Esgrima para parados
Cansinos Assens contaba en el primer tomo de sus memorias (La novela de un literato) los iniciales lances con los que se topó como plumilla en una redacción madrileña. En esos tiempos aún no se habían inventado los masters de El país ni El mundo; el personal, como se suele decir, o era periodista de raza o se convertía en tal cosa con muchos desvelos y más café. Todo ello desde abajo, nada de pagar una billetada para, más tarde, comenzar de becario.
El fresco que regala Cansinos muestra mucho de la vida de esos periódicos, en la que convivían la tuberculosis, el frío de los amaneceres en la prensa, los carajillos dejados de deber, el humo que conservan los espejos de las tertulias y los puños de camisa raídos y mustios. Tal vez lo que más me llamó la atención de estos recuerdos fuera un detalle que se daba la mano con un mundo que estaba a piques de desaparecer, una forma de entender la vida más próxima a épocas remotísimas que al siglo que despuntaba: en la planta del edificio donde estaba la redacción, había una pequeña sala en la que se custodiaban unos cuantos floretes con los que practicar la esgrima en el hipotético caso de tener que batirse en duelo con algún lector desairado. Qué tiempos aquellos.
Ahora que el honor es una mera palabra extraída de los dramas de los Siglos de Oro, cuesta imaginar una ecuación que la emparente con la espada negra, que es la que se usa en este arte. Curiosamente, la esgrima vuelve a aparecer; tal vez sea achacable a la creencia postmoderna de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin ir más lejos, en una calle próxima a mi casa, todas las tardes se baten unos tipos enmascarados y vestidos de blanco bajo el auspicio de una academia que ofrece clases a aprendices de mosquetero. Me gusta pararme un rato a verlos a través del cristal mientras pienso en que su porte señorial y sus movimientos rápidos hacia delante y hacia detrás son la prueba irrefutable de que nuestro tiempo despoja de significado las cosas y las convierte en espectáculo. Alguno me dirá que es un simple deporte. Sí, ya sé, aunque esta misma mañana me he percatado de que es algo más: una manera de bajar la tasa del paro.
La Delegación de empleo de Almería ofrece un curso de formación como monitores de esgrima a parados de la provincia. “Los cursos se desarrollarán durante 384 horas a módulos de formación técnica-táctica y reglamentos de la esgrima, esgrima en la sala, comportamiento y aprendizaje, didáctica de la esgrima, entrenamiento deportivo, fundamentos biológicos, organización y legislación del deporte, seguridad e higiene en la esgrima, desarrollo profesional de la esgrima”.
Ya ven, en estos tiempos deshonrosos parece que en tres meses, con la ayuda inestimable del estado, se puede volver a tener la honra salvada o, al menos, la forma de recuperarla a la antigua usanza. Prevénganse los directores de sucursales bancarias y vayan empuñando la charrasca. Besos a las diosas que habitan Candás y a las otras también.