22/01/2007

Freud teleoperando

Cuando M. volvió de apurar apresuradamente un cigarro al clamor de las luces matinales, en su habitáculo de teleoperador para Vodafone le esperaba la llamada entrante de una usuaria a la que su pantalla de ordenador reconocía con el siguiente informe: “Cliente número X: en sus últimos contactos con el teléfono de asistencia insultó repetidas veces al operario que la atendía”. Por lo que M., joven poco avezado en estas lides dialécticas, optó por un tono sobrio, plano, casi maquinal, para intentar crear entre él y su interlocutora una suerte de distanciamiento telefónico donde no tuvieran cabida voces de nuestro patrio idioma como cabrón, hijoputa y demás imprecaciones carpetovetónicas. “Esta mañana he recibido un mensaje de mi novio", musitaba larvariamente la voz, "para decirme que se iba de viaje y que me dejaba”. M. acariciaba la rueda del ratón con el índice para surcar los confines subterráneos de la pantalla a la búsqueda de alguna pincelada más de esa maquiavélica personalidad que ahora le contaba su vida. Tal vez algo como “clienta que recurre al subterfugio de la doble personalidad para buscar cálidas contestaciones para luego arremeter con fuego cruzado”. Nada. M. sólo acertó a expulsar un protocolario (dos meses de preparación como teleoperador sin cobrar un duro y con un horario taiwanés) “por favor, enuncie su pregunta acerca de algún contratiempo con su terminal telefónico”. “Pero, es que el mensaje de mi novio es de Vodafone. Por favor, ayúdeme”. “Si usted no efectúa una pregunta sobre alguna cuestión técnica, procederé a cortar la llamada”. “No, no me cuelgue. ¿Quiere ser usted mi novio? Por favor, sea usted mi novio…"

M. me lo narra con un nudo en la garganta, aún con el alma renqueándole por las bandas anchas de la vida de obrero de la telefonía. Le agradezco la transacción de este cuento contemporáneo, en el que quedan al descubierto las psicopatologías de nuestro tiempo: la dromomanía, la afición al móvil, la soledad, el adulterio y los flecos mal recortados del psicoanálisis. Buenas noches y buena suerte.

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20/01/2007

Óxido

El sol delata los brochazos apresurados con los que unos antiguos inquilinos pintaron el calefactor blanco de mi casa. Los observo entre extasiado y perplejo: las cerdas abiertas de una brocha, pulsada con la ilusión estéril que otorga adecentar los pisos de alquiler, dejaron impresos caminos que se curvan, que toman un poco de volumen y que se sobresaltan por la presencia accidental de una gota petrificada por el tiempo y el descuido. En el interior de sus vértebras se acumula el agua sucia de dos mil inviernos, la misma agua que se filtra a través del metal desgastado por la cal y que erupciona en una miríada de gotas color naranja. El aviso es tajante: antes de que el frío reaparezca, tendrás que asistirme, revolver la espesa nata de una bidón de pintura que acallará el paso de los días y que maquillará la decrepitud constelada de las motas de oxido.

 

 

Pienso en todo ello mientras hago de tripas corazón para volver a escribir. Agradezco la insistencia de mis amigos lectores. No prometo mucho (corren malos tiempos para la lírica), incluso podría decir que esta escritura está abocada a la intermitencia, pero procuraré dar tardes con un poquito de gloria, a pesar del óxido.

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