02/10/2007

Velcrohanding

Las incipientes y, poco a poco, populosas  ciudades de finales del XIX  y principios del XX vieron como de sus entrañas surgían artistas que abrazaban la bohemia mendicante de manera absoluta. Individuos decadentes que posaban sus escuálidos y exhaustos cuerpos de noches y hambre en esquinas y chaflanes resobados. El escritor paleocristiano Juan Manuel de Prada le dedicó el primer capítulo de su Desgarrados y excéntricos a Armando Buscarini, un artista del hambre (como diría Kafka) que colocaba sus poemas a transeúntes grises del Madrid de los años 20 a cambio de un bollo y un café. Otro de los grandes teóricos de la bohemia, Rafael Cansinos Assens (al que tanto debe el plagiador Prada), dio cumplida cuenta de aquellos hombres en La novela de un literato. Sus páginas eran recorridas por individuos que devoraban la vida mientras que ésta los consumía a ellos, siempre en pos del arte y la imaginación. La colmena de Cela, a su vez, mostraba escenas de los 40 en las que la herencia y el marchamo de aquellos tiempos de inanición y creatividad quedaban magistralmente retratados: los poetas se sentaban al calor de alguna que otra tertulia, más por el aroma de una taza de café que por el verbo noctámbulo del pontificador de turno.

            Pero Madrid no era la República mundial de las letras; ese título habría de llevárselo París por motivos sobradamente conocidos. Lo del premio de consolación a lo castizo, a falta de la visión brumosa de Lutecia, era lo que se podían permitir los decadentes carpetovetónicos. Mientras que el joven Rimbaud cambió los adoquines provincianos de su Charleville natal por los arrojadizos y amontonables de París, aquí, poetastros riojanos, pintamonas murcianos y novelistas galaicos hubieron de libar del sucedáneo bohemio que ofrecían las cucarachas de las casas de huéspedes y  las ladillas abotargadas de lupanares furtivos. Uno de los pocos que podía narrar historias de Montmartre y vivir de nublar la vista a versificadores que le escuchaban contar que Verlaine una noche le besó la frente fue Alejandro Sawa. Ya en sus últimos días de Madrid, el menesteroso tenía que quedarse en cama debido a que su mujer empeñaba sus pantalones para poder comer.

La pregunta es la siguiente: ¿cómo se podía vestir, pagar una sucia buhardilla, beber absenta (o anís en su defecto) y no morir de inanición en estas circunstancias? Amigos míos, la repuesta a toda esta procesión de incógnitas está en una aquilatada costumbre de la época, el sablazo. Pedro Luis de Gálvez, bohemio entre los bohemios, incluso llegó a dar a la imprenta El sable. Arte y modos de sablear, tratado que recogía buena parte las puertas falsas que se podían abrir para comer. Para el DRAE, la acepción de sablear no puede ser más clara: “Sacar dinero a alguien dándole sablazos, esto es, con petición hábil o insistente y sin intención de devolverlo”. Para mis lectores latinoamericanos les diré que pechador (de pectum y a su vez de pecho <tributo>  ) es el vocablo correspondiente en aquellas geografías hermanas (imagino a Rubén Darío llamándoselo entre dientes a algún cliente suyo).

             Tiempo ha pasado desde que callaron esos famélicos cantores de la luna de los charcos. En fin, se marchó la bohemia, aunque sus usos existen residualmente. Se observan ahora nuevas versiones, algunas sublimadas, otras tan prosaicas como aquéllas, a las que recurre un nuevo tipo humano que, como un Golem totémico, se instala en nuestros días de manera sigilosa pero rotunda. En la era de las hipotecas, los viajes dromomaníacos, los coches de lujo con pagos aplazados, etc., nace el velcrohand, “la mano de velcro”. Creo que tratándose de un neologismo de mi invención explicaré que se trata de aquellas personas que tienen una rara relación con el dinero a la hora de pagar. ¿Quién no ha sufrido en sus carnes y en su cartera a un velcrohand, ése que parece que se le queda la mano clavada en el bolsillo cuando hay que proceder al abono de alguna, normalmente, ronda de algo ingerible o comestible. Para que lo entiendan les colocaré ante el magín ejemplos directamente vividos por mi persona. Y para no herir sensibilidades usaré (ya saben mi amor a las iniciales) la mayúscula X para referirme a varios practicantes de esta nueva religión del velcrohanding. Verbigracia:

            - X, tras un año completo de postergar el pago de cafés, tostadas, birras y alguna que otra tapa distraída que caía en su estomago, pasó un “inolvidable verano” en la India, sin reparar en la posibilidad de compensar a los sufridos amigos con algún souvenir de apenas 1 dólar.

            - X, propietario de un piso en una zona bien de la City, acostumbraba a atrapar los billetes al vuelo que los demás sacábamos para el enojoso apoquine y no sólo no agavillarlo con el suyo, sino que también se quedaba con nuestra vuelta.

-X, semienano que jamás pagó un regalo a las compañeras preñadas ni a los casaderos, nunca apareció por el bar donde desayunábamos el resto de sus colegas. Sólo hacía acto de presencia cuando algún incauto aparecía con una paletilla o algún que otro agasajo culinario.

Amigos, podría seguir hasta llegar a una colección de anécdotas que por el número resultaría sonrojante. Espero que este largo artículo sirva para descubrir a estos artistas, al igual que deseo que ustedes mismos contribuyan con sus experiencias a engrosar esta lista de pseudosablazos y descifrar su modus operandi.

 

POST SCRIPTUM: Un saludo gigantesco a J.M. de la R., a SOC y a mister Galán, todos ellos libres de pertenecer a este deleznable gremio del velcrohandismo. Un fuerte abrazo a los tres y a todos los que pacientemente han esperado mi regreso.

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