04/09/2006

Insectos

Me levanto a la cantada del gallo debido al ¿asfixiante? calor de la noche. Decido realizar una tournée de bancos para justificar mi existencia en el mundo neoliberal y ejecutar los pagos que me requiere mi vida de alquilado. Intento sacar 500 euros de mi cajero automático; me recrimina que la tarjeta de marras anda algo sobada. Echo un vistazo al interior de la oficina con el fantasma de la cola de “primero de mes” en mente y con la intención de comentar mi caso a la cajera, esta vez de carne y hueso: una anciana madrugadora y un tipo con bigotito ridículo. Entro. Espero. Cuando me aproximo a la ventanilla veo una cucaracha tamaño Gregor Samsa (antes de la metamorfosis kafkiana) correr por delante de mis narices. Sobrecogido por el slalom del blátido, sólo puedo atreverme a retirarlo tímidamente con el zapato, mientras que todas las voces de otros tantos madrugadores bancarios que ya habían pasado a engrosar la fila que me seguía (casi para grabar un anuncio del cuponazo) me arengaba diciendo “¡Písala, písala!”. Ante mi temor a escuchar el consabido crujido seco bajo mi zapato, un airado enano, con atuendo ridículamente veraniego, no dudó en plantar su escueta chancla en el cuerpo crepitante del bicho. Luego, a la vez que se disponía de nuevo a ocupar su sitio tras la línea amarilla (“espere su turno, por favor”), me miró con desprecio, reprochándome mi inexistente arrojo ante el enemigo. Todo el mundo siguió mis pasos hasta la puerta. No pude mirar a nadie a los ojos.

Voy a la carnicería. Una señora le explica al joven que regenta el establecimiento que está harta de las moscas. Aclara que la situación de su vivienda, aneja al Palacio de las Dueñas, propiedad de la duquesa de Alba, hace que en su habitación habiten insectos como para, la señora dixit, comerse una “caja-donuts”. Proseguía puntualizando que ello era debido a que “esa gente tiene una cuadra allí y como en esa casa hay (atención) mucha potencia (¿?) no se le puede cerrar; además echan un flin muy bueno (entiéndase insecticida de marca), asín (sic) que todas las moscas se meten en mi habitación”.

Vuelvo a casa. En la tele un psicólogo invitado en una de esas tertulias matinales, de aspecto respetable y de venerable edad, afirma que “los padres han de tener buen rollito con sus hijos adolescentes y no tratarlos como bichos raros a los que no tienen catalogados”. Está claro que corren malos tiempos para el lenguaje científico, en cambio, muy buenos para el estudio de plagas en la ciudad.

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