16/02/2007

Guachimanes

Siento tener que recurrir a crónicas ajenas, pero creo que merece la pena transcribir esta crónica costarricense. El término “guachimán” que aparece en la noticia, como todos ustedes sospechan, viene de wachtman (vigilante). No sean vagos; lean hasta el final. Prometo, dentro de la tragedia, grandes carcajadas.

AL DEFENDER HERMANO LO MATAN A PLOMAZOS

Dos plomazos letales acabaron con Fredy García Zapata, un hombre de 41 años que llegó a apadrinar a su hermano, un guarda privado que lo fue a buscar a la casa pidiendo ayuda pues un compañero que, en horas laborales, compartía un tapis con él, le ganó una pelea cuerpo a cuerpo, a eso de las cuatro y media de la mañana, cuando apenas amanecía.

GUACHIMANES ARMARON FIESTÓN

Según versiones policiales, todo se debió a un problema entre compañeros de trabajo, al calor de “mechazos” de vodka y guaro, pues para pasar contentos las horas de guardia nocturnas y hacerle frente al frío de la madrugada, los cuatro vigilantes del Centro Comercial de Guadalupe decidieron comprarse una pachitas y así compartir la guardia, entre trago y trago.

Con el licor circulándoles por las venas, se armaron tremendo fiestón, el cual se vio interrumpido por la discusión, entre Greimer Rosales Núñez y Ever García Zapata, dos de los que estaban bien entonados.

BRONCA POR EL SUELDO

El oficial de la policía, Luis Castro, indicó que la bronca entre los compañeros inició porque, en medio de la juma, Rosales le reclamaba a García que por qué él ganaba más dinero si trabajaban lo mismo.

Picados, por el tapis y por la plata, se agarraron de golpes ante la mirada de los otros dos que los acompañaban, Keylan Fernández y Jefrey Pizarro Urbina.

Luego de varias trompadas y zapatazos, resultó vencedor Rosales, lo que vino a enfurecer más a García, quien salió del lugar, con sangre en el ojo, pero en busca de refuerzos.

LLEGARON A APADRINARLO

Como el nicaragüense, de 31 años, vive cerca del trabajo, se fue a despertar al papá, Fredy García Avilés y a su hermano mayor, Fredy García Zapata, para que lo apadrinaran.

En pocos minutos los tres hombres volvieron al sitio del enfrentamiento armados con palos de escoba, para ajustar las cuentas.

Entraron a la caseta de vigilancia, levantaron los palos para darle a Rosales, pero este empuñó su revólver 38 especial y se defendió a balazos.

Le mandó un plomazo al hermano de su contrincante en el tórax que lo fulminó y otro en el brazo derecho. El compañero, también se llevó su balazo en una pierna, él único que salió ileso fue el papá.

Uno de los testigos, Jefrey Pizarro, declaró que, donde vio la bronca, mejor se escondió.

“Llegaron armados con leños y se le fueron encima a Greimer, el les disparó para defenderse”, dijo Pizarro, uno de los testigos más cercanos del crimen.

El hermano del guachimán quedó tendido a la entrada de la caseta, con una macana tirada en sus piernas y un charco de sangre alrededor de su cuerpo.

“El hombre ya estaba muerto, al hermano lo trasladamos al Hospital Calderón Guardia, en condición estable, con una herida de arma de fuego”, confirmó el doctor de la Cruz Roja, Marco Umaña.

La policía detuvo al sospechoso del crimen quien, según el reporte policial, manifestó que él disparó en defensa propia.

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14/02/2007

Love town

Estas microreflexiones citadinas intermitentes me vinieron al teclado cuando una noche, en la que comencé a hacer lo que hacen los humanos que aplastan las calles con una gravitación de más de 100 kilogramos (andar sin destino con un chándal extraído de las profundidades del armario), alcancé a ver los confines de la ciudad. Chesterton fue siempre un defensor de los barrios fronterizos con el campo, allí donde el asfalto se suaviza para convertirse en una gravilla susurrante bajo nuestros pasos, sólo por la sencilla razón de que los paisajes son más inesperados y porque se pintan en el cielo colores explosivos durante el crepúsculo. Aquella noche, decía, descubrí que las ciudades museos que se mineralizan estérilmente al calor de planes de rehabilitación y se despueblan en el momento en que Zara cierra sus puertas no pueden competir con la pujante vida de las “afueras”. En este paseo de “flaneur” paquidérmico entreví la felicidad de los parias del amor: una breve muchacha ariocaucásica se abrazaba al cuello de un fornido espécimen africano que la sujetaba en el aire mientras recorría su piel a besos; una joven entrada en kilos caminaba de la mano de un apuesto ecuatoriano con el que intercambiaba miradas de enamorada agradecida; una gitana cincuentona hermosísima, pero tal vez algo ajada por una vida de desosiegos sentimentales, exhibía orgullosa a un macho negro que la rodeaba con un antebrazo ciclópeo.

El amor, amigos, el amor. Supongo que en todas esas calles esta noche habrá regalos comprados en las tiendas de modas regentadas por dependientas de acentos lejanos; que algunos, los más románticos (quizás lo sean todos) encenderán velas rojas y descorcharán botellas en honor a Afrodita; y que, finalmente, un gran gemido de placer acallará las sirenas de la noche. Felicidades a todos los que aúllan aún.

Post Scriptum: Felicidades a la dulce Gema porque su aullido traerá un bello bebé al mundo.

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04/02/2007

Praga 10

Después de abrevar en todos los garitos expendedores de cerveza de la ciudad, cogíamos un metro que horadaba la tierra y la oscuridad de los túneles para llevarnos hasta Praga 10, a una residencia militar reconvertida en hotel para parias del turismo empaquetado. Allí era donde Praga sólo era una esquina residual de un lugar de extremada belleza y donde pasaba a convertirse en un enmarañado cruce de calles con aceras quebradas por los árboles y casas grises de jardines cuidados por las estaciones más que por sus dueños. Un oleoducto procedente de Ucrania y de Bratislava desembocaba en el gran complejo petroquímico que se atisbaba desde nuestra ventana de hotel. Si te levantabas a las cinco de la mañana para expulsar parte de lo que habías ingerido el día anterior, la escena era apoteósica: un Vesubio de múltiples cráteres se recortaba sobre el rojo índigo que ocupaba todo el horizonte. Evidentemente, no tenías más remedio que sentarte a los pies de la cama, conjurarte contra tu propia vejiga y mirar extasiado la grieta por donde se justificaba el mundo.

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01/02/2007

Una vez fui a Centroeuropa

Una vez fui a Centroeuropa. Budapest aún no tenía la pátina invisible que lustra las ciudades-museos, que convierte los cascos antiguos en parques temáticos con buhoneros multinacionales que se enquistan en los bajos comerciales más caros. El caso de la capital húngara es ya simplemente cuestión de tiempo, de poco tiempo.

El caso de Praga resultó ser bien diferente: con Kafka convertido en fetiche, Praga era un túnel de lavado para turistas con escasas posibilidades de parar la máquina cuando descubrían que el jabón se había apelmazado alrededor de sus ojos y no les había permitido disfrutar del primer chorro de agua limpia, ése que los hubiera llevado a una epifanía remotamente individual. No hay forma de parar las invisibles cintas mecánicas que te llevan del puente Carlo a la Catedral de San Vito, del cementerio Judío a Malá Strana, de la lúgubre sensación de que has hecho el primo a la certeza de que lo eres. Praga, infinitamente bella, se conduele de su fortuna de folleto de agencia; el calzón corto, la camiseta de tirantas y el ojo digital entre las manos la han refundado y la han convertido en una atracción más dentro del complejo entramado de urbes nacaradas.

La fortuna me hizo ir acompañado de hombres de corazón de cebada: los Ruiz (hermanos y padre). Estos queridos seres libaban cerveza como los autóctonos, conminándome a seguirlos en tan espumosa aventura. El proceso (a la salud de Kafka) se repetía todos los días: vista “telescópica” de la ciudad, avistamiento de tejados y, a eso de las 10 de la mañana, primera ingesta de alcohol; luego, paseo achispado por algún paraje recomendado por la guía, y vuelta a la taberna. Para resumir: del orden de 4 litros y medio de cerveza al día. Continúo en breve. Prometido.

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