28/06/2006

Batato

Esta historia se cuenta con escasos ingredientes: un primo (1), un tunante (2) y tres cervezas (3). Unan ustedes con una línea los puntos enumerados y sus ojos contemplarán la silueta plateada de la hoja de un cuchillo que, al modo de Disney, tomará vida y se le clavará sin miramientos en la espalda. Es de obligada necesidad que yo les ponga en sobre aviso para que no sean atracados impunemente en los contornos metropolitanos de la City en la que habito.

La escena apenas perfilada arriba tuvo lugar en la localidad de Umbrete, más concretamente en el “Bar Batato”, bodega cuyo propietario dio ayer muestras de lo fino que hilan estos nuevos atracadores de pobres incautos como yo o como ustedes. Tras ingerir L., el amigo J.B. y servidor unas cervezas en la terraza de dicho local, me interné en el negocio y pedí la cuenta de las tres bebidas. El camarero no pudo pronunciar la suma, ya que otro individuo (apatillado al estilo pijo-recalcitrante-sevillaní) le impidió que abriera la boca con una mirada de hosca complicidad: “seis euros”. Sólo pude preguntar de nuevo por ese verso trisílabo que salía de su boca y que me proyectaba directamente el universo de los primos citadinos que escapan al cinturón periférico en busca de fresquito y de, ilusamente, precios que estén ajustados a la renta per cápita del lugar. Al ver mi gesto algo airado y mi desaprobación al pagar, el dueño se presentó e utilizó el método científico para demostrar que en aquella copa cabían dos pequeñas (aproximadamente del tamaño Pin y Pon). Imaginen ustedes una copa llena de agua que con maña de buhonero este señor se daba a la tarea de verter en las copillas a las que le asignaba, sin temblor alguno de los músculos de su rostro, el precio de un euro. Luego vino la observación acerca de las medidas de las mesas, cuestión esta que nos pareció de gran rapidez mental y originalidad. En fin, que nos fuimos escaldados pero con un testimonio humano de impresionante profundidad.

Vayan y pruébenlo ustedes mismos. Pasarán un rato agradable. Como último apunte les diré que la carta no tiene precios; los únicos números que figuran en ella es la del teléfono del antro. Que Dios nos asista.

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27/06/2006

Lugares extinguidos

Gerald de Nerval, poeta suicida francés y prefigurador del surrealismo, se ahorcó en una madrugada de 1855. La calle de París donde hallaron su cuerpo balanceándose, la rue de la Vieille Lanterne, no existe hoy. Los vaivenes políticos de Francia hicieron que Napoleón III diera comienzo al Segundo Imperio y que el Barón Haussmann tuviera la oportunidad de trazar la tela de araña en la que quedarían adheridos todos los hombres del mundo occidental, un monstruo delirante a donde acudirían artistas, ideólogos y desheredados para encontrarse en la Babilonia moderna: el París que hemos heredado. Nerval no conoció ese París de los bulevares y la luz; anduvo, con su locura a cuestas, por barrios insalubres y por calles umbrosas, motejadas por claros vestigios de medievalismos pasados. La sombra del poeta proyectada sobre los adoquines se esfumó para siempre.

Me viene a la memoria este caso de pérdida de lugares señalados por lo que vengo viendo en estos últimos años. Ya no existe el campo de libélulas por el que transcurrió mi infancia; no existe la depresión del terreno a la que robábamos las raices del palo dulce (palodú para los niños del sur; glycyrrhyza glabra L. para los botánicos; y regaliz para el resto), que luego mordisqueábamos y relamíamos hasta quedar hartos; tampoco existe el camino de olivos que llevaba al pueblo y en el que más de una vez robamos aceitunas.

El progreso, amigos, el inevitable progreso. Está más que claro que no echamos de menos la rue de la Vieille Lanterne porque cualquiera que haya bajado alguna vez por los Champs-Elysées podrá sostener que Nerval hizo el memo por no alcanzar a ver el espectáculo. Es probable que los dueños de los hogares que descansan hoy sobre el escenario de mi infancia piensen lo mismo, pero el daño es irreversible: la construcción desaforada de nichos unifamiliares está dejando el paisaje exhausto. Rechazo de plano la improbable inmutabilidad de la realidad que me rodea; no obstante, sí que creo que podría haber tenido un resultado más digno y más respetuoso con nuestra memoria de niños. Oponerse al avance de los tiempos y, a veces, a sus torpes frutos es estúpido; no pensar en que se deberían haber barajado otras opciones, irresponsable. ¿O tal vez es al contrario?

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24/06/2006

La voz que me amó

El colchón Lomonaco que mis padres enviaron a mi apartamento me ha alejado del ritmo; el látex sobre el que sudo y maniobro ahoga el chirriar del somier. Una lástima: con el antiguo llegué a determinar cuándo llegaría al coito por el mero quejido de los muelles. A veces ni llegaba. Me gustaría acostarme con Constantino Romero, escuchar la voz de Clint Eastwood mientras una masa informe me empotra en la muda extensión de ese látex que él mismo vende. […]

Lo conseguí. Un viaje a Barcelona, una llamada a un número telefónico de la marca y el encuentro con Constan. La compañía te facilita una habitación para probar durante una noche las ventajas del producto. Él mismo me confesó que no era la primera vez que lo hacía: al menos cuarenta señoras de edades comprendidas entre los 30 y los 60 habían hecho suya la voz de Eastwood. Romero, en el momento de quedar desnudo sobre el cuadrilátero, también me aclaró que muchas de ellas pedían que pronunciara “¿No crees que deberías sentirte afortunada?”, adaptación para el caso de una sus memorables frases como Harry. No sé a quién amé, si a Constan, a Clint o otros muchos. Era un orgasmo poliédrico, un homenaje al cine y al televisión en cada movimiento pélvico A veces cerraba los ojos y sentía a Harry “el sucio” echándome el aliento sobre el rostro; otras, sin yo pedirlo, me susurraba al oído “Luke, soy tu padre”, entonces un escalofrío galáctico me llevaba a abrazar a Darth Vader. Fui azafata de “La Parodia Nacional”, concursante de “El tiempo es oro”.

En el flanco derecho de la cama un cartel describía las ventajas del colchón Natura: bloque 100% látex, firmeza media, elasticidad natural, Anatomic System, suaves tejidos exclusivos, microclima saludable, distribución de la presión uniforme, propiedades antibacterianas y antihongos. Todo ello quedaba cifrado en la voz tonante de mi amor. Lo peor fue la despedida.

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22/06/2006

Madrugada

Madrugada. Pienso en el pobre Balzac. Los personajes de la Comedia Humana llamaban a deshora a un escuálido cerebro que se agotaba en la creación de un mundo más real que el que él mismo habitó. Ejército de hormigas horadando en la noche hemisferios, lóbulos, cisuras, meninges e hipotálamo. El sonido de sus pasos se hacía a veces ensordecedor. En una de sus cartas teme que se le incendie el cerebro; no obstante, lo que realmente quedará arrasado será su estómago: Balzac utilizaba el café como opio creativo, cuyas dosis hubo de aumentar cada vez que iniciaba un nuevo libro. Su titánica obra le supuso, según un atrevido estadístico, cincuenta mil tazas de café muy cargado. A los cuarenta años le acomete la alarmante molestia de un parpadeo continuo.

Mientras que el rítmico aletear de un murciélago roza la persiana de mi estudio, me hermano con la gran cabeza de toro de Balzac. Ni la afición demoníaca al café, ni las dolencias cerebrales provocadas por la sífilis me acercan a su persona, sólo lo hace una extraña sensación de tener a seres reales zapateando nerviosamente por las calles solitarias de mi cráneo. Ejercen la prostitución en las lindes oscuras de algunas circunvoluciones y saben mezclarse perfectamente con personajes inexistentes. Me agarro a Baudelaire y al grito desmañado de un gallo madrugador: “Para curarme de todo, de la miseria, de la enfermedad y de la melancolía, no me falta nada más que la afición al trabajo”.

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21/06/2006

Espectáculos domésticos

Todos, chispa más o menos, podemos hacer un ejercicio que no requiere de grandes dotes imaginativas: ver, antes de que nos sea entregada (siempre haciendo uso de todos los datos que se nos ofrecen: marca del reloj, mirada, fuerza ejercida a la hora de estrechar la mano por primera vez, ademanes, etc.), cómo corta el borde afilado de la factura que nos entregan distraídamente un albañil, un escayolista, un electricista o un fontanero. El atraco de estas honorables profesiones está pidiendo a gritos la vuelta al mundo gremial, o tal vez no. Nos podemos hacer una idea de cuánto vale el savoir-faire de estos profesionales, pero, ¿cuánto vale la hora de payaso? Esta misma mañana un compañero lloraba sobre mi hombro el pago de una sustanciosa suma a dos individuos que ofrecían por una hora de su arte “humor fino e inteligente, espectáculo de, atención al palabro, globoflexia, y un castillo hinchable que hará las delicias de los pequeños”. Todo ello por el módico precio de cien eurazos.

Resulta inútil quejarse de estos desorbitados precios en el mundo del espectáculo doméstico, de hecho, me parece incluso barato. Estos señores hacen su agosto gracias a la falta de imaginación de los padres. Aún recuerdo a mi madre en mis cumpleaños distrayendo a niños y mayores con dos trozos de papel pegados en las uñas de los dedos índice y corazón, y haciéndolos desaparecer con la fácil maniobra de doblar uno de ellos (“Dos palomitas en un palomar: una se va, la otra también. Las dos palomitas vuelven otra vez”). No me digan ustedes que con este derroche de imaginación no se ahorra uno unos duros. Padres, no decaigan en el empeño de distraer a los suyos; no entren al trapo de los cumpleaños con Ronald McDonald, otro payaso. Estamos preparados para divertir a una veintena de niños (siempre que éstos estén fuertemente amarrados a la silla).

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20/06/2006

tren

Viajo en un tren. El jefe de estación, gorra roja y bandera en mano, da la salida ayudado de un silbato. El vagón se llena de gente que conversa, mira por la ventana y aplaude alguna pirueta pictórica del paisaje: algo de un Van Gogh desmemoriado, de un Millet pirómano o un de Hopper de camping. El grupo bulle; intercambia palabras, comidas y vino. Los arabescos del humo de un cigarro se confunden con la luz que filtran las persianas.

De momento, un escorzo, una torpeza a la hora de moverme por el vagón, me hace constatar que no sé cómo volver a la postura inicial. La gente se cansa. Olvida el pesado equipaje y se lanzan por las ventanas. Alguno permanece sentado, pero mira lo que queda del día sin intercambiar más palabras. Finalmente, los más educados se bajan en una estación. El tren sigue con su particular inercia, vacío, conmigo.

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17/06/2006

El talento de los bueyes

Las tardes de junio acallan la tristeza del final del día con calor y unas sombras luminosas y alargadas. En estas tarde sigo a mi silueta mientras ando; recorre el camino acostumbrado cuando sabe que practico el funambulismo en la cuerda floja y que de un momento a otro caeré al vacío de la aflicción. Estúpidamente pienso en la red ficticia de los libros. Es cuando constato que mi sombra me está llevando al establecimiento adecuado. Allí me puedo encontrar con otro gran triste vespertino, J. cuentista notable y buen conversador. Alguna vez me contó que cuando lleva a las amantes hasta su alcoba tapizada de volúmenes ve la trabazón imposible entre amor y literatura. A una, me narraba hace poco, se le desencajó la boca cuando vio tal biblioteca, llegándole a preguntar si los había leído todos. En la cabalgada hasta la ínsula Barataria no pudo dejar de abrir los ojos para observar a su amazona intentando leer los lomos de los libros que le quedaban a un lado y a otro de la cama. Y es que el amor de ciudad grande tiene esas cosas.

Como decía, cuando practico el tedio misántropo me tiro un par de horas pasando el dedo por títulos desconocidos en las librerías. El otro día, en ese afán mío por hacerme con toda la literatura del fracaso, me encontré con el Diario de Jules Renard (1864-1910), escritor francés que conoció a lo más admirado del mundo literario de su tiempo. Pasar a la historia de la literatura por dar cuenta de cómo rugen tus tripas y las de tus contemporáneos es un pequeño y doloroso triunfo. A ésta nómina de fracasados más o menos conscientes se suman Cansinos Asséns, Pessoa, Kafka o Ciryl Connoly, del que les hablaré otro día. El Diario de Renard es descarnado, no deja paso a la confesión barata; está a medio camino entre el aforismo de largo aliento y las escenas de tertulia literaria. Copio aquí un párrafo donde le pone nombre a la que va a ser su bestia negra, la consecución del talento, cuestión esta que me obsesiona a veces, sobre todo en este tipo de tardes:

El talento es cuestión de cantidad. El talento no se demuestra escribiendo una página, sino escribiendo trescientas. No hay novela que una inteligencia mediana no pueda concebir, ni frase tan hermosa que no la pueda construir un principiante. Pero hay que empuñar la pluma, preparar el papel, ir llenándolo pacientemente. Los fuertes no dudan. Se sientan a la mesa, dispuestos a sudar. Llegarán al final. Acabarán la tinta, gastarán el papel. Esta es la única diferencia entre los hombres de talento y los cobardes que nunca empezarán. En literatura sólo existen los bueyes. Los genios son los más gordos, los que penan dieciocho horas al día de forma infatigable. La gloria es un esfuerzo constante.

 

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16/06/2006

Alibajo y cabizcaído.

 

Llevo unos días alicaído, cabizbajo (piensen en todos esos adjetivos compuestos por una parte del cuerpo, humana o animal, y su correspondiente aderezo de negatividad). No me apetece escribir. Sólo leo. Claro que esto también tiene sus contraprestaciones. Me doy un poco de aire leyendo a mi admirado Félix de Azúa. En su blog encuentro este comentario que me llena de satisfacción y extraña y compungida acedía:

 

“La mayor parte de la gente que vive en este mundo, vive de un modo tan atolondrado, reflexiona tan poco, que desconoce el mundo que tiene constantemente ante los ojos (...) y eso por la misma razón por la que los abejorros ignoran la Historia Natural”.

Lo escribió Chamfort, uno de los escritores favoritos de Nietzsche, en Maximes et pensées, pero en un sentido exactamente opuesto al de la famosa frase de Rothko, es decir, contra aquellos que creen que pueden vivir sin conocer el marco teórico que los define. En fin, “el mundo”, porque el mundo no es otra cosa que un marco teórico.

Chamfort, plurisuicida, es uno de los personajes más crispados de la Revolución Francesa, un emocionante destructor, el amigo de todas las causas perdidas. Me extraña que Hollywood no lo haya descubierto.

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13/06/2006

El mal

Vivimos malos tiempos (para la lírica y para un puñado de cosas más o menos serias). Una vez tuve que hacer de bulto enamorado para completar el aforo de una conferencia de la señora Carmen Posadas. La viuda de Mariano Rubio se embolsaba 3000 eurazos por contar ante un auditorio escamoteado a la Asociación de Viudas de Sevilla (imagino que compartir con la conferenciante el mismo estado civil haría que la entendieran mejor que yo) cómo había llevado su ramo de novia a la tumba de Lenin cuando contrajo matrimonio con el finado (entiéndase el señor Rubio). Ya ven, Lenin muerto, y Mariano, que por aquel entonces se encontraba por Moscú, llevándose a la bella doncella gracias a sus encantos “neoliberales”.

Bueno, todo esto viene a que la señora Posadas, a la pregunta de un lector fiel sobre cuáles eran actualmente su proyectos literarios, contestaba, ufana y dándose una palmada en la melena, que una novela que reflexionaba sobre el mal. El pasado sábado leí en Babelia (El País, 10 de junio de 2006) que el autor gallego Suso de Toro acababa de publicar “una fábula de tintes dramáticos donde el autor reflexiona sobre el mal”. El mal, el mal. Nos topamos con él con sus pálidos reflejos en el trabajo, en un comentario mezquino o en el gesto procaz de la vida en un instante imprevisto. A la memoria se me vienen obras maestras de la literatura que lo tocan directamente: El corazón de las tinieblas, Moby Dick, algunos cuentos de E. A. Poe, A sangre fría, etc. El mal es elemento consustancial al género humano. Lean a de Toro y a Posadas. Coméntenme luego. Les estaré eternamente agradecido. Mientras tanto, yo seguiré montado en el lomo blanco de la ballena, sintiendo latir el corazón de la oscuridad y leyendo algún que otro apunte de mis fritangas más atrevidos.

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Sherezade en Túnez


Aquellos de mis iguales que padecen el uso del “tedio vertiginoso”, el coche según Jules Renard, apagan el spleen encendiendo la radio (perdonen la antítesis infantil). Si lo hacen, se podrán topar con una cuña publicitaria de Viajes Marsans que es una prueba fehaciente de por dónde van los tiros en nuestro mundo: “Viaje a Tunez, la ciudad de Las mil y una noches”. Resulta evidente que la deslocalización no es sólo un problema empresarial (miren las etiquetas de las prendas que les visten ahora mismo y díganme si son cristianos viejos sus hacedores); Marsans deslocaliza y anula de un plumazo el Bagdad donde Sherezade compraba almizcle para perfumarse antes de pasar a ser contadora cautiva del sultán. Me molestan estas creaciones falaces, sobre todo si estamos hablando de una ciudad que existe para occidente en flashes sangrientos, donde la condición física de 200.000 obras de arte es pregunta que sólo contesta su propia ausencia, y en donde en algún rincón del desierto se encabritan alentadas por el viento las cenizas de su biblioteca. De todas formas, habría que añadir que Túnez está emparentada mezquinamente con Bagdad gracias a otra pérdida que alimenta la imaginación de muchos creadores de ficción: la desaparición de Cartago. Dromomaniacos del planeta, viajemos todos a estos mundos paralelos creados por agencias de publicidad, es muy posible que nos encontremos con Sherezade Igartiburu.

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