11/04/2007

El mundo como supermercado

Visita de una mañana a Ciudad Rodrigo. Fugaz, superficial, para pasar ligeramente sobre el lienzo un dedo mojado en el óleo. Renacimiento pesado (sin un Vandelvira ubetense que le diera algún matiz aéreo a tanta masa pétrea). Recuperación superficial de la muralla que acota la ciudad (pintadas obscenas e improperios contra la gestión de políticos locales). Una mujer nos muestra una iglesia románico-mudejar consagrada a San Pedro y San Isidoro. La joven exhibía cejas morenas pobladísimas (sin hiato entre ellas), puntas del cabello fatalmente oxigenadas y raíces del mismo color que las cejas. Resultó ser leísta de manual (“el Cristo le tenemos, le sacamos en procesión y nos emocionamos cuando le vemos por las calles estrechas porque somos así. La iglesia antes estaba toda encalada, por dentro y por fuera, pero le raspamos y descubrimos el ladrillo”). Tremendo. Tras progresar a través de las naves laterales y la historia del lugar, nos invitó a participar pecuniariamente en el mantenimiento de la parroquia. Lo hicimos con gusto.

A un lado dejo la estancia en La Alberca, lugar no alejado de Las Batuecas que Larra utilizara como metáfora de la incultura nacional. Lo que se ofrecía como un paraje recóndito y pintoresco resultó ser un supermercado de camisetas de muy dudoso gusto (“Spanish Triathlon: drinking, eating and fucking”; la era postmoderna permite estas lecturas del sentir patrio) y una expendeduría de productos del cerdo ibérico veteados por mucho pitraco y poca carne. Como guinda al pastel, en un restaurante de estilo provenzal, un camarero rumboso, “con aire zumbón y chulo, fruta del país” (como diría Larra), se negó a contestar a la pregunta de sobre cuál era la composición del revuelto que figuraba como plato probable dentro de una carta jeroglífica (precios no incluidos). Como venganza, el hombre no tuvo mejor cosa que hacer que incautarse de la cámara que nos dejamos olvidada al salir de tal agujero y que a la mañana siguiente no parecía haber estado nunca en el local.

En fin, esto es lo que tiene el turismo. Individuos que procesionan de un lugar a otro sin motivo aparente (dromomanía) y que suponen un trasvase de masa acrítica de ciudad a ciudad para comprar las mismas camisetas con diferentes rótulos.

En los confines de la tierra de Las Batuecas se encuentra la comarca de Las Hurdes, a la que Luis Buñuel dedicó un documental en 1932 (algo trucado, todo hay que decirlo). En éste se veía a gente enjuta y malnutrida, conviviendo con animales en un paisaje pedregoso y ruin. He visto con alegría como la recuperación de la zona ha dejado atrás aquellos tiempos; en cambio, observo que, como en el documental de Buñuel, el burro comienza a ser devorado por las moscas autóctonas.

Posted by at 20:31:45 | Permanent Link | Comments (1) |
Comentarios
1 - Joder, que yo vivo en Las Batuecas...Bueno, en el pasaje del citado nombre en cierta localidad nazarena. (Comment this)

Escrito por: Anónimo at 2007/04/12 - 09:51:03
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