01/11/2006

Nosferatu tomando pintas

Nuestra sociedad se ha convertido en una afanosa máquina contra la vida cotidiana y contra las constataciones más engorrosas que pueden empañar nuestra dulce existencia. Vivimos, ya lo dice Pascal Bruckner en un libro genial, La euforia perpetua (Editorial Tusquets, 17 €), en un mundo en el que se nos condena a desterrar la infelicidad de cualquiera de sus ámbitos; de ahí la desaparición progresiva de la vejez en la televisión y, en contrapartida, la presencia continua del mundo juvenil. La enfermedad, el sufrimiento o la muerte sólo se ofrecen como espectáculo (¡Ah, amigo Debord); a los jóvenes les resulta insoportable ver una película en blanco y negro, sin guapos oficiales, porque les huele a rancio y a muerto. Por esa regla de tres, nuestros adolescentes son incapaces de ver clásicos como Casablanca. El juvenilismo extremo les estraga la vida a los que ya pasan de ciertos años: nos hace vestirnos como adolescentes, estirarnos la piel, reafirmar los pechos, colocar en nuestras vidas una PlayStation2 de Sony y demorar nuestra existencia frente a los espejos del gimnasio. He aquí, a mi pobre entender, la razón fundamental de por qué el mundo contemporáneo y la metrópolis norteamericana han decidido, en esta etapa de neoliberalismo abrasivo, colocarnos el Halloween dentro de una de nuestras más aquilatadas tradiciones: porque a golpe de disfraz se elimina lo luctuoso de una fiesta que consistía, hasta hace unos años, en poblar los cementerios de vivos para recordar a los muertos, y, de paso, convertirlo en puro hedonismo y negocio.

Ayer noche, sin ir más lejos, recalé en un Pub Irlandés de la City (¿Por qué demonios se ven los partidos del Liverpool con devoción infinita en estas tascas prefabricadas?). Pedimos unas pintas y nos agasajaron con unos cuernos de diablo y una capa de Drácula. Comenzaron a desfilar ante nuestros enhalloweenados ojos, entre otros personajes de ultratumba, ahorcados con una maroma al cuello, frailes sangrientos, brujas melladas (¿dónde don Juan Tenorio?), el increíble Hulk colado de rondón (hay que aprovechar los disfraces), etc. Por la tarde ya había observado a padres diligentes portando una tridente de plástico y niños vestidos de Frankenstein de la mano de ufanas madres. En ese mismo pub, tras los partidos de la Champions, las pantallas proyectaban Nosferatu, clásico del expresionismo alemán al que nadie, exceptuando unos cuantos parias, le prestábamos atención.

Mi padre, cual galo irreductible, cuando los tiernos infantes disfrazados llaman a su puerta un “día de Halloween” para pedir alguna golosina, les espeta desde la ventana: “¡Volved en Navidad y cantad villancicos, que ahí si que os ‘jarto’ de polvorones!”. En fin, decidan ustedes mismos con qué se quedan; yo vuelvo al ataúd a echar un sueñecillo hasta que vengan tiempos mejores.

Posted by at 09:27:09 | Permanent Link | Comments (2) |
Comentarios
1 - Estimado Fritanga:
Ya no somos lo que fuimos.Somos "viejos" y nos aferramos a nuestras tradiciones - para defenderlas o destruirlas - con los dientes. Mi tradición me dicta que estos días son de tristeza limitada y "jalogúín" una payasada propia de los EEUU de Norteamérica. Quizá esté equivocado pero me gusta estarlo. (Comment this)

Escrito por: soc at 2006/11/01 - 09:44:50
2 - Pues a mi me cuentan que en Galicia, hace años, en estas fechas se ponían calabazas con velas y dibujitos de caras, por lo menos en la zona de mi madre, y nadie les había hablado de Halloween ni nada de eso. Si es una fiesta bienvenida sea, me da igual q sea cristiana, americana o lo q cuadre... ahh q eso era lo q criticabamos cagon en tó se me olvidaba. (Comment this)

Escrito por: Anónimo at 2006/11/01 - 22:44:55
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