Wednesday, April 25, 2007

“Abril es el mes más cruel”

El viento de tramontana (del que tanto gustaba Josep Pla) me llevó hasta mis queridos Papagenos, habitantes cordiales de un bonito hogar en el ensanche de Barcelona. En vísperas de San Jordi (lástima que no llegara a ver en actividad el fuego de las rosas ni el de los dragones libreros asentados en las ramblas) paseé, degusté cocina catalana y vagabundeé por el Mercat de San Antoni, rastro semanal en el que se pueden adquirir por escasos dólares la obras completas de Kipling, las Mil y una noches de Galland o una guía turística del Penedés.

En una de sus notas el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge dejó escrito lo siguiente: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en la mano… ¿entonces, qué?” Teniendo en cuenta que en Barna me siento como en la zona metropolitana del Paraíso, y sabiendo que luego retornaría a una ciudad aquejada de otras ferias (no precisamente del libro), busqué entre las alforjas del regreso una flor. Allí estaba: se trataba del Diario íntimo (1851-1895) de los hermanos Goncourt que Papageno había rescatado del polvo del tiempo en una inencontrable edición de Alta-Fulla y que, en un acto heroico, había tenido el arrojo de desprenderse de él. Entre las muchas perlas que promete este cofrecillo, me topé con el argumento necesario para negarme a pisar la Feria de abril, espectáculo que, como ya sospecharán algunos, significa para mí una estampa bastante veraz de todo lo que aborrezco: “Nada de mujeres, de reuniones, de placeres, de diversiones. Hemos regalado nuestros trajes de etiqueta, sin hacernos otros, para estar en la imposibilidad de ir a ninguna parte”. Ahora, todos a cargar las escopetas.

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Monday, April 23, 2007

Pintura y antropología

Llevo cuatro años compartiendo horizontes con diferentes compañeros de profesión. Durante todo este tiempo respirando al alimón en habitáculos de coches, he tenido la suerte de conocer a grandes personas, a personas medianas y a individuos pequeños (de cuerpo y alma). Algunos de esos recorridos hacia el trabajo me han proporcionado historias de gran valor humano. Esta mañana, sin ir más lejos, ha habido un duelo dialéctico sonrojante, por lo que respecta al contenido, entre dos de estos seres : M. (ver el artículo “El origen del mundo”), profesora de Geografía e Historia, departía animadamente sobre arte con L, aficionada a la lengua de Shakespeare. La primera se descubrió como pintora amateur, mientras que la segunda daba algunos datos sobre su amor como mera aficionada a la pintura costumbrista de temática cofrade o feriante, decantándose, a mi entender, por esta última, llegando incluso a afirmar que su nueva adquisición se llamaba “Paleta enamorada de abril”. (No daré más datos acerca de tal cuadro, por lo que les pido a mis lectores que participen por medio de sus comentarios en descifrar a qué se refiere tan ambiguo título. En próximos días se facilitará la solución en este mismo lugar y se dará la lista de ganadores).

A continuación M. confesó que le resultaba difícil el retrato, a pesar de que ella en las clases había pintado sin apenas esfuerzo la Venus de Milo (“esa que no tiene cabeza”). Cuando le apunté que seguramente se refería a la Victoria de Samotracia, me miró con desdén, afirmando que ella sabía lo que decía. Esta misma señora, que ya apareció en una de estas fritangas en el mismo momento en que entró en mi vida, un día me explicó por qué la revolución industrial se produjo en Cataluña y no en otro lugar. Para ustedes intentaré reproducir tan memorable explicación: “La raza genovesa [sic], a la que pertenecía Colón (¿cómo, si no, se explica el descubrimiento de América?), estuvo en contacto continuo con la Corona de Aragón desde la Edad Media. De esa relación y el consiguiente cruce de sangres surgieron una serie de individuos con un cerebro más desarrollado y más capaz que el del resto de los peninsulares; de ahí que a finales del siglo XIX la revolución industrial apareciera en Cataluña”.

Me llama la atención esta nueva antropología de tasca trianera, más próxima a la consabida perla sanguínea de Arzálluz que a Levy Strauss. Vigilen de cerca a los profes de sus hijos, no vaya a ser que un día les confiesen que practican la lobotomía con incrustación de adornos taraceados de la Señera para ir preparando la próxima revolución cultural.

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Monday, April 16, 2007

La dieta del dragón radio

En estos enconados tiempos se nos hace difícil toparnos con seres fabulosos. Los bestiarios medievales, que tan provechoso uso siguieron teniendo en los siglos siguientes a la vista de los maravillosos libros que se conservan (el Libro de las maravillas del mundo (1521) de Mandeville, la Cosmographia (1544) de Sebastian Münster, la Historia de Gentibus Septentrionalibus (1555) de Olaus Magnus, el Prodigiorum ac ostentorum Chronicon (1557) de Lycosthenes, la Historia Animalium (1558) de Gesner, la Monstrorum Historia (1642) de Aldrovaldi o el Mundus subterraneus (1678) de Kircher) nos resultan excesivamente distantes y mal avenidos con una era sumida en asuntos meramente prácticos. ¿Dónde quedan si no los hombres-lobo, los hombres-burro, las harpías, los basiliscos, los Batuanes (u hombres-espárrago), las sirenas, las fieras corrupias o los acéfalos? Alguno habrá entre ustedes que no dudarán en relacionar toda esta nomenclatura fabulosa con algunas de las profesiones más relevantes de nuestro tiempo.

Pero, ante tan flagrantes ausencias, es motivo de regocijo el hecho de encontrar en este yermo páramo un dragón. El padre de la criatura es mi amigo Lan, que con denodado tesón ha estado criando a la sierpe alada, alimentándola de extraños frutos. Lan, experto absoluto en la vida de estos animales, argumenta que el hecho de poseer un dragón, a pesar de su mala prensa, lo emparenta con los criadores del cerdo ibérico. Al igual que ocurre con el marrano bellotero, del dragón se aprovecha todo: las escamas para hacer filtros de amor, la sangre como base química para bebedizos mortíferos, el corazón y el hígado (como decía Filóstrato que ocurría al comerlos) para conocer el lenguaje de los animales, etc.

A estas alturas nadie pondrá en duda que los beneficios que pueden aportar estos monstruos son numerosos, aunque algunos se afanen en admitir que engullen carne humana al por mayor o que maman de los pechos de bellas jóvenes seducidas a golpe de mirada aviesa. Pues bien, La dieta del dragón ha de provenir, a sabiendas de que la combustión que surge de sus fauces es un atributo indispensable de la criatura, de un estómago donde convivan cerillas, antorchas, hachones, aventadores, carbón, pedernal y eslabón. Todo debidamente dispuesto para el tueste y el chamuscamiento. Así pues, en el abdomen escamado del bicho el gran Lan ha aposentado las brasas adecuadas para acabar con tanta ñoñez y vacuidad. La dieta del dragón es, en definitiva, una e-radio atrevida, sin línea editorial definida (como Fritanga), que apuesta por poner entre la espada y la pared a todos aquellos que afirman que les gusta todo tipo de música. Thelonious Monk jamás soñó con compartir cartel con el roquero Silvio (no confundir con el Rodríguez) Emilio el moro, Golpes bajos, Pachelbel, Mikael, Borges, Aretha Franklin, Faemino y Cansado o Mano Negra. Pruébenla, comenten y den a conocer sus impresiones.

Una noche Charlie Parker, mientras descansaba del primer pase de un concierto y fumaba un pitillo en la puerta de servicio de un garito de Chicago, le dijo a Dizzy Gillespie: “Nadie necesita esta música para sobrevivir, pero no deja de ser grandiosa”. Pues ahí está.

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Wednesday, April 11, 2007

El mundo como supermercado

Visita de una mañana a Ciudad Rodrigo. Fugaz, superficial, para pasar ligeramente sobre el lienzo un dedo mojado en el óleo. Renacimiento pesado (sin un Vandelvira ubetense que le diera algún matiz aéreo a tanta masa pétrea). Recuperación superficial de la muralla que acota la ciudad (pintadas obscenas e improperios contra la gestión de políticos locales). Una mujer nos muestra una iglesia románico-mudejar consagrada a San Pedro y San Isidoro. La joven exhibía cejas morenas pobladísimas (sin hiato entre ellas), puntas del cabello fatalmente oxigenadas y raíces del mismo color que las cejas. Resultó ser leísta de manual (“el Cristo le tenemos, le sacamos en procesión y nos emocionamos cuando le vemos por las calles estrechas porque somos así. La iglesia antes estaba toda encalada, por dentro y por fuera, pero le raspamos y descubrimos el ladrillo”). Tremendo. Tras progresar a través de las naves laterales y la historia del lugar, nos invitó a participar pecuniariamente en el mantenimiento de la parroquia. Lo hicimos con gusto.

A un lado dejo la estancia en La Alberca, lugar no alejado de Las Batuecas que Larra utilizara como metáfora de la incultura nacional. Lo que se ofrecía como un paraje recóndito y pintoresco resultó ser un supermercado de camisetas de muy dudoso gusto (“Spanish Triathlon: drinking, eating and fucking”; la era postmoderna permite estas lecturas del sentir patrio) y una expendeduría de productos del cerdo ibérico veteados por mucho pitraco y poca carne. Como guinda al pastel, en un restaurante de estilo provenzal, un camarero rumboso, “con aire zumbón y chulo, fruta del país” (como diría Larra), se negó a contestar a la pregunta de sobre cuál era la composición del revuelto que figuraba como plato probable dentro de una carta jeroglífica (precios no incluidos). Como venganza, el hombre no tuvo mejor cosa que hacer que incautarse de la cámara que nos dejamos olvidada al salir de tal agujero y que a la mañana siguiente no parecía haber estado nunca en el local.

En fin, esto es lo que tiene el turismo. Individuos que procesionan de un lugar a otro sin motivo aparente (dromomanía) y que suponen un trasvase de masa acrítica de ciudad a ciudad para comprar las mismas camisetas con diferentes rótulos.

En los confines de la tierra de Las Batuecas se encuentra la comarca de Las Hurdes, a la que Luis Buñuel dedicó un documental en 1932 (algo trucado, todo hay que decirlo). En éste se veía a gente enjuta y malnutrida, conviviendo con animales en un paisaje pedregoso y ruin. He visto con alegría como la recuperación de la zona ha dejado atrás aquellos tiempos; en cambio, observo que, como en el documental de Buñuel, el burro comienza a ser devorado por las moscas autóctonas.

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Tuesday, April 10, 2007

El cielo de Salamanca

Llegué el sábado por la tarde a Salamanca. En la plaza mayor el sol extraía de la piedra una luz blanca que fulguraba sobre las almas festivas que se daban a la tarea de desalojar el silencio del mundo mientras improvisaban botellonas vespertinas de litro calentorro, escuchaban sobre el suelo tibio música robada a los ipods con unos bafles diminutos, tomaban cafés en las terrazas y vitoreaban a un individuo de torso desnudo y ojos vendados con su propia camiseta empeñado en hacer cabriolas sobre una silla afanada a unas de las terrazas (se trataba del último vestigio de la cabra y la silla, pero con cierto aire de sofisticación a lo cirque du soleil).

A la mañana siguiente, A., Catedrática de griego y salmantina, nos acompañó en un recorrido por la ciudad. Con amable erudición desgranó sus conocimientos acerca de la portada de la Universidad (justo debajo, una voz de pollo hermafrodita vendía llaveros de “la rana”). Ya dentro del recinto, A., bajo el dintel de la que fuera aula de Fray Luis de León, sacó un folio de una carpeta que hasta el momento había pasado desapercibida y leyó, con voz recia y seca, un poema de Unamuno dedicado a aquellos que escucharon la voz del sabio:

De doctos labios recibieron ciencia
mas de otros labios palpitantes, frescos,
bebieron del Amor, fuente sin fondo,
sabiduría.

Luego en las tristes aulas del Estudio,
frías y oscuras, en sus duros bancos,
aquietaron sus pechos encendidos
en sed de vida.

Como en los troncos vivos de los árboles
de las aulas así en los muertos troncos
grabó el Amor por manos juveniles
su eterna empresa […]

Especialmente emocionante me pareció el detalle: A. es una mujer madura que ha consagrado su vida al estudio de los libros, sin más amor que el de la ciencia que de ellos ha extraído; por ello, entre los silencios que seguían a cada final de verso se percibía, tal vez, una nota triste de fondo, un momentáneo decaimiento sentimental que pronto se apagaba, pero que quedó aleteando en el aire el resto del día.

A continuación nos adentramos en las Escuelas Menores, origen de lo que luego sería la Universidad Salmantina. En una de sus dependencias se guarda un fragmento de un fresco del XVI que iluminaba el techo de la biblioteca. Popularmente llamado “el cielo de Salamanca”, un incendio destruyó parte de su grandeza, pero, gracias a una técnica que permitió mutarlo en lienzo, pasó a formar parte del legado que guarda celosamente la Institución. Un juego de luces que surge de una plataforma permite observarlo desde abajo en toda su inmensidad: bóveda celeste estrellada y decorada por signos zodiacales y pequeños vientos antropomorfos que soplan con denodado esfuerzo desde los límites del cosmos.

A. nos besa al despedirse. Nos ha regalado sus bienes más preciados con una humildad inmensa. De vuelta al hotel me visita el gran Auden:

Si desaparecieran o murieran todas las estrellas,
aprendería a contemplar un cielo vacío
y a sentir su total oscuridad sublime,
aunque quizá me llevara algún tiempo.

 

 

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Sunday, April 8, 2007

Escalas de lo efímero

Una nube transatlántica escorada.

La estela desvaída de un avión.

El perfil nigromántico de una urraca descuidera.

Un arpegio de la última luz.

La  erupción procaz del magnolio, entrevisto en la penumbra.

La tibieza de una bombilla apagada hace unos minutos.

La memoria de una tarde apoteósica.

 

[Visión de El Pedroso, monte que custodia el sueño de Compostela, desde la ventana de Libertad en el último día de las vacaciones (efímeras también) que se contarán en próximos días]

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