Sunday, December 13, 2009

MÁS PÁJAROS VENDIENDO NIDOS

 

Un hombre con la cara  de Edward G. Robinson y el pelo dorado cual querubín nos muestra una manzana completa de su propiedad en la que ha esparcido, cual divinidad caprichosa y especulativa, una veintena de apartamentos, pisos y dúplex. Sustancialmente todos estos plumíferos se parecen en la presentación de sus inmuebles: todos son tranquilos, todos están bien orientados, todos tienen muchas posibilidades, todos cuestan menos que los de sus mismas características en otras zonas del barrio, todos son negociables, todos, todos, todos. Lo que más me jode es que todos tengan cocina integrada (gran participio; parece como si le diera al piso más caché), lo cual me viene a confirmar que la pajarería promotora ha hecho piña con los bares de la zona para que el personal no cocine en sus casas (mi casa aún huele a dorada a la plancha cocinada en cocina independiente después de tres días, así que imagínense cómo puede quedar el salón en las instalaciones que ofertan los modernos pisos).

Por la conversación el señor deduce que no tenemos hijos: “Entonces un pisito de estos es perfecto para vosotros”. Sí, si quemamos la biblioteca en un auto de fe lectora a las puertas del ayuntamiento. El hombre se queda pensativo mientras bajamos las escaleras con la decisión de que su oferta no cubre nuestras necesidades vitales. Pero el hombrecillo vuelve a coger fuelle y nos espeta que él, siendo propietario de todo aquello y graduado social, no se había leído ni El Principito. Tocados en la línea de flotación. Qué naturalidad. “Tengo siete dioptrías en cada ojo. Cuando iba a la facultad, colgaba mi chaqueta con una grabadora en el perchero y me iba al bar; luego, la recogía y  me iba a mi casa a escucharla. No tengo biblioteca, sólo un montón de casetes de aquellos años”. Apretón de manos y vuelta a casa con la lección aprendida: no leer nunca El Principito ni nada de nada.

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Tuesday, December 8, 2009

Hogares

Esta mañana lunática, llena de brumas y de la lírica canina de la defecciones, nos hemos dejado guiar de la mano de Pili de Navarrete (Virgilio de unos 60 años, con el pelo color platino, pestañas looping y cutis de pergamino del siglo XIII muy maquillado) por el infierno moderno de la búsqueda de piso. Pili contemporiza: su discurso no está teñido ni de ideología ni de cultura, simplemente de un optimismo que por repetido resulta tan vacuo como su mirada y sus apuntes (“éste es el salón; el baño; las habitaciones…). “Esto le sale por 280.000 €, pero si realmente le interesa, intentamos llegar a un precio final”. Precio final, menudo término; y por qué no precio justo. Pili sonríe continuamente, dejando ver que eso del precio es una fruslería, que lo importante es que nosotros nos sintamos bien en nuestro hogar.

A la procesión se une su esposo, un señor que le sale la cabeza directamente del pecho y que completa la figura con una joroba maquillada por una gabardina ancha . Arturo Navarrete es un felino: huele a diez cuadra de donde está que los incautos borregos que trae su hembra no están en disposición de soltar la manteca que vale el inmueble. Cuando estrecha la mano, le hace una señal a su esposa cual experimentado jugador de tute. El discurso de ambos se vuelve vertiginoso: sacar muros; poner calefacción y aire; qué bien se ve la cubierta de la catedral; es oscuro, pero grande; con esta orientación tendréis el calor que haya ese día. Palabrería vana que nos ahoga tanto como nos ahogarían las letras de este palacete de una planta y con vistas a un patio común tan oscuro como mi reputación, que decía Gil de Biedma.

A la salida, estrechamos las manos con estos seres bondadosos y llenos de futuro. Marchan raudos a firmar la compra de una finca en no sé qué dehesa. Nosotros, desheredados del mundo moderno, volvemos a casa mirando balcones, rebosantes de la alegría que atesoran los iletrados.

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Saturday, December 5, 2009

Escritores incisivos y muelas empastadas

Leo en El Jarabe (periódico de gran influencia entre las tribus bienpensantes de este País) que mi admirado Martin Amis descansa su humanidad bajo las sombras que proyectan los arcos del acueducto segoviano. Anda asistiendo al Hay Festival. Dice el rotativo que se acompaña estos días con una edición destartaladísima de  ¡Mira los arlequines!, última novela publicada en vida por monsieur Nabokov. Es sabido que Amis siempre ha apreciado los portentosos paréntesis del ruso, esos que pueden contener, en apenas tres pinceladas, la hermosura del mundo.        

Comparto ahora con el discípulo  no sólo la pasión por el  maestro y la anatomía literaria de éste sino la obsesión del inglés por su dentadura. Lo dejó dicho de forma explícitamente magistral en su relato autobiográfico Experiencia.    

Por mi parte, la relación con mi dentista me deja bien a las claras que se aleja de una concepción seria de su arte: he descubierto en ella un miedo cerril a las agujas, se dedica al maquillaje de incisivos con una nueva aplicación de luz y pasta y me acaricia la cara cuando espera que algo de lo que me introduce en mi ser surta efecto. Imagino que esto último será para compensar que  los empastes los lleva a cabo de manera algo burda: amalgama de plata en dosis excesivas aplicadas con palustre. Hoy me he llevado ¡Mira los arlequines! a la consulta. Tal vez llevado por una extraña pulsión he dejado abandonado el volumen en la sala de espera. Ojalá la doctora Rivas esté devorándolo esta tarde de viernes. La semana que viene volveré a cerciorarme de que ha entendido el mensaje.

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Thursday, February 5, 2009

Esgrima para parados

            Cansinos Assens contaba en el primer tomo de sus memorias (La novela de un literato)  los iniciales lances con los que se topó como plumilla en una redacción madrileña. En esos tiempos aún no se habían inventado los masters de El país ni El mundo; el personal, como se suele decir, o era periodista de raza o se convertía en tal cosa con muchos desvelos y más café. Todo ello desde abajo, nada de pagar una billetada para, más tarde, comenzar de becario.  

El fresco que regala Cansinos muestra mucho de la vida de esos periódicos, en la que convivían la tuberculosis, el frío de los amaneceres en la prensa, los carajillos dejados de deber, el humo que conservan los espejos de las tertulias y los puños de camisa raídos y mustios. Tal vez lo que más me llamó la atención de estos recuerdos fuera un detalle que se daba la mano con un mundo que estaba a piques de desaparecer, una forma de entender la vida más próxima a épocas remotísimas que al siglo que despuntaba: en la planta del edificio donde estaba la redacción, había una pequeña sala en la que se custodiaban unos cuantos floretes con los que practicar la esgrima en el hipotético caso de tener que batirse en duelo con algún lector desairado. Qué tiempos aquellos.

Ahora que el honor es una mera palabra extraída de los dramas de los Siglos de Oro, cuesta imaginar una ecuación que la emparente con la espada negra, que es la que se usa en este arte. Curiosamente, la esgrima vuelve a aparecer; tal vez sea achacable a la  creencia postmoderna de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin ir más lejos, en una calle próxima a mi casa, todas las tardes se baten unos tipos enmascarados y vestidos de blanco bajo el auspicio de una academia que ofrece clases a aprendices de mosquetero. Me gusta pararme un rato a verlos a través del cristal mientras pienso en que su porte señorial y sus movimientos rápidos hacia delante y hacia detrás son la prueba irrefutable de que nuestro tiempo despoja de significado las cosas y las convierte en espectáculo. Alguno me dirá que es un simple deporte.  Sí, ya sé, aunque esta misma mañana me he percatado de que es algo más: una manera de bajar la tasa del paro.
La Delegación de empleo de Almería ofrece un curso de formación como monitores de esgrima a parados de la provincia. “Los cursos se desarrollarán durante 384 horas a módulos de formación técnica-táctica y reglamentos de la esgrima, esgrima en la sala, comportamiento y aprendizaje, didáctica de la esgrima, entrenamiento deportivo, fundamentos biológicos, organización y legislación del deporte, seguridad e higiene en la esgrima, desarrollo profesional de la esgrima”.

Ya ven, en estos tiempos deshonrosos parece que en tres meses, con la ayuda inestimable del estado, se puede volver a tener la honra salvada o, al menos, la forma de recuperarla a la antigua usanza. Prevénganse los directores de sucursales bancarias y vayan empuñando la charrasca. Besos a las diosas que habitan Candás y a las otras también.

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Wednesday, January 28, 2009

Kiko y Benito, estadistas de almas

Hace unas semanas, el Miquel Barceló de
La Almudena, el neocatecumenal Kiko Argüeyo, se entrevistó con Benedicto XVI. El hombre andaba algo acongojado por cuestiones meramente porcentuales: le comentó a Su Santidad su preocupación por el hecho de que el 70 % de los suecos vivieran solos. La alarma, según él, viene al caso porque se trata de la prueba irrefutable de que “la familia se está destruyendo en toda Europa”.

            Me gusta imaginar el gesto desaprobatorio de Benedicto, retorciéndose en su trono ante estas oleadas de individualismo feroz que están replanteando el concepto de familia fuera del ámbito católico. “Estos singles son unos pecadores anacreónticos”. Manda truco que sean estos señores, que segaron verdes a las divinidades  hacinadas en   el panteón superpoblado de la Antigüedad Clásica, los que se dediquen a baremar las liviandades de nuestra época. Ellos, que nos jodieron la existencia compartida con cientos de dioses, colocándonos el monoteísmo como pendón y con el infructuoso consuelo de unos santos segundones, hablan de los monoparentales suecos.

Ah, lo que perdimos. Observen si no a los romanos,  que dieron el nombre de indigitamenta a una lista de divinidades especializadas en realizar actos simples que hacían más llevaderos ciertos actos domésticos: Vaticano lograba que el niño lanzara su primer llanto; Fabulino (maravilloso nombre), que dijera su primera palabra; Cuba, que permaneciera tranquilo en la cuna; y Domiduca, que llegara a salvo a casa. No me digan que no sería maravilloso encomendarse a este último para el regreso a casa tras una apoteósica ingesta de alcohol.

En fin, que no somos nadie y cada vez nos acompañan menos dioses de vuelta a casa.


 

Post scriptum: Por cierto, si el pontífice es Benoit en francés, Benedetto en italiano y Bento en portugués, ¿por qué diablos (Dios me perdone) no le llamamos por estas latitudes con su nombre a la española? No me negarán ustedes que llamar a un Papa Benito XVI no queda cañí.

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Monday, January 26, 2009

Festina lente

Los cirros de la amistad que cruzan el cielo y que nos hacen coincidir con anticiclones y tormentas que pueden llegar a cambiar nuestra vida me dieron la oportunidad de conocer a mi admirado Alejandro Luque hace un par de años. El embeleso viene motivado porque creo que estoy, como diría paradójicamente Chesterton, ante un ser de virtudes muy humanas: gran conversador, instigador cultural a la usanza de Pepín Bello (pero con obra), escritor viajero, periodista a pie de zanja, cocinero al itálico modo, y, sobre todo, lector empedernido y entusiasta. Vean si no su blog (http://alejoluque.blogspot.com/), en el que da cumplida cuenta de una apabullante voracidad lectora con la lista de sus incursiones al cabo del mes. Alguna vez he hecho la cuenta: sumo las páginas de todos los libros y lo divido entre los 30 soles del lapso mensual; lo que resulta me deja con la lengua fuera.

Por más que me empeño en seguir las sugerencias de Luque, no doy abasto. Ni siquiera recurriendo a formas de lecturas heterodoxas (en diagonal, sólo páginas pares, a golpe de párrafo, nada más que los diálogos, etc.) no logro llegar ni a la mitad de los volúmenes leídos por él. Esta tarde he rehusado a continuar con esta locura emuladora por falta de talento y porque me he topado con un libro al que sería una injusticia recorrerlo como el que pasa el índice por la balda polvorienta de una estantería. El libro en cuestión es Adiós. Hasta mañana, del norteamericano William Maxwell, donde un narrador adulto vuelve a su adolescencia para recordar una amistad truncada a raíz de un crimen pasional. Novela corta, de frases cromáticas y melancólicas, de una concisión dolorosa. No busquen sonrisas en estos pagos; sólo encontrarán el rumor de la tristeza  de aquel que recuerda. Lo recomiendo encarecidamente a los que gusten de la literatura de quilates. Absténganse los chicos del swing bestselleriano.

Como releo este post y lo encuentro algo desgarbado y tristón, permítanme sugerirles la visión de un documento que testimonia el talento de un señor con el que he pasado los mejores años de mi vida: mi suegro.
http://es.youtube.com/watch?v=hVB56SamZjI
 Lo acompañan a su diestra los señores Manolo Rivas y Álvaro Mutis.

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Tuesday, January 13, 2009

La vida privada

En mi trabajo hay un tipo con cara en forma de pepino arqueado que no para de hablar por teléfono. Cada día desplaza al anterior sin ningún cambio en su actitud o postura; tan sólo hay jugosas mutaciones en lo que dice a través del aparato. Se trata de un ser que parece escapado de una novela de Millás (El desorden de tu nombre, por ejemplo) del que conozco sus dos divorcios, sus aficiones y sus debilidades a través de las conversaciones que entabla con alguien al que nunca veo; todo ello, sin que él apenas tenga noticia de mi vida.

En cierta ocasión me mostró el móvil con una foto de su actual novia: señora rubia, embutida en un traje de chaqueta, pintadísima, frisando la sesentena y con cara de poder contar unas cuentas historias de desamor. Me encontré de nuevo con ella accidentalmente, esta vez en versión papel, actuando como marca páginas, perdida entre las páginas de un libro de cuentos. El protagonista de esta fritanga la  había dejado olvidada en la zona de préstamos de la biblioteca del centro. Una historia perdida entre otras tantas.

Lo miro. A veces pienso que actúa, que imposta la voz, que cuando atiende a una llamada (suena el himno del City F.C. que él mismo tararea con fervor de aficionado de guardia) no hay nadie detrás de la línea. “Sí, que sí, hija, que el perchero para ti”. Cuelga, me mira y me dice: “Era mi ex. Nos repartimos el botín”.  Así, día tras día.

Hoy ha comprado por teléfono un todoterreno de 35.000 €. Y es que hay gente que no tiene vergüenza.

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Monday, January 12, 2009

Escolleras

    “Yo alquimista de mí mismo. ¿Soy un hombre que se devora?”. Así se lo preguntaba el autor-personaje de la novela póstuma de Clarice Lispector Un soplo de vida. El libro me dejó triste, apesadumbrado, seguramente porque entre los intersticios de luz que regalaban las palabras se colaba un rumor melancólico con regusto a fin de viaje y se respondía a la cuestión lanzada. A esa respuesta se sumó la siguiente lectura: Un campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ésta siguió hendiendo las partes sanas de mi corazón. Si algunos de ustedes se aventuran a descorrer las telas del volumen, sepan que se toparan con una historia sencilla sobre la pérdida de la juventud, la desaparición de las ilusiones y el dolor que conlleva el ejercicio de la memoria. Tal vez no les parezca una gran novela, pero a mí me trajo el recuerdo inexplicable de un día de mi alejada juventud. De hecho, saqué la libreta de la que me acompaño en estas jornadas de lector y anoté lo siguiente (advierto que no es apto para almas fuertes y alejadas de tales emociones): He chocado contra las escolleras de la memoria; la nada fortuita de las palabras inventadas me ha traído el calor de un día exacto de verano en que fui joven. Nunca más ese calor, ni yo, ni aquel verano. 
    Con esta voracidad nos tratan las tardes de invierno y toda esa patraña del tempus fugit, que, a veces, en extrañas ocasiones, duele un poquito. Feliz jornada.

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Sunday, January 11, 2009

Perlas por el aire

Muñoz Molina dice que pasó una estupenda jornada lectora con The Lost Art of Walking: The History, Science, and Literature of Pedestrianism de Geoff Nicholson. Lo contó hace unos sábados en un artículo que tituló Prosa caminada (Babelia, 27-12-08), donde afirmaba que hacía tiempo que había cambiado el i-pod de sus paseos por la melodía fortuita y siempre sorprendente de las conversaciones de urbanitas cazadas al vuelo. “Caminar y escribir acaban siendo aspectos del mismo oficio ambulante”. Que se lo digan si no a Baudelaire, pre-situacionista jugando a perderse por Lutecia (vid. “A una paseante”), o al protagonista de El hombre de las multitudes de Poe. Yo, que también intento nutrirme de esta suerte de cofre del tesoro que son las palabras robadas por las esquina, observo como algunos de mis más fieles fritangas han puesto en solfa la autenticidad del diálogo que reproduje, con algún toque reprobablemente alvarezquinteriano, en el post anterior. Me temo que, con escaso honor a la verdad y tal vez intentando tapar con argamasa las veleidades de la memoria, sólo colé lo de María del Monte, quizás llevado por el fácil aroma del costumbrismo. Nada más, lo prometo.

 

            De todas formas, les aconsejo que peguen el oído, que estén atentos en sus trabajos, en sus traslados de un lugar a otro, en sus esperas, a esas píldoras nacaradas que de vez en cuando caen al vacío sin que nadie las recoja. Aquí van dos:

 

I.                    En una conversación en la biblioteca pública entre una usuaria y una funcionaria, la primera le dice a la segunda que echa de menos a una de las anteriores bibliotecarias. El recuerdo venía motivado por el hecho de que la desaparecida (catapultada a un puesto de más enjundia) era una mujer muy “balsámica”, a lo que su interlocutora no dudó en añadir un sí rotundo. Ni el mismo maestro Pla habría dado una adjetivación tan original a una señora que, como pude colegir, se encontraba entre la mística de Paulo Coelho y las lecciones quirománticas de algún espabilado  escritor de libros de autoayuda para tener esa condición de vic vaporub espiritual.

 

II.                 En una cena con una pareja vecina, el noviete se autoproclamó gran lector de literatura histórico-esvastica-grialistica-templaria de tocho a 20 € como mínimo la pieza. Todo ello lo quiso atestiguar con el argumento “resumido” de El fuego de Katherine Neville, autora del otro bestselleriano El ocho (del que también pude catar algo de su argumento). El pirenaico somontano no ayudó mucho: era escaso y se lo servía para él solito. Ya en los postres, cuando los meandros de la  conversación nos dirigían hacia aguas más ingenuas, contraatacó con lo siguiente: su padre le había regalado en un viaje al Norte La casa de
la Troya
, del  escritor costumbrista Pérez Lugín. Desde aquel entonces no había parado hasta encontrar otras de las memorables obras del autor gallego. Con apasionamiento me habló esta vez de Currito de la Cruz y de La virgen del Rocio ya entró en Triana, novelas que, “si  bien no llegaban al nivel de la ambientada en Compostela, no dejaban mal sabor de boca”. No pude dejar de prometerle que las leería en cuanto tuviera ocasión. El joven, ante la imposibilidad de hacerme con ellas, se ofreció a proporcionármelas él directamente.

 

Créanme, todo esto está por ahí, vagando sin ningún dueño por el aire de la ciudad, dentro de los autobuses, en los hogares de gente como ustedes y como yo. Agucen el oído; les prometo que no se arrepentirán. Por cierto, se les agradecería algún comentario motivador en plan insert coin.

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Friday, December 26, 2008

La otra vida de Paris Hilton

Stephen Vizinczey, en su excelente libro Verdad y mentiras en la literatura, aconsejaba en el apartado octavo de su decálogo para novelistas en ciernes lo siguiente: “No adorarás Londres–Nueva York–París”. El húngaro daba aliento así a los pobres escritores que habitan en el área metropolitana de
la República Mundial de las Letras y cuestionaba que en lugares de menos de 6 millones de habitantes no pudiera ocurrir algo destacable. Sin ir más lejos, ahí tienen al bueno de Faulkner, que trufó su escritura de personajes e historias que salían de las entrañas del abandonado Sur de los EE.UU., y un día se acercó por Estocolmo a recoger no sé qué premio (también fueron Echegaray y Benavente, con lo que es preciso saber de qué hablamos). Quiero pensar que si el engarzador de historias Paul Auster viviera en mi localidad, sacaría tanto petróleo como le saca a N.Y. City.

Yo mismo, aprendiz de brujo, me vi envuelto hace un par de día en una ola de gran literatura oral que me ha arrastrado hasta las playas de mi teclado para que se lo narre al primero que pase por aquí.

El miércoles quedé en un bar para tomar unas cervezas con mis queridos amigos del pueblo. Cuando entré en el establecimiento, el dueño del local estaba junto a los únicos parroquianos que visitaban el lugar desgranando sus cuitas con la que, en un primer momento, supuse que sería su mujer. Para no sentirme como un polizón en barco ajeno, alcancé la prensa y me puse a intentar leer. Me acordé de mi pana J., que siempre halagó a la ciudad de Gijón porque cualquiera de sus baretos, por muy cutre que fuera, ofrecía al menos cinco periódicos diferentes. Como podrán imaginar, yo sólo pude optar por pasar las páginas del sempiterno ABC (edición de la City).  Tras comprobar que Iwasaki opina que “Sevilla es una ciudad muy dramática, pero con poco teatro” (sabrá el peruano que el Teatro Central tiene una programación bastante solvente o que Juan Mayorga no hace mucho que estuvo por aquí), no pude escapar al seductor canto de la sirena que estaba al otro lado de la barra. Esto que viene a continuación es la transcripción, más o menos exacta, de lo que allí se ofreció:

 

        Quillo, que la Jenny es mu cabruna, que después de cinco años me llama y me dice que se acabó (asentimiento e incredulidad en los receptores). Y sabe lo que digo, que en cuanto me lo ha dicho me ha empezao a palpitá la punta der tema… y eso quiere decí que siento argo. Ahora voy a tirá de agenda y…y…

        Illo, que las agendas caducan al año.

        Que no, que seguro que llamo a la Bea, la psicóloga, y me harto. Me van a salí ampollas…

        En la mano, en la mano…(risas)

        Además, la Jenny me tenía la casa como una zahúrda; que venía yo hartito de trabajá y tenía que quitá los papeles de los bollycaos que se comía la hijaputa viendo a la María der Monte. Pero ahora qué va a hacer si mí, si no tiene un pavo y conmigo ha vivío de puta madre: que si ropita, toma ropita; que si Marina D´Or, er Quini 3000 € pa Marina  D´Or de los cojones…

        Aro, aro…

        ¿Y ahora qué? ¿De qué va a viví ésta? Eso es como si a Paris Hilton le das nuestra vida…

 

Ahí acabó la escucha. La nueva clientela que entraba me privó de deleitarme algo más con semejante discurso de macho ibérico con todos sus atributos sexuales, sociales, económicos y culturales. ¿Es este el hombre de nuestro tiempo? La respuesta, queridos míos, está en los bares.

POST SCRIPTUM: No dejen de pensar en ese aforismo final sobre Paris Hilton, les aseguro que les dará para reflexionar muchísimo.

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