26/07/2006

Moncha se muda

Fritangas amados:

 

 

En vista de la vida propia que está tomando la historia de Moncha la grilla (personaje real como ustedes mismos), decido mudar la narración a un espacio propio. A aquellos que, aburridos de caminar por las horas del día, tienen a bien seguir estos caprichos de la ficción les convoco a visitar de vez en cuando www.moncha.blog.com. En esta pseudonovela seriada también serán de gran ayuda para este humilde hacedor las anotaciones que realicen. Se tendrán o no en cuenta, pero no dudo de que serán de gran interés para mí y para los otros voyeurs que se paseen por aquí de vez en cuando. He colocado los anteriores post para los que acaben de llegar. Mil gracias por la constancia. Felices calores.

 

 

 

 

 

 

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Vesubio


Tras siete horas de viaje, el avión decidió descolgarse del cielo. La bronto-azafata –era muy probable que llevara en la compañía desde que los hermanos Wright miraban caer plumas de gallina en su niñez- observaba la llegada como la única posibilidad de escapar del tropel de prostitutas dominicanas que seguirían hasta Santo Domingo una vez descargados los que quedábamos en San Juan. Estas aeromozas de Iberia tienen un sentido fétidamente aristocrático del mundo; a todas les gustaría correr las cortinas azules de la primera clase y dejar al pópulo devorarse entre sí mientras ellas descorchan el champán para sus iguales.

La escalerilla que nos bajaba a la pista estaba relativamente vacía. Un negro gordo de paso sincopado impedía que el resto del pasaje fluyera con más rapidez. Habían abierto la boca del infierno: el tórrido calor de Puerto Rico, tal como me había advertido Fabián Barrantes, me colocaba en la boca del Vesubio a punto de erupcionar. Ya sabía que en la próxima hora tendría que pasar por las no tan cálidas manos de los funcionarios del Departamento de Inmigración de los EE.UU. Un agente miró mi cara al natural, miró el pasaporte y buscó un parecido entre ambas. Luego pasó a preguntarme si visitaba Puerto Rico por negocios o por placer; que cuál era mi dirección en el país y si conocía a algún boricua. Mentí: no venía de turismo, no me alojaría en el Normandie de San Juan ni conocía (aún) a ningún lugareño.

La verdad era que venía a buscar a un muerto; más bien a una viva que me llevaría hasta un muerto y un muerto que me llevaría hasta una grabación mítica perdida en algún lugar del universo.

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25/07/2006

Sausalito


Una noche crucé el Golden Gate y paré en la playa de Sausalito. En un garito estaba actuando un trío de bosanova. El local se llamaba Trident. Con un contrato por dos semanas, comencé a soplar notas almibaradas de esa música de ascensor. Cuando fui a por mi dosis, los muchachos del Grillo, al que debía algunos pavos desde que toqué en el Normandie de San Juan, se cobraron más de lo que les debía. Nunca me gustaron los puertorriqueños: babean un inglés sudado que no entiendo, lleno de giros incomprensibles y espasmódicos. Siete puntos por encima de la ceja derecha y todos los dientes superiores hechos añicos. La trompeta había desaparecido de mis manos y de mi vida.

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24/07/2006

Grandes padres y pequeños lectores

El verano avanza y nos deja extenuados en las noches de la City. Atrás quedan los días festivos del País Vasco y los últimos sonidos de la trompeta de Marsalis. Felices los felices. Ahora me ausento del calor y me dedico a las lecturas postergadas, ésas que se acumulan en el frío invierno para disfrutar en el asfixiante estío. Entre hoja y hoja, recibo la milagrosa llamada de G., padre de Octavio, niño de apenas dos años. Me cuenta que el pequeño deglute sólidos para adultos (ternera, jamón, etc.) y hojea con fruición absoluta los libros de animales que G. ha recuperado de su propia niñez para ilustrar esa edad tan cruda. Octavio le pide a su progenitor que le lea el cuento del tigre o el del tritón, en realidad pequeños ensayos de divulgación sobre animales exóticos. Coincidimos en señalar que es un niño postmoderno (ya saben: indeterminación, fracturas, decanonización, hibridación, parodia y, sobre todo, confusión para determinar prístinamente las fronteras entre los géneros conocidos).

Cuelgo. No puedo evitar sonreír ante las ocurrencias de G. Vuelvo a la lectura que había dejado minutos antes: una biografía del trompetista de jazz Chet Baker (Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker de James Gavin). Pienso en las claves que inconscientemente me envía el pequeño Octavio: leemos libros desde un punto de vista marcado por el género que aparece en la solapa del volumen; pero, si no nos sometemos a las etiquetas (biografía, novela, ensayo, crónica, memorias, etc.), podemos encontrarnos con alguna que otra sorpresa que, posiblemente, ya barruntábamos. Como novela, la obra que me acompaña estos días no deja de ser la puesta en escena del consabido esquema de ascenso y caída de un genio precoz. Como biografía, no deja de ser un cúmulo de escabrosos apuntes sobre la vida de un heroinómano trompetista, el cual no dudaba en traicionar a toda una ciudad para conseguir una dosis. Sea como sea, se lea como se lea, esta historia sólo es aconsejable para mitómanos. Llevado de la mano del propio G., me tiro en plancha a leer La máquina de follar de Bukowski. Lean o hagan caso al gran Bukowski. El verano es una estación genial para ambas cosas.

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19/07/2006

San Hemingway (11/07/2006)


Huida a Pamplona en plenos Sanfermines. Me invitan a su casa Paula (lectora fiel de estas frituras) y el genial Carlos (el penúltimo hermano Dalton; comiencen a contar desde el bajito). Viajo solo. A cada paso me encuentro con seres extraordinarios. El periplo ha dejado de ser un austero plan que cumplir para desarrollarse como la guía Lonely Planet escrita y distribuida por el azar, tan astuto y caprichoso. Encuentro trozos de mi persona que estaban llenos de un lodo espeso y correoso. El sol de los días lo limpia; luce esplendoroso a trechos. Supura un agua estancada en situaciones mal digeridas y me muestran como hacía en tiempos más felices.

Pamplona en fiestas es el tributo de una ciudad entera a Dionisos disfrazado de San Fermín, una bacanal democrática que solo requiere de un atuendo bastante asequible (hombre de Colón apañolado) y contener en el interior del cuerpo (el alma es una y compartida con la multitud) litros y litros de alcohol. Carlos bromea y me indica los pocos lugares donde no figura una placa que rece “Aquí estuvo Ernest Hemingway”. El escritor americano fue un fiestero. Lo imagino atrapado en este tumulto, creyéndose un Walt Whitman de barba recortada y sabiéndose el primer americano llegado a esta tierra de lunáticos sin luna.

Comparto parte de la noche y del vino con el amigo D., X (Xandre), X (Xulio), J (Javier), Carlos y Paula. Fantásticos anfitriones estos dos últimos: ofrecieron casa, formidable terraza y colchón. Yo, a cambio, les dejé unos calzoncillos (espero que no en demasiado mal estado) y una camiseta (sudada, para más señas). Pienso que esos objetos son la única muestra de que estuve allí. No hubo fotos. Qué pena. Mil gracias.

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18/07/2006

Inciso fotográfico: tormenta de verano en Coruña


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Visión del universo (10/07/2006)

Niebla matinal. El aire blanco transforma el paisaje, lo atrapa, lo esconde, lo desdibuja. Un sol enfermizo dora desganadamente las mieses cortadas. Conrad, Stevenson agarrado a un paraguas en Edimburgo, Chesterton, Cortázar en París, Quiroga en los inviernos de Misiones, Poe atravesando la noche de Baltimore, Kafka cruzando el puente de Carlos, Nabokov en San Petersburgo, Borges post-mortem en su tumba de Ginebra. La niebla juega con aleatorios porcentajes de humedad e imaginación. Todos estos ilustres nombres escrutan las aristas de un paisaje que esconde infinitas historias, son soberbios moldeadores de brumas. Los recuerdo mientras que un autobús a la velocidad de la luz me transporta hasta Donosti.

San Sebastián es sometida a una refundación clara en el XIX: al calor de una burguesía vasca industrial incipiente surgen los edificios, las avenidas, los puentes y jardines que la enseñorean y transforman como una nueva urbe cantábrica. De la misma manera que los burgueses tardomedievales, que en el XIV alcanzaron el cielo con catedrales góticas que demostraban su fe y su medrar económico y social, los burgueses donostiarras del XIX plantaron una catedral neogótica que sirviera de redil espiritual a las nuevas almas que dormían en la ciudad.

Donosti huele a mar por todas sus calles. Un hombre camina por ellas soplando una flauta y empujando una bicicleta. El hecho me sorprende, me retrotrae a un tiempo prehistórico donde los cuchillos soltaban chispas al pasar por la rueda que los afilaba. El eco escalonado de las siete notas musicales, ascendiendo y descendiendo, se va apagando en la distancia. Tras ver el Kursaal (arquitectura mostrenca y despojada de magnificencia alguna, jalonando una punta de la playa de Zurriola), descubro, el fin, el monte Igeldo. Me traje el tema de Esclarecidos (Cita en Igueldo) hasta los pies del mar. Observo como su belleza natural se ha ido evaporando hacia su cima: casas palaciegas y menos aristocráticas ascienden para dejar que la corone un hotel sesentero-racionalista anejo a una torre del Renacimiento (pobre siglo XVI). Hacia la punta norte que mira al Cantábrico, un faro (siempre son hermosos) otea el azul gigante y extraño, pleno de bruma. El monte Urgull me sirve de atalaya. En un recoleto mirador un señor se afana en culminar un sudoku sentado en el banco de la izquierda, mientras que a la derecha una pareja de jubilados se reprocha el olvido de no sé qué mejunje para los mosquitos. La vejez debería ser menos prosaica. “Mosquitos como fieras” le susurra el señor al oído de su amada con un deje ronco y malhumorado. Esas gorgonas nocturnales se han cebado con el anciano. “Juegan primero, atacan después”. Este señor es el Cousteau de los insectos. Me voy. No soporto sin carcajearme estas anotaciones anophélicas (lo siento Paula).

Una barcaza me lleva a la Isla de santa Clara. Terraza con música chillout-tecno-afrodisíaca. Vista rotunda del Palacio de Miramar. Una señora de edad provecta devora un filetazo de ternera acompañado de doradas patatas. Mira a un lado y a otro del chiringuito diciendo “¡qué rico, qué rico!”. Sospecho que es un elemento a sueldo de los piratas isleños que regentan el local. No puedo eludir la visión. Yo también deglutiré uno. Espero su llegada. Hago tiempo constatando que el tatuaje hace estragos en las espaldas de las bañistas que se abandonan al top-less. Es probable que el gran negocio dentro de diez años sea la extracción de tinta de cuerpos exhaustos de tanta decoración. Aviso para navegantes. Como, bebo y vuelvo al barco que me lleva de nuevo a tierra firme.

El palacio de Miramar (1842) es un capricho que ostenta una mirada escrutadora hasta límites insospechados: primero ve la isla de Santa Clara; luego, arracima olas cantábricas; y, más tarde, sus ojos llegan hasta Inglaterra, de donde tomó planta y alzado para avizorar la Concha con elegancia anglosajona. Arcos tudor, decoración ajedrezada, tejados a dos y a seis aguas.

Llego cansado hasta la estación de buses (32 graditos). Trago medio litro de agua y dejo el resto a un muchacho ecuatoriano que se sienta al lado. Vive en Navarra desde hace cuatro años y le gusta más el País Vasco porque los albañiles ganan 1800 € en lugar de los 1200 de su nómina actual. Nos agarramos a los dos puntales por excelencia de la conversación entre dos hombres: fútbol y chicas. La patria en la lejanía duele más: digiere mal la eliminación de su país en el Mundial. Pregunta si las mujeres del sur son bellas, apostillando algo sobre las piernas estilizadas de las vascas. Los indígenas emigrados al primer mundo miran la belleza partiendo de un canon occidental planteado por los medios de comunicación. Debe ser difícil escapar.

Dejo san Sebastián. Esta noche actúa Bob Dylan frente al Kursaal. La publicidad que me entregan hace alusión a que “es este país la paz está llegando y nada mejor que un icono de la paz para constatarlo”. En la semana que llevo acá he comprobado que Gara no deja de ser un rotativo de lamentos presidiarios; que la gente no toca el tema vasco con extranjeros; que hay señores de clara raigambre españolistas; que algunos tienen el cuento aprendido sin desmenuzar su parte doctrinal, etc. No sé, no sabemos que pasará. Esta noche Dylan dirá algo que deberían aplicarse unos cuantos:

“Utziko dizut nire ametsetan egoten zureetan/ egoten uzten badidazu”. No se pongan nerviosos, ahí va: “Te dejaré estar en mis sueños si yo puedo/ estar en los tuyos”.

Regreso a Gazteiz. En El Segundo conozco a Periko, mirandés amable de hablar pausado. Nos vamos a escuchar música y la noche se llena de gente: Laura, vocalista de big-band; Antonio, saxofonista de Zufre (Huelva), y Carmen, su mujer de Aznalcóllar; la increíble mujer de Periko, Merche; la dulce Eva; el bajista del grupo funky, etc. Maravillosa, bella y extraña noche.

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16/07/2006

La Rioja (9/07/2006)

N. es un animal nocturno que a veces ni siquiera vuelve de la oscuridad. La imagino atrapada en el laberíntico mundo de los garitos vitorianos. Hoy he decidido resarcirme de una situación extraña: Vitoria me ha atrapado y apenas puedo mirar más allá de sus calles, así que escaparé de ella como sea.

Madrugo, agarro mi mapa de carreteras y pongo rumbo a un lugar mítico para mí, un viaje a la semilla (con el permiso del maestro Carpentier): Haro. De allí proviene mi apellido paterno, ése que perdió el “de” por motivos ideológicos-familiares. Por suerte, y aunque parezca una ilusión mendaz, el negocio turístico llega a algunos rincones del mundo de forma atenuada. Haro, “capital del Rioja”, ofrece un casco antiguo algo adecentado pero dejando claro que esta ciudad vive realmente del negocio que flanquea las riberas del Tirón: las bodegas señoriales expuestas al viajero deseoso de probar los caldos de la tierra. El resto de la población se pasea agradablemente: tomas un pincho en la plaza de San Martín y observas la torre de Santo Tomás, coronada de Neoclasicismo cuando su interior está constituido por un gótico nervudo y potente, reflejo de la riqueza señorial y eclesiástica que levantaron sus muros.

Me encamino hacia Berceo, lugar dejado de la mano de dios. Un busto de Gonzalo de Berceo le da algo de lustre a la población. Gente amable. Abro la puerta de una taberna goliarda y medieval; en su interior veo a 2000 personas hacinadas en una semi-penumbra. Salgo riéndome. He ahí el humor de la tierra. Finalmente encuentro un restaurante a la salida del pueblo. Comedor con cinco inmensos ventanales que se abren a un campo de mieses que asciende hacia un monte repleto de verdura. El locus amoenus (lugar ameno) que utilizó Berceo en su relato alegórico, pórtico inicial para sus 25 Milagros de Nuestra Señora, son una copia directa de esta maravilla. Las vistas y la comida se convierten en un receso espiritual antes de llegar a San Millán de la Cogolla. Gonzalo de Berceo fue un fabulador compulsivo, el hacedor de una literatura fantástica en pleno siglo XIII. Fue, además, la prueba clara del valor de la ficción literaria para mutar el mundo. Cuando el monasterio estaba sumido en unas estrecheces demasiado espesas incluso para los monjes que moraban en él, Berceo pactó con Dios una trampa, una licencia, entre poética y demagógica, para contar los milagros de San Millán y atraer de esta forma a peregrinos y gentes de paso que gustaran de oír prodigios milagreros. Un caso medieval de reactivación de una zona mediante un complejo diseño hagiográfico dirigido a ganar poca gloria, pero sí algo de dinero.

Monasterio de Yuso (abajo) en San Millán de la Cogolla. Un tipo con la boca seca me vende una entrada. La tienda de recuerdos la custodia un monje que se parece de forma alarmante a Lou Reed. La guía desgrana la historia aprendida. Los visitantes escuchan la salmodia didáctica intranquilos, calibrando objetivos y captando nada.

Viaje relámpago a un Logroño vacío, extenuado por el calor y la ausencia de lugareños, emigrados a Pamplona en fiestas. Sólo veo a desheredados deambulando por las calles de una ciudad que tampoco ha descubierto el porqué de enlucir edificios: Logroño duerme el sueño de las ciudades a medio hacer. Tengo un asalto místico cuando me introduzco en una iglesia gótica: frente a los bancos en donde rezan unos peregrinos dispersos, un muro muestra unos troncos y una pared llena de humedad en la que antes hubo un retablo. Esa nada obsesiva ante mis ojos (el protestantismo está más preparado para la abstracción) me devuelve a un estado anterior, místico e íntimo a la vez. Salgo, camino, llego hasta el Ebro y me hago una foto para constatar que estuve aquí, solo. Mi destreza colocando la cámara sobre la baranda del puente hace que ésta sea más amiga del río que de mí.

Vuelvo mientras atardece. Mañana veré al fin el monte Igeldo.

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14/07/2006

Suave es la noche (8/07/2006)

[Estas fritangas que se perseguirán en días venideros son fritos en diferido, apuntes realizados en un cuaderno amarillo que me ha acompañado en mi viaje al País Vasco y alrededores. Están frías, es cierto, pero contienen una felicidad inmensa. Lean si gustan. El viaje está empezando]

 

Las ciudades comienzan  a ser tuyas cuando los sentidos proporcionan algo que limita con la alegría al este y la sorpresa al norte: la felicidad. Vitoria me está regalando esa extraña localización del alma, un continuo fluir de emocionantes momentos que habrá que atesorar para cuando llegue el triste invierno. Recorro la calle de la Cuchillería. Saludo a Periko, individuo de chiste (grandullón panzado, que sonríe y bizquea sin tregua); su madre, Concha, me confiesa la fórmula de algunos de sus pintxos con el mismo celo con el que lo haría un espía empresarial. Continúo hasta el Segundo: allí están Iñaki, Mikel y Eugenio, señores que para pagarle una caña hay que dedicarse afanosamente a practicar el full-contact. Duermo (el guerrero también necesita descanso). Luego me voy al Teatro Principal a ver a Brad Mehldau Trio. Concierto elegante, trío ajustado al milímetro, con un virtuosismo fuera de toda exhibición y con alguna concesión al pop (abrieron con el Wonderwall de los Oasis), pero otorgándole una dignidad extraña en estos tipos de experimentos.

            Me pierdo solo por las calles de Vitoria. Busco el Man in the moon y allí encuentro una voz femenina y mágica que canta por Milanés, Serrat y Gershwin. Iñaki Salvador, pianista, capitanea el proyecto. Lo saludo diciéndole que con mi amigo L. lo vi hace muchos años en Valencina de la Concepción. Sonrisa entusiasta. Acabado el concierto, ansioso como lobo, persigo más música. Es hora de irse a la cama.

 

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06/07/2006

Ciudades y jazz

Me permito hoy, visto lo visto, dejar en el viento una reflexión acerca de las ciudades postmodernas, clonadas nerviosamente a lo largo del primer y segundo mundo. Cuando venía hacia Vitoria en el coche, una cuña publicitaria en la radio exculpaba a Gallardón de los juegos malabares de paciencia que se ven obligados a realizar los madrileños para aguantar máquinas de ruido ensordecedor y prolongadas visiones bélicas. La peatonalización de cascos antiguos es una bondad, sobre todo, de interés político y turístico. ¿O es que ahora el espíritu de Pericles se ha cruzado en el camino de las corporaciones municipales? Gazteiz no iba a ser menos: el ayuntamiento instala estos días rampas mecánicas en las cuestas de la zona vieja para que el personal se deslice por ellas sin esfuerzo alguno. El vecindario está en plena campaña contra ellas. No hay nadie que las haya aplaudido, sólo un turismo que potencialmente acudirá a ver esta zona de la ciudad, algo demacrada, a buscar las murallas que el gobierno vasco está rescatando artificialmente. Nada diré de cómo funciona el aparato ideológico nacionalista para la creación de pasados míticos al calor de nuevos hallazgos arquelógicos. Adolfo Domínguez, a pesar de la baja renta per capita que está presente en esta zona, está instalando una de sus tiendas, posiblemente, guiado por un plan de reactivación del barrio que sólo se basa en la llegada de estos monstruos multinacionales.
Las urbes postmodernas, sin apenas excepción, podrían caracterizarse por un casco histórico aséptico convertido en una naturaleza muerta expuesta a los ojos de los turistas; por el mantenimiento de edificios del XIX y el XX para los fines crematísticos de Zara, Mango, etc. (de lo contrario serían convertidos en nuevos y caros bloques de pisos); y por un cinturón metropolitano, nerviosamente expansivo, conectado por arterias rápidas a centros comerciales que aglutinan hipermercados, cines y otras variedades de ocio compulsivo. Este cinturón corta toda relación con el centro histórico, que queda como un parque temático diurno (y nocturno con iluminación de parque de atracciones) en el que se superponen estilos y siglos homogeneizados por restauraciones continuas. Todo ello ofrece un pastiche equívoco donde una torre almohade tiene el mismo lustre que un palacio del XVIII.
Para huir de estas reflexiones y meterme de lleno en el ambiente jazzero de Vitoria, N. me lleva a comer al restaurante Gora, lugar que por la noche me regala la audición y el humo de "Zafari project", un cuarteto joven que recoge lo mejor de Monk, Parker y Sonny Rollins. Esto comienza: el jazz ha llegado a la ciudad, postmoderna o no.
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