30/09/2006

Amor, amor

En Edimburgo, sobre la tumba del fundador de la economía política, vi fornicar a una joven rubia con un señor mayor. Adam Smith, que consideró al capitalismo como el estadio natural de las relaciones sociales, seguramente sentiría aquellos empellones contra su túmulo como una relectura en donde los enamorados trocaban lo social por lo sexual. Las pupilas de la joven asomaban en cuarto decreciente por las breves ranuras que dibujaban sus ojos. Un grito de culminación me hizo huir hacia otras tumbas memorables. Una gata en celo maullaba en el interior del panteón de la familia de Robert Louis Stevenson; en una lápida leí “A la memoria enamorada de Martha”; un niño descuidero, se ausentaba de sus padres y robaba todas las flores que le quedaban a mano, para luego arrojarlas a los nichos vacíos (de amor). Paradójicamente, el cementerio escocés era un festín de vida, un reducto de amor a escasos metros de donde bullía la ciudad, la constatación de que el amor (animal, desaforado o en el recuerdo) puede hacer que nos trastabillemos en la vida, pero también que surjamos de la cochambre de los días. Tengan paciencia y ánimo.
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28/09/2006

Frito variado y dolores lumbares

Hoy fui al médico. No creo que sea lugar este para hablar de mis miserias, pero gracias a una tremenda costalada (animal bípedo cayendo a peso plomo sobre unos escalones que discretamente se clavaron en la zona lumbar y en el glúteo derecho de mi inmensa geografía humana) recabé datos acerca del funcionamiento del pasado y del alma humana presente. El doctor Mora nos recibió tarde a todos los que estábamos mendigando un poco de medicina tradicional. De rondón se colaron dos señoras enlutadas aquejadas de verborrea. En una sala de espera semioscura, un señor calvo chasqueaba la lengua en señal de desaprobación: “este hombre no sabe cortar, na más que sabe da palique”. Le pregunto si es buen profesional, pues, le confieso, es la primera vez que vengo. El tipo calvo dice que, por su parte, ésa iba a ser la última.

Me abstraigo del ambiente chungo creado por el individuo alopécico. Admiro una orla de la Facultad de medicina de 1948 que decora la sala: observo que a los catedráticos se les anteponía el don; que los recién licenciados tenían unos nombres de santoral (Sinforoso, Vitorino, Melquíades…) y unos bigotes excesivamente afectados; que sólo dos muchachas (con bigotes también) se hicieron médicas aquel año y que se las llamaba “señoritas”; y que un mozo, vestido de militar y más joven que el resto de la galería, rezaba allí como compañero muerto. Pensé en el trato que le damos a la muerte en nuestro mundo de hoy: nadie pondría en su orla a un fallecido.

Entro. Por supuesto que también me dedicó el doctor Mora unos minutos de extrema facundia, incluso llegué a temer que el calvo me esperara a la salida para golpearme por retardar el proceso. Pastillitas y pomadas.

De vuelta a casa veo en la tele que la Ópera de Nueva York sale a la calle para ser proyectada en pantallas y llegar así a un público más amplio. Madame Butterfly por Manhattan. Lo que no me gustó fue oír a Sydney Pollack decir que “la ópera tiene que dejar de ser una cuestión elitista y llegar a la ‘masa’”. En fin, reflexionen sobre todo esto. Me voy a la cama. Mañana hablamos.

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25/09/2006

El arte sin precursores

M. me confiesa que es pintora. El mes de noviembre la espera con una exposición para la que aún no tiene obra. M. cruza las piernas, descalza su pie derecho, que queda desagradablemente desnudo, y lo masajea con obstinada perversidad. Mientras se infringe esta sesión de reflexoterapia podal ante mis dignas narices, contesta a la pregunta acerca de la temática de sus creaciones: le encanta pintar puentes, edificios y paisajes urbanos en general. La filiación hopperiana de la señora es evidente, y así se lo hago saber. “¿Ese tío quién es?”. Silencio otoñal. Es cierto que la dedicación a un arte, teniendo en cuenta la decanonización a la que nos somete el mundo postmoderno, no obliga a conocer todos sus hitos, pero la dignidad del artista recae en una cierta familiaridad, más o menos profunda, con sus precursores; sobre todo, teniendo en cuenta que Edward Hopper ha sido ensalzado como uno de los iconos más queridos por una masa democrática que gusta de este tipo de fetiches para decorar estudios y apartamentos.

El señor Baudelaire (siento recurrir a él sabiendo que no es muy querido por algunos de mis lectores) escribía lo siguienteen un artículo titulado “Del heroísmo de la vida moderna” : “Muchas personas atribuirán la decadencia de la pintura a la decadencia de las costumbres”. Por las noches, cuando comienza el descanso para el cuerpo del guerrero, pienso en la mano de M. aferrada a su pie derecho.

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14/09/2006

El origen del mundo

Las vidas tornasoladas de nuevos individuos llegan a mí (¡Oh, soberbias mariposas, vengan al festín lumínico de las velas!). Esta forma de entomología fortuita es uno de los pocos lujos que me otorga la vida académica. Delante de mis ratoniles ojos comienzan a posarse espíritus de variada densidad: parlanchines con ácidos problemas estomacales (el aliento que exhalan hace que se batan mis fosas nasales), compungidas muchachas de sueños nínficos (recuerden la propensión de las ninfas a viajar), jóvenes de cultura amalgamada, hipotecados “penitentes”, etc. Las historias de sus días afloran a golpe de curva. El cazador no pregunta; se agazapa tras un dato frugal y espera. Comienza la lluvia de estrellas:

M., profesora de geografía, se come las uñas mientras conduzco. Me cuenta que se casó con un ginecólogo que andaba todo el día usurpando al cuadro de Courbet, L'origine du monde (véase arriba), nuevas perspectivas desde mil y una clínicas. Las esperas en el tálamo eran devastadoramente infinitas. A ello se le sumaban, cuando al fin tenían vida en común, las cenas con las “señoras de” (rubias escultóricas y extraídas del mundo laboral por el sueldo de sus “señores”), que formaban un gineceo pacato en torno a temas de “rabiosa actualidad”. Sin coche, con una hija y la urgente necesidad de surcar los pasillos de grandes superficies comerciales, se buscó a un chofer amigo que la transportara hacia tales paisajes. Al comienzo fue Hipercor; luego, un parque de atracciones; más tarde, una cena, una película, un viaje relámpago a la playa… De nuevo el origen del mundo, el indisoluble veneno del amor. El divorcio no se hizo esperar.

M. se baja del coche, no sin antes agradecer el viaje de vuelta a casa. Me quedo, como ustedes, a la espera.

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12/09/2006

Sueños triunfales

Ayer, entre la turbamulta televisiva que nos abrasa en este final de verano, vislumbré que los años que nos quedan por vivir dejarán constancia de que el ser humano, en este nuevo alborear del siglo, es una especie que alguien hubiera debido extinguir hace ya tiempo. Imagino que ya sospecharán que lo que me provocó esta reflexión no es otra cosa que los primeros compases de Operación Triunfo. Jóvenes aquejados de “triunfismo” eran aceptados o eliminados indistintamente según unos jueces con el alma desmigada. Entre las perlas que soltaron dos excluidas del paraíso, destaco estas maravillas (léanse siempre entre sollozos, espasmos teatrales y algún que otro grito quebrado):

  1. “Esto es increíble. No me han escogido. Éste era mi sueño y ahora tendré que trabajar como mi padre: de ocho a tres”.
  2. “He estado toda la mañana cantando en la cola; la gente sólo sabía decirme ‘que bien cantas, tía’. Y ahora me echan. ¿Por qué me dice todo el mundo que canto bien y luego no entro en la Academia? Ya no sé a quién creer”.

En fin, saquen sus conclusiones y háganmelas saber. Está claro, viendo a la excluida nº 2, que uno no se puede fiar de nadie. Piranesi, en su lecho de muerte y mientras que alguien de su casa reclamaba la presencia urgente de un médico, pedía que le llevaran su volumen de Tito Livio: “es del único del que me puedo fiar”.

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07/09/2006

Destinos

La vida es dramáticamente concisa; prueben a despejar esta ecuación: entrada en el mundo sublunar dividido entre unos maltrechos navajazos que serpentean por el cuerpo de nuestros días. El resultado es una salida abrupta, una partida dolorosa que avejenta a los que quedan y rejuvenece a los que se van (la memoria, siempre tan caprichosa). Lo que ocurre es que a veces la existencia nos da unos compases previos, una imagen de la inconsistencia de lo que palpará nuestro corazón cuando se esfumen las voces y los cuerpos queridos.

Mi trabajo, si algo tiene de satisfactorio, es el encuentro fortuito con seres impares. El año pasado conviví con compañeros que, al calor de guardias envalentonadas y conversaciones robadas a nuestro horario, se tornaron en seres gratos y necesarios. Igual que el azar cocinado por la administración nos hizo coincidir en estos caldos de la docencia, ahora nos sirve, a unos y a otros, en diferentes platos, en mesas alejadas y para comensales de diverso pelaje. Echaré de menos al gran Gonzalo, al sorprendente amigo Sebastián, al inmenso Pepito, al irreductible Eduardo, al inteligente José Ramón, a la dulce Maripaz, a la incombustible Gema, a ... El rastro es grande. No quiero pensar que la espuma de los años borre estos nombres. Gracias a todos por todo. Y mucha suerte.

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04/09/2006

Insectos

Me levanto a la cantada del gallo debido al ¿asfixiante? calor de la noche. Decido realizar una tournée de bancos para justificar mi existencia en el mundo neoliberal y ejecutar los pagos que me requiere mi vida de alquilado. Intento sacar 500 euros de mi cajero automático; me recrimina que la tarjeta de marras anda algo sobada. Echo un vistazo al interior de la oficina con el fantasma de la cola de “primero de mes” en mente y con la intención de comentar mi caso a la cajera, esta vez de carne y hueso: una anciana madrugadora y un tipo con bigotito ridículo. Entro. Espero. Cuando me aproximo a la ventanilla veo una cucaracha tamaño Gregor Samsa (antes de la metamorfosis kafkiana) correr por delante de mis narices. Sobrecogido por el slalom del blátido, sólo puedo atreverme a retirarlo tímidamente con el zapato, mientras que todas las voces de otros tantos madrugadores bancarios que ya habían pasado a engrosar la fila que me seguía (casi para grabar un anuncio del cuponazo) me arengaba diciendo “¡Písala, písala!”. Ante mi temor a escuchar el consabido crujido seco bajo mi zapato, un airado enano, con atuendo ridículamente veraniego, no dudó en plantar su escueta chancla en el cuerpo crepitante del bicho. Luego, a la vez que se disponía de nuevo a ocupar su sitio tras la línea amarilla (“espere su turno, por favor”), me miró con desprecio, reprochándome mi inexistente arrojo ante el enemigo. Todo el mundo siguió mis pasos hasta la puerta. No pude mirar a nadie a los ojos.

Voy a la carnicería. Una señora le explica al joven que regenta el establecimiento que está harta de las moscas. Aclara que la situación de su vivienda, aneja al Palacio de las Dueñas, propiedad de la duquesa de Alba, hace que en su habitación habiten insectos como para, la señora dixit, comerse una “caja-donuts”. Proseguía puntualizando que ello era debido a que “esa gente tiene una cuadra allí y como en esa casa hay (atención) mucha potencia (¿?) no se le puede cerrar; además echan un flin muy bueno (entiéndase insecticida de marca), asín (sic) que todas las moscas se meten en mi habitación”.

Vuelvo a casa. En la tele un psicólogo invitado en una de esas tertulias matinales, de aspecto respetable y de venerable edad, afirma que “los padres han de tener buen rollito con sus hijos adolescentes y no tratarlos como bichos raros a los que no tienen catalogados”. Está claro que corren malos tiempos para el lenguaje científico, en cambio, muy buenos para el estudio de plagas en la ciudad.

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01/09/2006

Gritos

Como más o menos todo el mundo sabe, hace dos años desapareció del Museo de Munch de Oslo El grito. Mi suegra, en ciernes de rematar su doctorado de Historia del Arte, andaba por aquellas fechas a punto de viajar hasta la capital noruega para admirar este fetiche cultural y acompañar a mi suegro, que a la sazón daba con sus carnes en aquellas frías y lejanas tierras para asistir a una convención del Pen Club gallego. No me cupo ninguna duda de que la sustracción de la obra supondría para mi amantísima suegra un varapalo de dimensiones incalculables. Comentando el caso de esta desaparición con mi madre, no tuvo empacho alguno en admitir que le daba mucha pena, pero que no entendía cómo un cuadro de “una bombilla chillando con las manitas puestas en la cara fuera tan importante”. Viendo estas dos formas de aflicción, me quedé pensando en la célebre frase que da comienzo a Anna Karenina: "Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera".

El azar (ése del que tanto gusta Paul Auster) ha hecho que un muchachito cantara acerca de su paradero y así rebajar la pena de sus delitos. Aprovechen ahora para verlo; muy pronto Ryanair transportará a hordas que llegarán a Oslo para apreciar esta genial obra. El problema de que la televisión ayude a amueblar el imaginario colectivo de demasiada gente es que los museos se convierten en meros zoológicos de padres en bañador con helados semiderretidos.

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