“Abril es el mes más cruel”
El viento de tramontana (del que tanto gustaba Josep Pla) me llevó hasta mis queridos Papagenos, habitantes cordiales de un bonito hogar en el ensanche de Barcelona. En vísperas de San Jordi (lástima que no llegara a ver en actividad el fuego de las rosas ni el de los dragones libreros asentados en las ramblas) paseé, degusté cocina catalana y vagabundeé por el Mercat de San Antoni, rastro semanal en el que se pueden adquirir por escasos dólares la obras completas de Kipling, las Mil y una noches de Galland o una guía turística del Penedés.
En una de sus notas el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge dejó escrito lo siguiente: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en la mano… ¿entonces, qué?” Teniendo en cuenta que en Barna me siento como en la zona metropolitana del Paraíso, y sabiendo que luego retornaría a una ciudad aquejada de otras ferias (no precisamente del libro), busqué entre las alforjas del regreso una flor. Allí estaba: se trataba del Diario íntimo (1851-1895) de los hermanos Goncourt que Papageno había rescatado del polvo del tiempo en una inencontrable edición de Alta-Fulla y que, en un acto heroico, había tenido el arrojo de desprenderse de él. Entre las muchas perlas que promete este cofrecillo, me topé con el argumento necesario para negarme a pisar la Feria de abril, espectáculo que, como ya sospecharán algunos, significa para mí una estampa bastante veraz de todo lo que aborrezco: “Nada de mujeres, de reuniones, de placeres, de diversiones. Hemos regalado nuestros trajes de etiqueta, sin hacernos otros, para estar en la imposibilidad de ir a ninguna parte”. Ahora, todos a cargar las escopetas.

A un lado dejo la estancia en La Alberca, lugar no alejado de Las Batuecas que Larra utilizara como metáfora de la incultura nacional. Lo que se ofrecía como un paraje recóndito y pintoresco resultó ser un supermercado de camisetas de muy dudoso gusto (“Spanish Triathlon: drinking, eating and fucking”; la era postmoderna permite estas lecturas del sentir patrio) y una expendeduría de productos del cerdo ibérico veteados por mucho pitraco y poca carne. Como guinda al pastel, en un restaurante de estilo provenzal, un camarero rumboso, “con aire zumbón y chulo, fruta del país” (como diría Larra), se negó a contestar a la pregunta de sobre cuál era la composición del revuelto que figuraba como plato probable dentro de una carta jeroglífica (precios no incluidos). Como venganza, el hombre no tuvo mejor cosa que hacer que incautarse de la cámara que nos dejamos olvidada al salir de tal agujero y que a la mañana siguiente no parecía haber estado nunca en el local.