31/10/2006

Bienales

Una vez alojamos en casa a una joven que había tocado con los dedos lo que en ciertos sectores culturales se ha dado en llamar “el gran mundo”. La chica, tras estudiar Historia del Arte en Compostela, realizar un master de arte contemporáneo en el MOMA de Nueva York y detenerse delante de los fetiches pictóricos de nuestro tiempo en los museos más importante del mundo, tuvo la oportunidad de ser entrevista por la galerista Juana de Aizpuru, por aquel entonces directora de la I Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla (BIACS). Contaba la tierna muchacha que de Aizpuru la recibió en un despacho blanco y luminoso, teniendo a mano un gato (también blanco) al que no dejaba de acariciarle el cogote mientras le pedía que presentara sus credenciales. Finalmente, fue contratada como asesora artística. Pienso que la BIACS no tenía que pagarle muy bien: estuvo viviendo con nosotros dos semanas, llegando tarde todos los días, sin cenar lo que buenamente le dejábamos encima de la mesa y comiendo sólo kiwis. Un día desapareció y se llevó un bonito juego de toallas que, me imagino, le hacían gran falta para el aseo diario.

La recuerdo melancólicamente estos días (lo de “melancólicamente” es una pose que da el otoño), ahora que vuelve la segunda edición de la Bienal, sin Juana de Aizpuru y, probablemente, sin ella. Concluyo que la City reintenta meterse en la cadena de ciudades-espectáculo con otra Banal (sic), cuando lo único que exhibe durante todo el año, en lo que se refiere a arte contemporáneo, es un triste museo a desmano de todo Cristo y tan sólo por pura superstición cultural. Como respuesta a todo ello, veo en la televisión como unos atrevidos anti-BIACS colgaron la semana pasada del “zigurat” almohade que salvó el infante Alfonso una pancarta gigantesca en la que rezaba la siguiente frase: “Arte durante todo el año”. Reflexiono acerca de los matices del texto para llegar a la conclusión de que aquí lo que sobra es “musho arte”, “demasiado arte”. Luego me dirán que los hay que se quejan por todo, ahora que tenemos un evento de dimensiones internacionales. No sé; habrá que ir a ver lo que ofrecen nuestros programadores culturales. Si no, siempre nos quedarán los kiwis, tan beneficiosos a la hora de facilitar la defecación, acto cercano, en forma y contenido, a mucho de lo que se ofrece en estas “ferias”.

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30/10/2006

Auto de fe cifrado

“He cultivado mi histeria con deleite y terror. Ahora siempre tengo vértigo, y hoy, 23 de enero de 1862, he recibido una singular advertencia: he sentido el aletear de la locura”

Charles Baudelaire

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

Ángel González

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20/10/2006

Free style

Jules Renard, ya lo he dicho alguna vez, es un autor del fracaso, un escritor que ha pasado a las glaciales vitrinas de las bibliotecas de autores menores como un diarista. Lo leo con fruición casi todos los días, quizás porque me encuentro en él como si fuera un padre intelectual y sentimental. En una de sus entradas dejó dicho lo siguiente: “Mis amigos me esperan en la novela como detrás de una esquina”.

Cuento, entre familiares, amigos y conocidos, con algunos artistas de la palabra, individuos que sacan suculentas tajadas a la realidad para componer preciados regalos. Aunque algunos de ellos, probablemente engañados por falsos espejismos fritangueros, me animan a aguijar el pony color bayo de mi imaginación y surgir de la anonimia como un caimán surge de las aguas calmas del pantano, sospecho que, como Renard, nunca les satisfaré. L. me dice que pula la puntuación; J. que enjuague la boca y me dedique a algo más divino; Jº que escriba hacia delante sin ser, como lo fue Flaubert, un mártir del estilo; y E. que olvide lo leído. La pregunta es ¿para qué? El personal ahora piensa que cualquier mona desabrida puede darse a la tarea de escribir unas cuartillas, de manera que apague el fuego interno de un espíritu creador y llegar así a los kioscos de libros. Particularmente tengo a la mula y al buey que asistieron al nacimiento de Cristo como mis más admirados animales literarios. En un establo observaron con miradas lentas y profundas la mayor de las epifanías entre occidente y oriente. No dijeron, al menos en el caso de la mula, ni mu; en cambio, vieron el prodigio: el incesante agasajo de guardadores de ganado, la irrupción casi fantasmal de tres astrólogos, las idas y venidas de seres anónimos que se dieron la gran pateada para ver a un bebé desconocido, etc.

En mi caso, noto que el prodigio que sucede a mi alrededor es tan grandioso como el de Belén, pero me conformo con contárselo a ustedes (y a mí mismo) encapsulado en estas friturillas variadas que son, mal que nos pese, gases volátiles de consumo rápido. Agradezco mucho el seguimiento, a pesar de los pirómanos.

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17/10/2006

Olimpia


T. se encontró a Olimpia bajo los perfiles anaranjados que proyectaban sobre la barra tres lámparas de Biosca y Botey. El Dragon fly club es la macedonia que surge de mezclar el diseño catalán con lo hacendoso de mundo chino. T. no sabe que Olimpia es una Venus felina, una vampiresa con iniciativa sexual que absorbe los manhattans con un ángel tatuado en el paladar. Todo su ser augura embates oceánicos sobre el escueto cuerpo de T., hombre que, a pesar de su breve persona, atesora mil y una noches púbicas.

El vertiginoso viaje en taxi hacia la parte alta de la ciudad los deposita en el interior de un ascensor. Olimpia gusta de la felación ascendente en la microcápsula que los teletransporta al séptimo cielo. T. atraviesa el umbral de la mano de ella; el amante sobrevuela a saltitos el parquet de la entrada sin oportunidad alguna de subirse los pantalones. Él carraspea levemente; a T. le desagradan estas torpes poses cuando no están programadas, pues la liturgia del amor, cuando anda ya en este estadio, no requiere de adornos. Olimpia es un animal obsceno que ofrece su visón azul sin prolegómenos. T. le recorre los caminos de su piel dejando un rastro de saliva densa, y ha de tomar algún atajo para volver a carraspear. Nota dos mutaciones: su lengua se inflama y la voluptuosidad de su miembro declina, pierde empaque, pendula cual peso muerto. La única salida es apagar la luz, dedicarse al “ardilleo”, bajar a la jaula del visón y lamerlo.(Continuará)
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13/10/2006

Pebbles en un gran país

         Estos días ando respirando el aire de la gran ciudad: me vine a Barcelona con la mujer que amo para compartir las breves luces del otoño junto con Amparo y Aníbal. ¡Ah, la cité! Me encanta ver los fenómenos que surgen al calor de los escenarios citadinos de más de un millón  de corazones. Observo a la masa que se mueve por las arterias del monstruo. El ultracapitalismo despechado ofrece, por ejemplo, escenas costumbristas del tipo “muchedumbre enamorada se agolpa ante las puertas de El Corte Inglés de la Plaza de Catalunya para recoger a sus parejas tras una dura jornada bajo los fluorescentes”. Las almas de provincia le cogemos la medida a nuestros viles lugares de origen en estas incursiones al gran mundo. Esta mañana, sin ir más lejos, he entrado en una librería donde uno podía comprar títulos en varios idiomas (no sólo en catalán) y hojear volúmenes de editoriales que no llegan hasta las orillas de esos simulacros de almacenes de libros con los que nos tenemos que conformar en el sur. Una joven me pregunta si quiero leer a Michon en español o francés; encuentro L´ouvre, novela de Zola sobre las disquisiciones de la Olympia de Manet, en la edición de Folio, al mismo precio que si estuviera en París. Para los lletreferits esto es un goce de dimensiones cosmológicas. También he visitado, ya en las postrimerías de su horario de apertura, una tienda donde dispensan comics y figuritas de personajes extraídos del mundo de los dibujos animados. Comparto con Aníbal la admiración por el señor Pebbles, vendedor incansable de Maguila Gorila, hombrecito apocado que gastaba más en los plátanos del animal que lo que realmente ganaba con él. A la pregunta de si tenían un muñequito de nuestro admirado Pebbles, el dependiente respondió, sin dudar un ápice, que llegaría la semana que viene. ¡Qué grandiosidad, amigos! Viajen a esta Lutecia levantina, admiren el plan Cerdà fatigándolo calle arriba, calle abajo; constaten, mal que nos pese, que Cataluña es un gran país.
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05/10/2006

Suicidas abisales

Esta mañana vi a un hombre que por 69 céntimos de euro iba a quitarse la vida. Le entregó un billete de veinte a una cajera; cuando ésta le preguntó si tenía algo más pequeño, el suicida le dio una moneda de euro tras escrutar el bolsillo de su camisa. Sentí su molestia: “¿es tan barato acabar con mis días?” El envenenamiento con lejía es doloroso, quizás demasiado teatral. Basta con aguantar lo suficiente sin gritar para caer fulminado y sin necesidad de un lavado de estómago. Me hermané con él. Sentí el doloroso afán de la finitud, el deseo infantil de los finales de cuento.

Alguien preguntaba estos días quién era Fritanga. Fritanga tiene una personalidad voluble, casi líquida. Por eso, hoy me sentí en la necesidad del suicidio. Lo siento, la vida es cruel cuando se dedica uno a la romanización. Esta mañana una joven me espetó que, por recurrir a un eufemismo, defecaba sobre mi santa estirpe. El negocio de desbarbarizar está malo; requiere de una malversación desinteresada de neuronas y algo de arrojo. Los ladridos a veces resultan excesivamente dolorosos. Me viene a la memoria el pobre de Nerval, otro suicida glorioso (sus pies colgaban en círculo sobre una calle de París, ya desaparecida). Salía a pasear por los jardines de las Tullerías con una langosta amarrada a una correa. Cuando le preguntaban el porqué, él contestaba: “No ladra y conoce el secreto de las profundidades”. Escucho los ladridos días tras día. Alguna mañana, ya no volveré, entonces me encontrarán catalogando algas abisales.

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03/10/2006

Carne y literatura

Para ser escritor, ya lo dije un día, hay que tener el talento de los bueyes, es decir, una fuerza y un tesón inextinguibles, además de una lentitud casi mágica basada en la observancia. Bueyes y literatura: reparo ahora en la relación existente entre las letras y la carne. Los novelistas del XIX consiguieron que el lodo etéreo de su imaginación encarnara en miles de personajes atrapados en otras tantas hojas de folletín. Uno de los mayores hacedores de tales longanizas fue Víctor Hugo, dado el volumen de carne que supo poner en las vitrinas de su negocio. Además, fue el francés aficionado a degustarla para nutrir su magín con muslos de odalisca. Es probable que por eso el bohemio Arsenio Houssaye le llevara chicas para fornicar de incógnito. Hugo fue un vampiro de lupanar hasta que se lo permitió la edad. Dos años antes de morir, se enamoró de una carnicera a la que chupaba devotamente los dedos, tal vez con la inocente intención de extraer del tuétano de la amada un último rescoldo de vida para sus personajes y para él mismo.


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