El cielo de Salamanca
Llegué el sábado por la tarde a Salamanca. En la plaza mayor el sol extraía de la piedra una luz blanca que fulguraba sobre las almas festivas que se daban a la tarea de desalojar el silencio del mundo mientras improvisaban botellonas vespertinas de litro calentorro, escuchaban sobre el suelo tibio música robada a los ipods con unos bafles diminutos, tomaban cafés en las terrazas y vitoreaban a un individuo de torso desnudo y ojos vendados con su propia camiseta empeñado en hacer cabriolas sobre una silla afanada a unas de las terrazas (se trataba del último vestigio de la cabra y la silla, pero con cierto aire de sofisticación a lo cirque du soleil).
A la mañana siguiente, A., Catedrática de griego y salmantina, nos acompañó en un recorrido por la ciudad. Con amable erudición desgranó sus conocimientos acerca de la portada de la Universidad (justo debajo, una voz de pollo hermafrodita vendía llaveros de “la rana”). Ya dentro del recinto, A., bajo el dintel de la que fuera aula de Fray Luis de León, sacó un folio de una carpeta que hasta el momento había pasado desapercibida y leyó, con voz recia y seca, un poema de Unamuno dedicado a aquellos que escucharon la voz del sabio:
De doctos labios recibieron ciencia
mas de otros labios palpitantes, frescos,
bebieron del Amor, fuente sin fondo,
sabiduría.
Luego en las tristes aulas del Estudio,
frías y oscuras, en sus duros bancos,
aquietaron sus pechos encendidos
en sed de vida.
Como en los troncos vivos de los árboles
de las aulas así en los muertos troncos
grabó el Amor por manos juveniles
su eterna empresa […]
Especialmente emocionante me pareció el detalle: A. es una mujer madura que ha consagrado su vida al estudio de los libros, sin más amor que el de la ciencia que de ellos ha extraído; por ello, entre los silencios que seguían a cada final de verso se percibía, tal vez, una nota triste de fondo, un momentáneo decaimiento sentimental que pronto se apagaba, pero que quedó aleteando en el aire el resto del día.
A continuación nos adentramos en las Escuelas Menores, origen de lo que luego sería la Universidad Salmantina. En una de sus dependencias se guarda un fragmento de un fresco del XVI que iluminaba el techo de la biblioteca. Popularmente llamado “el cielo de Salamanca”, un incendio destruyó parte de su grandeza, pero, gracias a una técnica que permitió mutarlo en lienzo, pasó a formar parte del legado que guarda celosamente la Institución. Un juego de luces que surge de una plataforma permite observarlo desde abajo en toda su inmensidad: bóveda celeste estrellada y decorada por signos zodiacales y pequeños vientos antropomorfos que soplan con denodado esfuerzo desde los límites del cosmos.

A. nos besa al despedirse. Nos ha regalado sus bienes más preciados con una humildad inmensa. De vuelta al hotel me visita el gran Auden:
Si desaparecieran o murieran todas las estrellas,
aprendería a contemplar un cielo vacío
y a sentir su total oscuridad sublime,
aunque quizá me llevara algún tiempo.

