25/03/2007

Portugal, Portugal.

S. habla español con acento de Pino Novo, localidad próxima a Lisboa donde ha vivido intermitentemente a lo largo de su vida. La profesión de su padre la llevó a compartir pupitres con católicos en Tel aviv, con rubicundas adolescentes en Londres y con locuaces ragazzi en Italia. De todos estos mundos, fue Israel el que le dejó una impronta más profunda en su memoria. S. narra con desenvoltura sus jornadas en el mercado de Tel- aviv, al que acudía con la madre a un juego de regateos y gritos luso-hebraicos ininteligibles para cada una de las partes implicadas (vendedor-compradora), pero que tenían como fruto un precio ajustado y una carne más próxima a la de la especie que en un principio se pidió. Habló también de playas paradisíacas que eran desalojadas en cuestión de minutos a la espera de una deflagración cuando un palestino se sentaba frente al mar.

Pero estos cuentos, de alguna manera sospechados por todos, palidecían al lado del relato de una situación que no por más cercana, mejor conocida: la grave crisis socio-económica que está dejando a Portugal exhausta. La Lusitania ofrece a sus hijos trabajos en precario, ausencia de subsidio de desempleo y una seguridad social a la que hay que entregar dos euros en metálico cada vez que se acude a la consulta del médico. Estas vidas exiguas tienen su paralelismo, como no, en nuestro suelo patrio. Espido Freire los ha diseccionado en un ensayo llamado Mileuristas. Retrato de la generación de los mil euros (título que se me antoja excesivamente dadivoso en vista de que algunos no llegan ni a los 600). Leyendo el Diário de Notícias me encuentro con un triste paralelismo que nos hermana con nuestros vecinos y que le da una cruel veracidad al fresco que nos pintó nuestra amiga portuguesa: en el blog de Rita Cruz, componente del movimiento contra la precariedad que ha aparecido en su país, se habla de la "Geração 500 euros". Tanto una expresión como otra resultan benevolentes en ambos países, sobre todo, cuando algunos trabajadores amontonan nóminas (en el caso de que las tengan) por valores muy alejados de esas cifras.

Desconozco cómo va a salir Portugal de este embrollo. El envoltorio crisoelefantino con el que una Bruselas capitalista quiere revestir a ciertos países de cola no casa bien con una economía aquejada de síntomas de muerte, cuyos gobernantes, como pasa en Portugal, aún están ante el dilema de si se abren las grandes superficies los domingos y días feriados o se defiende a capa y espada “as empresas familiares e o descanso dos trabalhadores”. Hay algunos que aún no se han enterado, mal que nos pese, de que nadamos en procesos coyunturales de irremediable aceptación.


Para que nadie se me queje. Robándole a mi amigo David un poco de lo bueno de su bitácora, les regalo unas vistas del proyecto de Jorge Lens, que documenta de forma fotográfica a partir de los letreros tradicionales (maravillosos) cómo el ritmo económico de la ciudad norteña de Braga es el epítome de todo un país. Ojalá nada mutara.

Por cierto, el viernes 23 Fritanga cumplió un añito. Me gustaría agradecer a todos los lectores su paciencia y ayuda. Habrá que celebrarlo. Se admiten ideas.

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20/03/2007

Vidas minúsculas

¿Cómo biografiar a los espíritus de los que se fueron, a esas sombras familiares que nos inquietan y de las que sólo conocemos retazos de sus alientos? ¿Cómo completar el vacío de la memoria? ¿Cómo recorrer los aposentos que la realidad escoge para esconderse para siempre y quedar allí, moribunda y polvorienta, hasta desaparecer? Esto es lo que propone el escritor francés Pierre Michon en su libro Vidas minúsculas: un ajuste de cuentas con la realidad y el olvido mediante el zurcido de la ficción. Acaso, ¿qué otra cosa es escribir?

En una de sus “vidas minúsculas”, la primera, André Duforneau vuelve a la vida legitimado por una breve frase que recuerda la abuela del narrador, Elise: “volveré de allí rico, o moriré”. Michon agarra ese cabo, tira de él con resuelta imaginación y crea un breve universo de recuerdos en el que poder colocar la vida de alguien que él mismo no conoció.

Todas estas vidas son gotas de mercurio escurridizas en su memoria, meros artefactos de ficción que sirven para crear un tiempo lejano e inalcanzable, además de actuar como un consuelo. Admiro a Michon por tal proeza. Yo, instalado en el mundo por el azar, tal vez por el amor, y la confluencia de líquidos trasvasados entre genitalias de diferentes sexos, no alcanzo más que a poner unos nombres ferruginosos a bisabuelos que jamás veré cómo se peinaban, cómo posaban en daguerrotipos inencontrables (si alguna vez existieron) o cómo jugaban con sus hijos. El tiempo familiar escrito (los árboles genealógicos) es un lujo que las clases medias iletradas no tuvieron oportunidad de atrapar. Sólo la aristocracia puede subir a las ramas trepando por el tronco. Para los demás, el tiempo ha talado parte del fuste que lo sustentaba, quedándonos únicamente la posibilidad de ver la vida de las cercanas ramas que nos dieron la savia para vivir. Por todo ello, creo que el librito de Michon resulta de una sensibilidad gigantesca.

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19/03/2007

Jazz cofrade

Ayer, la mañana la cubrí asistiendo a un concierto de jazz cofrade supuesta adaptación de marchas de Semana Santa a la síncopa propia de esta música negra. Acompañaba a mis progenitores, que, sabiéndome admirador de los sonidos afroamericanos, dieron por buena la invitación a tal evento. Algunos de los que habitamos en este ataúd campanudo de la ciudad de S. nadamos entre el lodazal del aburrimiento durante muchas jornadas; debido a ello, a pesar de lo dudoso del producto resultante de cruzar la Banda de Soria nº 9 con el distinguido John Coltrane, me dispuse a asistir esta graciosa mezcolanza con buen ánimo y con la caja de prejuicios guardada bajo el colchón.

El Monasterio de Santa María de las Cuevas resguardaba a los músicos del sol de marzo, bravo y, para mi gusto, tempranamente caluroso. The Berklee Jazz Quartet pergueñaba los últimos acordes de su ensayo. Un joven capillita nos daba la bienvenida y nos aclaraba que el escenario que nos cobijaba había tenido mucho que ver con la Historia “desde siempre”. A continuación, un corneta de Las Cigarreras desvistía una partitura escrita por un musicastro de la ciudad: repetición percutiva de una frase que sólo entusiasmó al escritor (ni siquiera el gordo muchacho ejecutante mostró alborozo alguno). El imberbe maestro de ceremonias nos aclaró que acabábamos de escuchar, atención, “un solo de trompeta contemporáneo”. Ahí es ná.

Luego, un tipo repeinado que previamente yo había visto entrar con su esposa y sus dos jóvenes retoños interpretaría al piano unas piezas alusivas a “la felicidad de un Domingo de Ramos que da comienzo a nuestra Semana Santa”. La mujer del ejecutante y sus hijos ocuparon la fila delantera a la nuestra. Cuando entró el pianista, más preocupado en recibir los aplausos del público que de entrever la figura del piano, hubo que reprimir una sonrisita colectiva ante su tropiezo ridículo en el momento en que se disponía a sentarse junto a las teclas. Supongo que tuvo una bronca con su señora antes de salir de casa, ya que ésta no sólo no calló a su primogénito (niño de seis años vestido a la usanza ultraderechista que insistía en golpear con un ladrillo el tronco de un sauce llorón), sino que tampoco se dignó a escapar hacia otro lugar cuando la pequeña que descansaba en sus brazos comenzaba a arruinar los primeros compases de la Margot de Joaquín Turina que su papá intentaba instalar en el aire. Durante el resto del concierto fueron los niños más odiados.

Lo único que salvó esta amanerada y gomosa jornada musical fue el cuarteto. Después de tocar cuatro piezas arregladas por una especie de doble del tenor Carlos Álvarez (perilla esculpida y melenas de apóstol), el citado mecánico se congratuló de lo muy bien que lo habían hecho estos muchachos e impartió abrazos (desmesurados) ante la mirada de hastío de la concurrencia.

Bueno, para los curiosos de estos cóckteles les aconsejo la audición del Sketches of Spain del bueno de Miles. Ya en el año 59 Gil Evans y el trompetista dieron al mundo un trabajo que ahora, los de mi adorada City, lo dan como la música cofrade del siglo XXI. En fin, en Semana Santa, "all the people to the beach".

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16/03/2007

Adulterio y literatura

Un día el maestro Nabokov plantó esta cita entre las páginas de unos de sus libros escritos en el exilio berlinés: “El adulterio es el elemento básico del comadreo, de la poesía romántica, de las anécdotas divertidas y de las óperas famosas”. La novela se llamó en ruso Kamera obscura Sovremennye Zapiski; en la traducción al inglés del propio autor, Laughter in the dark; en español la pueden encontrar ustedes como Risa en la oscuridad (Compactos Anagrama, 6 eurazos de nada). En ella se cuenta la historia del clásico triángulo amoroso, aunque un ingrediente cruel entre la masa sazonada de estas vidas lo colorea: el engañado es ciego. Albinus “vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable y feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante más joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre”. Estas son las palabras que encabezan el relato y que, en suma, muestran el hilo argumental de la historia. El personaje principal, después de abandonar a su mujer por otra, es víctima de un accidente automovilístico donde pierde la vista. A continuación, será recluido por su joven amante en una casa suiza para que repose. Al mismo tiempo, el amante de ella vive en la casa de incógnito y de manera casi fantasmal: comparte la mesa con el convaleciente y la joven; pasea desnudo por la casa mientras que Albinus está en ella; molesta con briznas de hierba el rostro dormido del invidente; y cohabita nocturnalmente con la chica, a la par que el engañado husmea risas y gemidos en la oscuridad de su mundo. Pura perversidad.

Muchos de los que han leído poco (o nada) a Vladimir Nabokov lo acusan precisamente de eso, de perverso. Aún recuerdo a una compañera de historia que un día, cuando le pregunté si le había gustado Lolita, me contestó con un “Nabokov es un viejo repugnante”. Confusiones aparte (mezclar a Conan Doyle con Holmes no es aconsejable), a la vista está que el cerebro del escritor ruso podía crear situaciones insanas a ojos de lectores poco dados a malabarismos morales.

Pienso que la modernidad nabokoviana de estas novelas reside en que el adulterio (tema recurrente en el XIX y el XX) está tratado desde una perspectiva que incluye patologías psíquicas ancestrales vivas aún hoy. La perversión sexual tiene como glorioso representante a Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, visionario inconsciente de todo lo que se nos venía encima. La combinación de adulterio y perversidad no sólo ha dado al mundo gran literatura, sino que ha posibilitado la aparición de espacios subterráneos a los que se accede con una clave y una tarjeta Visa. En París, capital de la República Mundial de las Letras (Pascale Casanova dixit), existen 900 locales de intercambio de pareja; 276 de ellos son de ambiente, por decirlo de alguna manera, festivamente sadomasoquista. G. (“Y sólo yo escapé para contártelo”. Job 1, 17) baja a los infiernos fines de semana alternos del mes. De Virgilio hace P., abogado parisino reputado, casado y con dos amantes más. G. lo ama inexplicablemente. Me pintó un paisaje de techos altos, cuerpos aletargados sobre otros cuerpos, corredores repletos de habitaciones donde unos miran lo que otros fornican. Manos extrañas recorren la piel de G., pero ella no pierde de vista a su amor, que aletea entre una oscilación de miembros nerviosos.

Nabokov siempre encabezó sus novelas con una dedicatoria breve: A Véra. Calculo que mi amado Vladimiro engañó 17 veces a su mujer. Es el número caprichoso de las novelas que brindó a la humanidad.

Quien esté libre de pecado, que tire la primera novela.

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15/03/2007

Cuéntame con telefuncionario al fondo

Aquel verano fue un verano caliginoso, volcánico, lento y, sobre todo, aburrido. Cualquier posible peripecia, por mezquina y estúpida que fuera, era abrazada como el busto de Santiago apóstol, como un resquicio por donde el hastío estival regurgitaba algo de solaz para aquellos pobres adolescentes que éramos. Capitaneaba el grupo, por mal que nos pesara, P., joven de antebrazos fornidos (como buen seguidor de McEnroe), vestido a la moda (que por aquel entonces dictaban las marcas deportivas) y propietario de una Vespa blanca que eclipsaba cualquier intento de sobresalir por parte de alguno de sus improbables delfines. Vivía en nuestro mismo barrio (casitas adosadas de teja roja, guisvaliano aparcamiento y anecdótico porche donde pasar noches enjutas mirando furúnculos lunares), pero su casa era un sancta sanctorum al que rara vez tuvimos acceso. Lo máximo que llegamos a adentrarnos en el arcano lugar fue cierto día en el que adquirimos 300 pesetas de rosquillas de chocolate (peseta/unidad) y se nos fue dado el honor de deglutirlas en ese breve soportal que anunciaba la casa, al mismo tiempo que su abuela (una galleta María con cabellos a lo Reina Madre y dos ranuras como ojos, debido a la carne que se le agolpaba en torno a ellos), algo senil ya, no dejaba de arañar la ventana del salón al ver a unos muchachos devorar esas roscas de chocolate derretido. Su nieto, P., dio un golpe tremendo sobre el cristal, mostró su lengua con la punta doblada hacia dentro y entre los dientes (toda la cavidad bucal era una galaxia de migas en proceso de predigestión), y la disuadió de que siguiera insistiendo. Los demás, como no, admiramos tan sin par arrojo, ése que nos permitía seguir comiendo nuestras partes proporcionales sin miedo a que se vieran mermadas por algún intruso despreciable. Ya ven, estupendas almas.

En ese largo verano P. nos invitó a una fiesta. No la organizaba él, claro, y nunca llegamos a descubrir por qué nos invitó, visto, sobre todo, el lugar, las gentes y la tramoya que formaba parte del local. El evento tendría lugar en un club social de una urbanización de ricos que estaba a unos kilómetros (los justos para dilucidar que aquel ya no era nuestro mundo) y en el que P. tenía “una amiga”. Allí que fuimos los excluidos del paraíso a ver si, adanes todos, atisbábamos a alguna Eva que sirviera como argumento para aquel largo viaje a pie o, en el peor de los casos, para “zurrarse la sardina” hasta que la memoria aguantara. P. dijo que nos veríamos allí. Resultaba absurdo esperar que alguno fuera invitado a cabalgar en la Vespa blanca (pegatina de Levi´s, Snoopy de mani antizapateril –bandera en ristre­­– y colores fluorescentes de Mistral en el lomo de la cabalgadura). Todos nos disfrazamos con lo que más o menos pudiera aproximarse a lo que nos íbamos a encontrar: pantalones rojos, polos Lacoste de cocodrilo con elefantiasis, náuticos de mercadillo y fijata hurtado al padre o al hermano mayor.

Cuando vimos aparecer a P. con aquella rubia (vaqueros en lejía, pañuelo en la cabeza de Hello Kitty y zapatos con antifaz), coincidimos en que estábamos a años luz de aquel donjuán. Como ladillas a pelo púbico, nos pegamos a ellos. Tras las miradas que otros actores secundarios nos habían clavado en nuestra citada indumentaria, no teníamos más remedio que buscar cobijo en el líder. “No hablan mucho tus amigos”, dijo aquella sirena. Si hubieran apagado las luces, nuestros ojos (bandejas de aluminio vacías de pescao frito) seguirían alumbrando la oscuridad, absortos ante tanta belleza. Nos ignoraron. Seguíamos allí, muchachos en forma de pera, con granos faciales erupcionando en el calor del verano, y algunos, los menos afortunados, sin cuello. P., en cambio, con forma de hombre, unos náuticos en condiciones (comprados en unos grandes almacenes, como tenía que ser) y unos pantalones Marlboro nos anulaba como varones y como parte del festín. No había nada que hacer. Los equilibristas de ojos abiertos nos balanceábamos entre la admiración y la sucia envidia.

En un momento de su escueta charla ella le preguntó que en qué trabajaban sus padres (sondeo socio-económico). Ahí, en ese justo instante, nos miramos con un gesto complacencia insana; el firmamento, como dice Cortázar que ocurre los 23 de agosto, se abriría para comulgar con la galaxia. Aquellos colibríes que libaban por correspondencia esperaban la respuesta. P. pulsó una cuerda tensada por su audacia. El eco monocorde de lo que luego resultó ser un cochambroso eufemismo nos dejó sentados sobre una extraña palabra: “Son funcionarios”.

Que nosotros supiéramos, esos atolondrados padres no pertenecían a la elite del extracto social de la rubia, pero su mirada de complacencia ante la respuesta, sus piernas cruzadas, montando a mujeriegas, y la comida de cuello a través de un abrazo protector desde el asiento de atrás de la moto, nos hizo pensar que ser aquéllo que eran sus padres sorprendentemente daba la posibilidad de ingresar en el mundo de las grandes castas.

Caminamos cabizbajos hacia el hogar. Mi padre, aún levantado, que no despierto, me contestó a la pregunta de “¿qué son funcionarios?”. Sucintamente me diría (apenas lo recuerdo) lo de que son personas que trabajan para el Estado y que no pierden nunca su puesto. “¿Y los padres de P. lo son?”. “Sí, hijo mío”. Los progenitores de P. eran uno celador (un saludo a SOC y a M. que también lo fueron) y otra, limpiadora de ambulatorio. Su amor tenía un color verde quirófano, unos destellos de blanco nuclear de bata que podían cegar al propio Cupido. Sí, amigos, el eufemismo funcionarios contenía todo ese universo de batas blancas, volantes y camillas, pero también (con el tiempo lo supe), administrativos, fiscales, trepanadores, forenses, maderos y, como no, profesores.

Ahora que Zapatero pretende crear un cuerpo de telefuncionarios, me queda el triste consuelo de que, al menos, los que dieron al mundo a esa bestia inmunda y desalmada de P. tendrán que continuar yendo al curre presencialmente. Lo mío, me lo están averiguando.

*Siento el ambiente “Cuéntame” que ha tomado, sin quererlo, esta historia. Es que uno es un poquito proustiano (jartito de magdalenas).

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14/03/2007

El Capitán Maraca

El mundo de la canción ha tenido que esperar para que la meteórica carrera de un mito viviente tuviera repercusión en la red. Tras el reconocimiento obtenido en diversos escenarios de nuestra geografía, sería absurdo no intentar recoger algunos beneficios en diferido gracias a lo que los más atrevidos han dado en llamar “merchandising”, mientras que otros, los más vetustos, lo siguen nombrando con un vulgar “venta de camisetas”. Así que, amigos lectores, ustedes no pueden quedar al margen de tan grandioso evento. Aquí les muestro uno de los modelos de t-shirt con el careto de servidor, creado y diseñado por Objetivo Comunicación, empresa cuyo sillón presidencial está ocupado por mi amada. Las peticiones se realizarán a través del propio blog. En el caso de que se alcancen cifras próximas a la centena, servidor de ustedes no tendrá ningún empacho en enviarlas a la imprenta. Para que no compren sin saber a quién van a llevar adosado al pecho, les remito a un video en el que se muestran las dotes interpretativas del Capitán Maraca.

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13/03/2007

Cultura ministerial

“Cuando oigo hablar de cultura, siempre me echo la mano a la cartera”. La frase, sucintamente proverbial, no es mía (ya me gustaría a mí), sino de Sánchez Ferlosio. En los momentos de mi vida en los que se cruza la dichosa  palabrita, este adagio me viene a la cabeza sin remedio. Esta noche, mientras sorbía una sopa de ave manufacturada por mi amada y observaba como el rostro pétreo (por lo caradura) de la señora Carmen Calvo se contrapunteaba con otro de la misma consistencia (el de Quintero), no sólo volvía a mi cabeza la cita ferlosiana, sino que en ella se acumulaban todos esos iconitos que salían despedidos de la boca del Superintendente Vicente cuando Mortadelo y Filemón cometían alguna tropelía de difícil enmienda. Para esta señora la cultura ha de ser cosa de billetazo patrocinador pues, entre otras muchas perlas, ha llegado a mostrar la siguiente: “me preocupa lo que piense un señor de Alcorcón, de Bilbao o de Cádiz sobre si el Ministerio es capaz de hacer un buen homenaje a Juan Ramón”. A estos hipotéticos y preocupados señores escasamente les quitarán el sueño los homenajes a poetas muertos y les importará un comino si se hacen como si no. La cultura apenas tiene importancia en la vida política de un país, y cualquiera que se tenga por un individuo medianamente informado podrá aseverar que un Ministerio de Cultura es simplemente una superstición ideológica de la izquierda. Pregúntenle si no al señor Sarkozy, futuro Presidente de la France, a ver qué programa cultural trae bajo el brazo.

Con las palabritas de la Ministra aún resonando al final del cuenco de sopa, recordé que el otro día, mientras agavillaba volúmenes de la Biblioteca Pública de la City para paliar mi escaso saber o entretener el alma con la lectura de dolencias e invenciones ajenas, me topé con que uno de los títulos buscados estaba desaparecido. Una funcionaria cincuentona me atendió no sin antes advertirme que con lo que le estaban pagando no tenía por qué hacer este servicio de búsqueda, pero que como había poca gente no tenía ningún problema en contribuir a que un pobre ciudadano fuera moderadamente feliz. A continuación, al ver que me interesaba por su lastimosa situación, me aclaró que casi todos los empleados del edificio estaban pensando en marcharse a otras bibliotecas de lejanas comunidades autónomas. Bueno, aquí la conclusión extraíble sería zafia y facilona. Se la dejo a cada uno de ustedes. Está visto que lo del Ministerio es hacer homenajes e inaugurar museos de arte contemporáneo.

Por cierto, acabo de leer una novela de un señor que por sus modos de producción literaria nunca fue aceptado en la Academia Francesa (¿es, por tanto, cultura?). Estoy hablando de Simenon, adherido por muchos al sambenito de literatura popular (policíaca para más señas), que también ejecutó piezas de indudable calidad (al igual que en sus novelas de Maigret). Lean si gustan La mirada inocente, relato sobre las heridas del mundo en un alma cándida hasta los últimos días de su existencia. Triste y bella.

Post Scriptum: Fritanga era un cadáver hasta hace poco. Les agradezco a muchos de ustedes, en especial al último comentarista anónimo, que insistan en que les trufe la vida con estas menudencias. Últimamente he sido presa de los gustos de mis lectores, tan exponencialmente diferentes; a partir de ahora, tendrán que aguantar un poco mis preferencias. Buenas noches y sueñen.

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