19/05/2007

Leñador o princesa

K. es un delicado niño de cinco años. Su rareza infantil consiste en un tumultuoso deseo de convertirse en una niña. Sus papás, modernos jóvenes que comprenden que la Junta de Andalucía, por poner un caso, subvencione el cambio de sexo a personas mayores de edad, comenzaron tomando las inclinaciones de K. como una de las múltiples formas que la niñez adopta para llamar la atención. Viendo que al chiquillo le complacía más vestir de florecilla junto a las demás niñas del colegio que de fornido leñador junto a sus compañeros varones (en el escenario éstos cortejaban a aquéllas blandiendo freudianamente sus hachas de palo y papel de aluminio), sus progenitores decidieron comenzar las consabidas visitas a especialistas. Tras haber dejado el pequeño hueco de su figura en diferentes divanes, la última psicóloga le recomendó a los padres que comenzaran a aceptar que su grácil muchacho era, al menos larvariamente, una dulce ninfa. Por supuesto que añadió que la mejor forma de conducir la situación era dándole ciertas concesiones poco a poco.

Ayer, cuando llegué a la fiesta de cumpleaños del bello K. y llamé al timbre, un niño vestido de princesa de tules rosas se me tiró al cuello, me besó nerviosamente en la mejilla y me dijo, apuntándome con la varita estrellada: “¿te gusta la princesita más guapa de la fiesta?”

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06/05/2007

HAMOR

“Si no fuera porque estoy casada, te seduciría. Contigo me harto de reír” Cuando le pregunté que cómo lo haría, me contestó: “ya te darás cuenta”. J. no requiere de otra cosa para el amor que un poco de humor (perdonen la pseudo-homofonía facilona): un poco de surrealismo matinal la entona en el coche, va dando tumbos de hilaridad cuando sale de mi vehículo y, luego, se pasa todo el día recordándome por los pasillos del trabajo las últimas palabras de alguna ocurrencia que la ha dejado henchida de felicidad hasta la vuelta a casa. Allí, un marido de semblante adusto le dice que se va a correr, al gimnasio, al frontón, al supermercado o a escalar la fachada oriental de El Corte Inglés. Da igual.

“Estoy harta de mi marido; nunca me río con él”. Esta vez es Mª. Recorre los días de su existencia con la rémora de un matrimonio acomodaticio e infeliz. Me narra sus fines de semana como si se tratara de una monótona cantinela que la escolta hasta no se sabe bien qué lugar o qué otros hombres. Hacerle reír también es fácil. Decirle al trapecista herido que esta vez saltará con red parece lo más apropiado para esperar la curación y la posterior convalecencia.

Hamor, hamor. Lo que piden estas mujeres que responden a ese perfil de casadas próximas a los 40 y con hijos de más de seis años es justamente eso: un toque de deslealtad a la vulgaridad de la vida, un rasguño de humor que avive las tristes jornadas en los parques junto a un marido huidizo.

Sean amables, amorosos, no guarden el humor para las grandes veladas. Dense, amigos míos, a la genialidad sin espectadores. Sus mujeres se lo aplaudirán.

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