MÁS PÁJAROS VENDIENDO NIDOS
Un hombre con la cara de Edward G. Robinson y el pelo dorado cual querubín nos muestra una manzana completa de su propiedad en la que ha esparcido, cual divinidad caprichosa y especulativa, una veintena de apartamentos, pisos y dúplex. Sustancialmente todos estos plumíferos se parecen en la presentación de sus inmuebles: todos son tranquilos, todos están bien orientados, todos tienen muchas posibilidades, todos cuestan menos que los de sus mismas características en otras zonas del barrio, todos son negociables, todos, todos, todos. Lo que más me jode es que todos tengan cocina integrada (gran participio; parece como si le diera al piso más caché), lo cual me viene a confirmar que la pajarería promotora ha hecho piña con los bares de la zona para que el personal no cocine en sus casas (mi casa aún huele a dorada a la plancha cocinada en cocina independiente después de tres días, así que imagínense cómo puede quedar el salón en las instalaciones que ofertan los modernos pisos).
Por la conversación el señor deduce que no tenemos hijos: “Entonces un pisito de estos es perfecto para vosotros”. Sí, si quemamos la biblioteca en un auto de fe lectora a las puertas del ayuntamiento. El hombre se queda pensativo mientras bajamos las escaleras con la decisión de que su oferta no cubre nuestras necesidades vitales. Pero el hombrecillo vuelve a coger fuelle y nos espeta que él, siendo propietario de todo aquello y graduado social, no se había leído ni El Principito. Tocados en la línea de flotación. Qué naturalidad. “Tengo siete dioptrías en cada ojo. Cuando iba a la facultad, colgaba mi chaqueta con una grabadora en el perchero y me iba al bar; luego, la recogía y me iba a mi casa a escucharla. No tengo biblioteca, sólo un montón de casetes de aquellos años”. Apretón de manos y vuelta a casa con la lección aprendida: no leer nunca El Principito ni nada de nada.