Seguratas domésticos
Siento que la desgana no me dé para escribir más; me viene por un proceso gripal que me tiene tumbado en la cama desde el viernes. En los escasos momentos del día en los que me encuentro con algo de fuerzas, leo (Pelo de zanahoria de Jules Renard es la novela más cruel que he leído nunca), me siento en el sillón a disfrutar de lo que se cuela del mundo por la televisión y escucho el taconeo, intermitente pero infinito, de la academia flamenca que acaba de abrir debajo de mi cueva. Entre las perlas del mundo, rescato la idea de Bush Jr. de, además de blindar su país por el Sur mediante un muro, instalar cámaras en dicha fortificación para que el que guste pueda conectarse a ellas desde su casa, observar el desierto y avisar a la policía si atisba algún conato de incursión a su bendita nación. Ya ven cómo se consigue blindar un país y que todo buen ciudadano forme parte de su seguridad. Me llama la atención el gran paso que se da, mediante esta estratagema, hacia la democratización de la vigilancia, entendida como una transformación de sujetos pasivos a sujetos activos, y la consiguiente delación.
Bueno, lo dejo ya, que luego dicen por ahí que me pongo estupendo. De todas formas, calibren ustedes mismos esta nueva ortopedia social y democrática llevada a cabo a partir sus miradas ociosas frente a una pantalla. Esta nueva benignidad del señor Bush, dirán algunos, puede evitar muchos problemas a la larga. Ahora, disparen.

