranó un discurso autorreferencial, llegando a fusilar por completo un artículo propio en un Babelia de noviembre del año pasado (como ya hiciera en su famoso Bartleby y compañía con una cita de Borges sin entrecomillar). Sospecho que lo que nos encajó será el primer capítulo de un libro sobre los escritores que esperan o sobre cómo se hace una novela cocinada en la parrilla de su barbacoa. Nombres como Gracq, Robert Walser, Rimbaud, Nerval, Magris, Musil, Ribeyro, da Cunha (apellido que el catalán pronunció como da Cuna), Pessoa, etc. sirvieron para dar el tono a un discurso que proponía una poética de la novela para el siglo XXI. Para él, la poesía y el estilo tienen que primar por encima de la trama. Me resulta llamativa esta apuesta por la música narrativa cuando, sólo con un mero paseo por las casetas de la feria, se puede observar que el comprador medio se hace con títulos en los que prima el macramé tosco de enredos medievales por encima del dorado perfil de la seda del estilo.
Cierta vez le propusieron en Francia al escritor de novela negra Chester Himes que confeccionara historias de detectives. Ante la imposibilidad confesa de éste para hacerlo, Marcel Duhamel, director de la serie Noire de Gallimard, se lo dejó bien clarito, construyendo, sin sospecharlo, la poética novelística de nuestro siglo, sin cabida para Gracqs, Manganellis ni otros estilistas narrativos: “Coja una idea. Empiece con acción, con alguien que haga algo; con un hombre que saca una mano y abra una puerta, la luz brilla en sus ojos, un cuerpo yace en el suelo. Se vuelve, mira hacia uno y otro lado del corredor… Siempre el detalle de la acción. Retrate. Haga como en el cine. Las escenas siempre son visuales. Nada de flujo de conciencia. Nos importa un bledo lo que piensen quienesquiera que sean. Sólo nos importa lo que hagan. Que siempre estén haciendo cosas. De una escena a otra. No se preocupe si carece de sentido. Eso es para el final. Escríbame doscientas veinte páginas a máquina”.
El estilo es una sutileza que nuestro tiempo no se puede permitir. Se paren tramas sin apenas gestación. El negocio editorial no conoce los preparatorios para el parto. La trama hilvanada con un estilo brillante es lo único que puede dar obras de arte. El resto, únicamente, son novelas del Oeste y gótico internacional.
29/04/2008
Metafísica licuada
Durante años, jovencitas despiertas y vigilantes a los nuevos aires literarios me han aconsejado la lectura —siempre inmediata— de la obra de Amèlie Nothomb, escritora belga-nipona de gran, dicen algunas, solvencia literaria.
Con ese movimiento de placas tectónicas que supone encajar un nuevo autor en la corteza que cada uno considera canónica, intenté instalar ayer a la citada escritora en ese territorio de cuencas, valles y mesetas del Parnaso. Leído lo leído (Metafísica de los tubos, Barcelona, Quinteto, 2006), contemplo indolentemente como es éste otro nombre para guardar en el habitáculo estanco del observatorio sísmico de las veleidades creativas, allí donde quedan alojados otros vapores de solfatara que perfuman las mesas de novedades.
La Metafísica de los tubos es una novela corta entre lo cutre-kafkakiano y la bonhomía bienpensante dignas de Bariccos, Rivas, Tabucchis y otros pájaros babélicos. En resumen, la novela cuenta los avances vitales de una niña, hija de un diplomático belga en Japón, que toma conciencia de tubo desde sus más tempranos parpadeos. Esta situación acaba con la llegada de su abuela a la ciudad de Kobe para visitar y observar de cerca tan increíble fenómeno. Los padres quedan estupefactos al ver como su tubo sale de esa condición por el simple hecho de encontrarse con el placer, materializado en una tableta de chocolate blanco que le da a probar su abuela. A partir de ahí se narrarán su relación con dos asistentas japonesas que personifican el bien y el mal respectivamente; el intento de suicidio truncado; y el deseo de la protagonista de no separarse nunca de la cultura japonesa. Todo ello con el contrapunto de fondo de un repaso a las incursiones occidentales en el país durante la 2ª Guerra Mundial.
En fin, para ser sinceros, no se le negará a la obra algún fogonazo desvaído al final de un túnel de intuiciones líricas, aunque todo se queda bajo la forma de una filosofía (de ahí lo de Metafísica) licuada sin apenas desarrollo, algo que agradará a lectores de fin de semana, a horteras (con su antigua acepción de dependiente de tienda) y a otras almas cándidas que bailan al compás de los suplementos culturales de signo progresista.
Stendhal, en una celebre frase dirigida a Merimée, decía: “Escribir no es apuntar; escribir es disparar”. La tarde de ayer la desperdicié en el campo de tiro, mientras que el practicante sólo atinaba a mirar por encima del cañón, sin intuir apenas la diana al fondo del pasillo.
01/02/2008
Gente de pro
28/01/2008
03/01/2008
Sin comentarios
Saludos desde este año vaginal.
05/12/2007
Literatura multiorgásmica
Alguna vez he llegado a comentar con algún amigo cuáles eran las virtudes de lo extraliterario, es decir, todo aquello que está relacionado con el mundo de la literatura sin serlo. Evidentemente, me refería al mundo de lo material y no de las ideas; y como material entiendo las presentaciones, las lecturas poéticas, las reseñas especializadas, las listas de los más vendidos, las dedicatorias y las relaciones sexuales surgidas al calor de todo lo anterior. Esto último y sus aledaños es lo que empaña mis lentes esta tarde decembrina.
El doctor M., insigne cuentista y mecánico de las musas (en la actualidad ajusta la tornillería de un taller de escritura que impartirá en breve), esgrime que la sensualidad es más rastreable en veladas líricas donde muchachas audaces lanzan versos como confeti, que en charlas donde un joven novelista tiene que sortear las humoradas de señores con gabardinas sepias junto a las caras de jóvenes que tras las consabidas gafas de pasta esconden auténticos graneros de sebo y queratina.
Toda esta vana palabrería viene porque hoy, a la búsqueda de libros de lance en la feria del libro antiguo y de ocasión, he tenido la oportunidad de toparme con letras y personas que se han enhebrado sutilmente hasta dejarme colgada al cuello una divagación estéril acerca de la literatura y el sexo. En un libro del dramaturgo Harold Pinter, Polvo eres, encuentro una dedicatoria críptica que reza así: “Después de tres polvos”. Desconozco si el objeto de tan sutiles palabras no sería dejar memoria metaliteraria a un/a amante de una noche olímpica. A continuación, entre tenderete y tenderete, me topo con X.K. Éste me interroga acerca de qué me ha parecido el correo que me ha enviado donde ha literaturizado su deseo (Olía a sudor y gasoil y estaba conducido por un enjuto hombre sin edad. En el asiento de atrás, sudorosos
y jadeantes por la lluvia y las prisas, ambos miraban impacientes las calles inacabables por el cine de la luna del vehículo, empapados por la fina lluvia que antes caló sus huesos, pero no hizo más que clarificar sus ideas y buscar sitio para dar fin a sus almacenes de adrenalina [sic y el subrayado es mío, claro]).
Abandono como puedo el mundo lujurioso de los libros usados y la literatura sicalíptica amateur. Encamino mi sombra hacia una librería de precios etiquetados y volúmenes sin dedicar. Pero de nuevo me sobreviene el mundo del deseo. Es ahora un ex-vecino que me pide información sobre un título espeluznante: El hombre multiorgásmico. Ante mi nulo conocimiento sobre tamaña obra literaria, el hombre sube a “la planta correspondiente” (si es que la hubiera) mientras yo quedo expurgando los anaqueles de literatura erótica, solo, desvalido y sospechando que el grueso de los encuentros no es otra cosa que una luminosa señal en la noche. Ustedes ya se imaginarán: mucho Sade, las once mil vergas de Apollinaire, los Coños de Pradita, los Trópicos de Miller, etc. Entre tanto título, si no leído al menos conocido, brotó un libro de Alfred Jarry llamado El supermacho. A continuación vi que el señor que subió a la búsqueda del librito de marras bajaba ufano con algo extraño en las manos. Quise que no me viera, que me dejara huérfano de sus saberes en materia de literatura de autoayuda sexual, pero fue imposible. El muy canalla me soltó que no había encontrado lo que quería (lo dejaba pedido), sin embargo, en el vagabundeo lúbrico había dado con un audio-libro que haría las delicias de su mp3 durante las próximas semanas y que, además, no le resultaría tan enojoso puesto que no tendría que leerlo, sino escucharlo. Mi pudor me impide colocar aquí el nombre de esta obra. Léanlo ustedes en la foto que acompaña a estas palabras. Yo, como no puede ser de otra forma, me voy a la cama. Ciao a tutti.
Para otro día o para ustedes mismos dejo el comentario del gesto ufano de Barbara Keesling.
24/11/2007
La seducción
Por las mañanas, cuando acudo a recoger el coche para marchar al trabajo, una mujer madura con una bata de un celeste ajadamente plateado y un caniche amarillo que husmea en las esquinas me mira y tararea “Strangers in the night”. Son las 7:45.
02/10/2007
Velcrohanding
Las incipientes y, poco a poco, populosas ciudades de finales del XIX y principios del XX vieron como de sus entrañas surgían artistas que abrazaban la bohemia mendicante de manera absoluta. Individuos decadentes que posaban sus escuálidos y exhaustos cuerpos de noches y hambre en esquinas y chaflanes resobados. El escritor paleocristiano Juan Manuel de Prada le dedicó el primer capítulo de su Desgarrados y excéntricos a Armando Buscarini, un artista del hambre (como diría Kafka) que colocaba sus poemas a transeúntes grises del Madrid de los años 20 a cambio de un bollo y un café. Otro de los grandes teóricos de la bohemia, Rafael Cansinos Assens (al que tanto debe el plagiador Prada), dio cumplida cuenta de aquellos hombres en La novela de un literato. Sus páginas eran recorridas por individuos que devoraban la vida mientras que ésta los consumía a ellos, siempre en pos del arte y la imaginación. La colmena de Cela, a su vez, mostraba escenas de los 40 en las que la herencia y el marchamo de aquellos tiempos de inanición y creatividad quedaban magistralmente retratados: los poetas se sentaban al calor de alguna que otra tertulia, más por el aroma de una taza de café que por el verbo noctámbulo del pontificador de turno.
Pero Madrid no era la República mundial de las letras; ese título habría de llevárselo París por motivos sobradamente conocidos. Lo del premio de consolación a lo castizo, a falta de la visión brumosa de Lutecia, era lo que se podían permitir los decadentes carpetovetónicos. Mientras que el joven Rimbaud cambió los adoquines provincianos de su Charleville natal por los arrojadizos y amontonables de París, aquí, poetastros riojanos, pintamonas murcianos y novelistas galaicos hubieron de libar del sucedáneo bohemio que ofrecían las cucarachas de las casas de huéspedes y las ladillas abotargadas de lupanares furtivos. Uno de los pocos que podía narrar historias de Montmartre y vivir de nublar la vista a versificadores que le escuchaban contar que Verlaine una noche le besó la frente fue Alejandro Sawa. Ya en sus últimos días de Madrid, el menesteroso tenía que quedarse en cama debido a que su mujer empeñaba sus pantalones para poder comer.
La pregunta es la siguiente: ¿cómo se podía vestir, pagar una sucia buhardilla, beber absenta (o anís en su defecto) y no morir de inanición en estas circunstancias? Amigos míos, la repuesta a toda esta procesión de incógnitas está en una aquilatada costumbre de la época, el sablazo. Pedro Luis de Gálvez, bohemio entre los bohemios, incluso llegó a dar a la imprenta El sable. Arte y modos de sablear, tratado que recogía buena parte las puertas falsas que se podían abrir para comer. Para el DRAE, la acepción de sablear no puede ser más clara: “Sacar dinero a alguien dándole sablazos, esto es, con petición hábil o insistente y sin intención de devolverlo”. Para mis lectores latinoamericanos les diré que pechador (de pectum y a su vez de pecho <tributo> ) es el vocablo correspondiente en aquellas geografías hermanas (imagino a Rubén Darío llamándoselo entre dientes a algún cliente suyo).
Tiempo ha pasado desde que callaron esos famélicos cantores de la luna de los charcos. En fin, se marchó la bohemia, aunque sus usos existen residualmente. Se observan ahora nuevas versiones, algunas sublimadas, otras tan prosaicas como aquéllas, a las que recurre un nuevo tipo humano que, como un Golem totémico, se instala en nuestros días de manera sigilosa pero rotunda. En la era de las hipotecas, los viajes dromomaníacos, los coches de lujo con pagos aplazados, etc., nace el velcrohand, “la mano de velcro”. Creo que tratándose de un neologismo de mi invención explicaré que se trata de aquellas personas que tienen una rara relación con el dinero a la hora de pagar. ¿Quién no ha sufrido en sus carnes y en su cartera a un velcrohand, ése que parece que se le queda la mano clavada en el bolsillo cuando hay que proceder al abono de alguna, normalmente, ronda de algo ingerible o comestible. Para que lo entiendan les colocaré ante el magín ejemplos directamente vividos por mi persona. Y para no herir sensibilidades usaré (ya saben mi amor a las iniciales) la mayúscula X para referirme a varios practicantes de esta nueva religión del velcrohanding. Verbigracia:
- X, tras un año completo de postergar el pago de cafés, tostadas, birras y alguna que otra tapa distraída que caía en su estomago, pasó un “inolvidable verano” en la India, sin reparar en la posibilidad de compensar a los sufridos amigos con algún souvenir de apenas 1 dólar.
- X, propietario de un piso en una zona bien de la City, acostumbraba a atrapar los billetes al vuelo que los demás sacábamos para el enojoso apoquine y no sólo no agavillarlo con el suyo, sino que también se quedaba con nuestra vuelta.
-X, semienano que jamás pagó un regalo a las compañeras preñadas ni a los casaderos, nunca apareció por el bar donde desayunábamos el resto de sus colegas. Sólo hacía acto de presencia cuando algún incauto aparecía con una paletilla o algún que otro agasajo culinario.
Amigos, podría seguir hasta llegar a una colección de anécdotas que por el número resultaría sonrojante. Espero que este largo artículo sirva para descubrir a estos artistas, al igual que deseo que ustedes mismos contribuyan con sus experiencias a engrosar esta lista de pseudosablazos y descifrar su modus operandi.
POST SCRIPTUM: Un saludo gigantesco a J.M. de la R., a SOC y a mister Galán, todos ellos libres de pertenecer a este deleznable gremio del velcrohandismo. Un fuerte abrazo a los tres y a todos los que pacientemente han esperado mi regreso.



