Cuéntame con telefuncionario al fondo
Aquel verano fue un verano caliginoso, volcánico, lento y, sobre todo, aburrido. Cualquier posible peripecia, por mezquina y estúpida que fuera, era abrazada como el busto de Santiago apóstol, como un resquicio por donde el hastío estival regurgitaba algo de solaz para aquellos pobres adolescentes que éramos. Capitaneaba el grupo, por mal que nos pesara, P., joven de antebrazos fornidos (como buen seguidor de McEnroe), vestido a la moda (que por aquel entonces dictaban las marcas deportivas) y propietario de una Vespa blanca que eclipsaba cualquier intento de sobresalir por parte de alguno de sus improbables delfines. Vivía en nuestro mismo barrio (casitas adosadas de teja roja, guisvaliano aparcamiento y anecdótico porche donde pasar noches enjutas mirando furúnculos lunares), pero su casa era un sancta sanctorum al que rara vez tuvimos acceso. Lo máximo que llegamos a adentrarnos en el arcano lugar fue cierto día en el que adquirimos 300 pesetas de rosquillas de chocolate (peseta/unidad) y se nos fue dado el honor de deglutirlas en ese breve soportal que anunciaba la casa, al mismo tiempo que su abuela (una galleta María con cabellos a lo Reina Madre y dos ranuras como ojos, debido a la carne que se le agolpaba en torno a ellos), algo senil ya, no dejaba de arañar la ventana del salón al ver a unos muchachos devorar esas roscas de chocolate derretido. Su nieto, P., dio un golpe tremendo sobre el cristal, mostró su lengua con la punta doblada hacia dentro y entre los dientes (toda la cavidad bucal era una galaxia de migas en proceso de predigestión), y la disuadió de que siguiera insistiendo. Los demás, como no, admiramos tan sin par arrojo, ése que nos permitía seguir comiendo nuestras partes proporcionales sin miedo a que se vieran mermadas por algún intruso despreciable. Ya ven, estupendas almas.
En ese largo verano P. nos invitó a una fiesta. No la organizaba él, claro, y nunca llegamos a descubrir por qué nos invitó, visto, sobre todo, el lugar, las gentes y la tramoya que formaba parte del local. El evento tendría lugar en un club social de una urbanización de ricos que estaba a unos kilómetros (los justos para dilucidar que aquel ya no era nuestro mundo) y en el que P. tenía “una amiga”. Allí que fuimos los excluidos del paraíso a ver si, adanes todos, atisbábamos a alguna Eva que sirviera como argumento para aquel largo viaje a pie o, en el peor de los casos, para “zurrarse la sardina” hasta que la memoria aguantara. P. dijo que nos veríamos allí. Resultaba absurdo esperar que alguno fuera invitado a cabalgar en la Vespa blanca (pegatina de Levi´s, Snoopy de mani antizapateril –bandera en ristre– y colores fluorescentes de Mistral en el lomo de la cabalgadura). Todos nos disfrazamos con lo que más o menos pudiera aproximarse a lo que nos íbamos a encontrar: pantalones rojos, polos Lacoste de cocodrilo con elefantiasis, náuticos de mercadillo y fijata hurtado al padre o al hermano mayor.
Cuando vimos aparecer a P. con aquella rubia (vaqueros en lejía, pañuelo en la cabeza de Hello Kitty y zapatos con antifaz), coincidimos en que estábamos a años luz de aquel donjuán. Como ladillas a pelo púbico, nos pegamos a ellos. Tras las miradas que otros actores secundarios nos habían clavado en nuestra citada indumentaria, no teníamos más remedio que buscar cobijo en el líder. “No hablan mucho tus amigos”, dijo aquella sirena. Si hubieran apagado las luces, nuestros ojos (bandejas de aluminio vacías de pescao frito) seguirían alumbrando la oscuridad, absortos ante tanta belleza. Nos ignoraron. Seguíamos allí, muchachos en forma de pera, con granos faciales erupcionando en el calor del verano, y algunos, los menos afortunados, sin cuello. P., en cambio, con forma de hombre, unos náuticos en condiciones (comprados en unos grandes almacenes, como tenía que ser) y unos pantalones Marlboro nos anulaba como varones y como parte del festín. No había nada que hacer. Los equilibristas de ojos abiertos nos balanceábamos entre la admiración y la sucia envidia.
En un momento de su escueta charla ella le preguntó que en qué trabajaban sus padres (sondeo socio-económico). Ahí, en ese justo instante, nos miramos con un gesto complacencia insana; el firmamento, como dice Cortázar que ocurre los 23 de agosto, se abriría para comulgar con la galaxia. Aquellos colibríes que libaban por correspondencia esperaban la respuesta. P. pulsó una cuerda tensada por su audacia. El eco monocorde de lo que luego resultó ser un cochambroso eufemismo nos dejó sentados sobre una extraña palabra: “Son funcionarios”.
Que nosotros supiéramos, esos atolondrados padres no pertenecían a la elite del extracto social de la rubia, pero su mirada de complacencia ante la respuesta, sus piernas cruzadas, montando a mujeriegas, y la comida de cuello a través de un abrazo protector desde el asiento de atrás de la moto, nos hizo pensar que ser aquéllo que eran sus padres sorprendentemente daba la posibilidad de ingresar en el mundo de las grandes castas.
Caminamos cabizbajos hacia el hogar. Mi padre, aún levantado, que no despierto, me contestó a la pregunta de “¿qué son funcionarios?”. Sucintamente me diría (apenas lo recuerdo) lo de que son personas que trabajan para el Estado y que no pierden nunca su puesto. “¿Y los padres de P. lo son?”. “Sí, hijo mío”. Los progenitores de P. eran uno celador (un saludo a SOC y a M. que también lo fueron) y otra, limpiadora de ambulatorio. Su amor tenía un color verde quirófano, unos destellos de blanco nuclear de bata que podían cegar al propio Cupido. Sí, amigos, el eufemismo funcionarios contenía todo ese universo de batas blancas, volantes y camillas, pero también (con el tiempo lo supe), administrativos, fiscales, trepanadores, forenses, maderos y, como no, profesores.
Ahora que Zapatero pretende crear un cuerpo de telefuncionarios, me queda el triste consuelo de que, al menos, los que dieron al mundo a esa bestia inmunda y desalmada de P. tendrán que continuar yendo al curre presencialmente. Lo mío, me lo están averiguando.
*Siento el ambiente “Cuéntame” que ha tomado, sin quererlo, esta historia. Es que uno es un poquito proustiano (jartito de magdalenas).


P.S.¿Cómo has recordado que mi padre era celador? Me dejas sorprendido. (Comment this)
Absolutamente genial, es la descripción de nuestros deseos y recelos, de nuestra inocente impotencia, desmigada por el tiempo, y de nuestro descubrimiento de la hipocresía.Dice JMP que no sabemos lo que somos ni lo que fuimos, creo que es así. Pero somos consecuencia de todas esas experiencias multisociales que tuvimos la fortuna de vivir.
P.D: Me alegro de tu fuerza y tu brío en la vuelta.Esta semana soy mas feliz. (Comment this)