Olimpia
T. se encontró a Olimpia bajo los perfiles anaranjados que proyectaban sobre la barra tres lámparas de Biosca y Botey. El Dragon fly club es la macedonia que surge de mezclar el diseño catalán con lo hacendoso de mundo chino. T. no sabe que Olimpia es una Venus felina, una vampiresa con iniciativa sexual que absorbe los manhattans con un ángel tatuado en el paladar. Todo su ser augura embates oceánicos sobre el escueto cuerpo de T., hombre que, a pesar de su breve persona, atesora mil y una noches púbicas.
El vertiginoso viaje en taxi hacia la parte alta de la ciudad los deposita en el interior de un ascensor. Olimpia gusta de la felación ascendente en la microcápsula que los teletransporta al séptimo cielo. T. atraviesa el umbral de la mano de ella; el amante sobrevuela a saltitos el parquet de la entrada sin oportunidad alguna de subirse los pantalones. Él carraspea levemente; a T. le desagradan estas torpes poses cuando no están programadas, pues la liturgia del amor, cuando anda ya en este estadio, no requiere de adornos. Olimpia es un animal obsceno que ofrece su visón azul sin prolegómenos. T. le recorre los caminos de su piel dejando un rastro de saliva densa, y ha de tomar algún atajo para volver a carraspear. Nota dos mutaciones: su lengua se inflama y la voluptuosidad de su miembro declina, pierde empaque, pendula cual peso muerto. La única salida es apagar la luz, dedicarse al “ardilleo”, bajar a la jaula del visón y lamerlo.(Continuará)

