Una vez fui a Centroeuropa
Una vez fui a Centroeuropa. Budapest aún no tenía la pátina invisible que lustra las ciudades-museos, que convierte los cascos antiguos en parques temáticos con buhoneros multinacionales que se enquistan en los bajos comerciales más caros. El caso de la capital húngara es ya simplemente cuestión de tiempo, de poco tiempo.
El caso de Praga resultó ser bien diferente: con Kafka convertido en fetiche, Praga era un túnel de lavado para turistas con escasas posibilidades de parar la máquina cuando descubrían que el jabón se había apelmazado alrededor de sus ojos y no les había permitido disfrutar del primer chorro de agua limpia, ése que los hubiera llevado a una epifanía remotamente individual. No hay forma de parar las invisibles cintas mecánicas que te llevan del puente Carlo a la Catedral de San Vito, del cementerio Judío a Malá Strana, de la lúgubre sensación de que has hecho el primo a la certeza de que lo eres. Praga, infinitamente bella, se conduele de su fortuna de folleto de agencia; el calzón corto, la camiseta de tirantas y el ojo digital entre las manos la han refundado y la han convertido en una atracción más dentro del complejo entramado de urbes nacaradas.
La fortuna me hizo ir acompañado de hombres de corazón de cebada: los Ruiz (hermanos y padre). Estos queridos seres libaban cerveza como los autóctonos, conminándome a seguirlos en tan espumosa aventura. El proceso (a la salud de Kafka) se repetía todos los días: vista “telescópica” de la ciudad, avistamiento de tejados y, a eso de las 10 de la mañana, primera ingesta de alcohol; luego, paseo achispado por algún paraje recomendado por la guía, y vuelta a la taberna. Para resumir: del orden de 4 litros y medio de cerveza al día. Continúo en breve. Prometido.

