Cultura ministerial
“Cuando oigo hablar de cultura, siempre me echo la mano a la cartera”. La frase, sucintamente proverbial, no es mía (ya me gustaría a mí), sino de Sánchez Ferlosio. En los momentos de mi vida en los que se cruza la dichosa palabrita, este adagio me viene a la cabeza sin remedio. Esta noche, mientras sorbía una sopa de ave manufacturada por mi amada y observaba como el rostro pétreo (por lo caradura) de la señora Carmen Calvo se contrapunteaba con otro de la misma consistencia (el de Quintero), no sólo volvía a mi cabeza la cita ferlosiana, sino que en ella se acumulaban todos esos iconitos que salían despedidos de la boca del Superintendente Vicente cuando Mortadelo y Filemón cometían alguna tropelía de difícil enmienda. Para esta señora la cultura ha de ser cosa de billetazo patrocinador pues, entre otras muchas perlas, ha llegado a mostrar la siguiente: “me preocupa lo que piense un señor de Alcorcón, de Bilbao o de Cádiz sobre si el Ministerio es capaz de hacer un buen homenaje a Juan Ramón”. A estos hipotéticos y preocupados señores escasamente les quitarán el sueño los homenajes a poetas muertos y les importará un comino si se hacen como si no. La cultura apenas tiene importancia en la vida política de un país, y cualquiera que se tenga por un individuo medianamente informado podrá aseverar que un Ministerio de Cultura es simplemente una superstición ideológica de la izquierda. Pregúntenle si no al señor Sarkozy, futuro Presidente de la France, a ver qué programa cultural trae bajo el brazo.
Con las palabritas de la Ministra aún resonando al final del cuenco de sopa, recordé que el otro día, mientras agavillaba volúmenes de la Biblioteca Pública de la City para paliar mi escaso saber o entretener el alma con la lectura de dolencias e invenciones ajenas, me topé con que uno de los títulos buscados estaba desaparecido. Una funcionaria cincuentona me atendió no sin antes advertirme que con lo que le estaban pagando no tenía por qué hacer este servicio de búsqueda, pero que como había poca gente no tenía ningún problema en contribuir a que un pobre ciudadano fuera moderadamente feliz. A continuación, al ver que me interesaba por su lastimosa situación, me aclaró que casi todos los empleados del edificio estaban pensando en marcharse a otras bibliotecas de lejanas comunidades autónomas. Bueno, aquí la conclusión extraíble sería zafia y facilona. Se la dejo a cada uno de ustedes. Está visto que lo del Ministerio es hacer homenajes e inaugurar museos de arte contemporáneo.
Por cierto, acabo de leer una novela de un señor que por sus modos de producción literaria nunca fue aceptado en la Academia Francesa (¿es, por tanto, cultura?). Estoy hablando de Simenon, adherido por muchos al sambenito de literatura popular (policíaca para más señas), que también ejecutó piezas de indudable calidad (al igual que en sus novelas de Maigret). Lean si gustan La mirada inocente, relato sobre las heridas del mundo en un alma cándida hasta los últimos días de su existencia. Triste y bella.
Post Scriptum: Fritanga era un cadáver hasta hace poco. Les agradezco a muchos de ustedes, en especial al último comentarista anónimo, que insistan en que les trufe la vida con estas menudencias. Últimamente he sido presa de los gustos de mis lectores, tan exponencialmente diferentes; a partir de ahora, tendrán que aguantar un poco mis preferencias. Buenas noches y sueñen.


Steinbeck, John (Comment this)
Por cierto y tambiém acabó de leer una novela de género "menor"- entrecomillo por lo estúpido del adjetivo: oes o no es literatura; la compré de saldo-Fritanga ya conoce mi afición por la búsqueda y captura de calidad-precio- y es la máscara de Dimitrios de Eric Ambler. Léanla y pasarán un buen rato.
P.S: Fritanga, gracias por volver. (Comment this)