La felicidad en los supermercados
Recuerdo remotamente las evocaciones rusas del grandísimo Vladimir Nabokov. He de reconocerlo: retengo mal lo que leo. Pero sí que no he dejado de pensar que Habla memoria acumulaba pasajes de la infancia feliz del escritor antes de que la llegada de los bolcheviques truncara la felicidad de los rusos blancos. En especial me produjo momentos de gran placer el pasaje donde contaba cómo recorría las inmensas salas del Hermitage para robarle besos a hurtadillas a una novia adolescente. Les aconsejo su lectura para estas navidades.
Todo ello me vino a la cabeza gracias a un encuentro en el supermercado con Irina, una joven rusa que conocí por medio de una amiga. Me contaba que fue a París la semana pasada para visitar a Michel. Después de tener que pedirle al mismo tipo que le vendió una tarjeta telefónica en el aeropuerto que le marcara el “pin” (“sólo sé hablar ruso y español; suficiente”), logró finalmente encontrarse con su anfitrión. Pienso que Irina esconde en las palmas de sus manos una sensibilidad desacostumbrada en estos descarnados tiempos, una forma de contar que deja a un lado prejuicios, distancias y formalidades estériles. Me narró (sólo la he visto tres veces en mi vida) que fueron cuatro días de mucha intensidad: comió ternera cruda, bebió Burdeos, visitó la tumba de Wilde en el Cementerio de Père-Lachaise (un niño de apenas catorce años leía El gigante egoísta de rodillas ante el túmulo del escritor tiroteado por un millón de besos de carmín), y surcó los larguísimos pasillos del Louvre. Emocionada narraba que la visión de todas aquellas obras de arte le traía a la memoria estampas de su infancia en San Petersburgo, y que su madre, admiradora de cuadros que no llegó a ver porque jamás recorrió la piel de la distante Lutecia, para apaciguar el alma, se dedicó a atesorar en forma de postales las pinturas que amó desde la distancia. Irina lloró ante el “San Sebastián” de Mantenga, ante “La Virgen de las rocas” de Leonardo, ante “Las bodas de Caná”, ante “La Bañista” de Ingres y ante “La balsa de la Medusa” de Géricault, sencillamente, porque su madre jugaba con la pequeña Irina a acertar el nombre del cuadro ayudada por las reproducciones.
Salí del super henchido por una extraña sensación de felicidad que nada tenía que ver con los tomates que portaba.
POST SCRIPTUM: Perdonen la tardanza en escribir. Siento que ese extraño sindicato del crimen (de nombre impronunciable) esté sufriendo tanto mi tardanza. Ya que “horadan” en otros blogs, imagino que no tienen trabajo acumulado. De todas formas, me agrada su presencia.


Supongo que Chupanabo insaciable (y omito varios comentarios que cruzan mi mente, pero que no vienen a cuento) tampoco leerá a García Márquez... (Comment this)
Y la de la psicología, que se deje de estupideces y se una a nosotras de una vez. Te consignamos el nombre Chupanabo 69. Gracias por nada (Comment this)