Amor, amor
En Edimburgo, sobre la tumba del fundador de la economía política, vi fornicar a una joven rubia con un señor mayor. Adam Smith, que consideró al capitalismo como el estadio natural de las relaciones sociales, seguramente sentiría aquellos empellones contra su túmulo como una relectura en donde los enamorados trocaban lo social por lo sexual. Las pupilas de la joven asomaban en cuarto decreciente por las breves ranuras que dibujaban sus ojos. Un grito de culminación me hizo huir hacia otras tumbas memorables. Una gata en celo maullaba en el interior del panteón de la familia de Robert Louis Stevenson; en una lápida leí “A la memoria enamorada de Martha”; un niño descuidero, se ausentaba de sus padres y robaba todas las flores que le quedaban a mano, para luego arrojarlas a los nichos vacíos (de amor). Paradójicamente, el cementerio escocés era un festín de vida, un reducto de amor a escasos metros de donde bullía la ciudad, la constatación de que el amor (animal, desaforado o en el recuerdo) puede hacer que nos trastabillemos en la vida, pero también que surjamos de la cochambre de los días. Tengan paciencia y ánimo.


Por favor no unas amor y Economía, que me cortas el cuerpo, !"miarma"! (Comment this)