Friday, December 26, 2008

La otra vida de Paris Hilton

Stephen Vizinczey, en su excelente libro Verdad y mentiras en la literatura, aconsejaba en el apartado octavo de su decálogo para novelistas en ciernes lo siguiente: “No adorarás Londres–Nueva York–París”. El húngaro daba aliento así a los pobres escritores que habitan en el área metropolitana de
la República Mundial de las Letras y cuestionaba que en lugares de menos de 6 millones de habitantes no pudiera ocurrir algo destacable. Sin ir más lejos, ahí tienen al bueno de Faulkner, que trufó su escritura de personajes e historias que salían de las entrañas del abandonado Sur de los EE.UU., y un día se acercó por Estocolmo a recoger no sé qué premio (también fueron Echegaray y Benavente, con lo que es preciso saber de qué hablamos). Quiero pensar que si el engarzador de historias Paul Auster viviera en mi localidad, sacaría tanto petróleo como le saca a N.Y. City.

Yo mismo, aprendiz de brujo, me vi envuelto hace un par de día en una ola de gran literatura oral que me ha arrastrado hasta las playas de mi teclado para que se lo narre al primero que pase por aquí.

El miércoles quedé en un bar para tomar unas cervezas con mis queridos amigos del pueblo. Cuando entré en el establecimiento, el dueño del local estaba junto a los únicos parroquianos que visitaban el lugar desgranando sus cuitas con la que, en un primer momento, supuse que sería su mujer. Para no sentirme como un polizón en barco ajeno, alcancé la prensa y me puse a intentar leer. Me acordé de mi pana J., que siempre halagó a la ciudad de Gijón porque cualquiera de sus baretos, por muy cutre que fuera, ofrecía al menos cinco periódicos diferentes. Como podrán imaginar, yo sólo pude optar por pasar las páginas del sempiterno ABC (edición de la City).  Tras comprobar que Iwasaki opina que “Sevilla es una ciudad muy dramática, pero con poco teatro” (sabrá el peruano que el Teatro Central tiene una programación bastante solvente o que Juan Mayorga no hace mucho que estuvo por aquí), no pude escapar al seductor canto de la sirena que estaba al otro lado de la barra. Esto que viene a continuación es la transcripción, más o menos exacta, de lo que allí se ofreció:

 

        Quillo, que la Jenny es mu cabruna, que después de cinco años me llama y me dice que se acabó (asentimiento e incredulidad en los receptores). Y sabe lo que digo, que en cuanto me lo ha dicho me ha empezao a palpitá la punta der tema… y eso quiere decí que siento argo. Ahora voy a tirá de agenda y…y…

        Illo, que las agendas caducan al año.

        Que no, que seguro que llamo a la Bea, la psicóloga, y me harto. Me van a salí ampollas…

        En la mano, en la mano…(risas)

        Además, la Jenny me tenía la casa como una zahúrda; que venía yo hartito de trabajá y tenía que quitá los papeles de los bollycaos que se comía la hijaputa viendo a la María der Monte. Pero ahora qué va a hacer si mí, si no tiene un pavo y conmigo ha vivío de puta madre: que si ropita, toma ropita; que si Marina D´Or, er Quini 3000 € pa Marina  D´Or de los cojones…

        Aro, aro…

        ¿Y ahora qué? ¿De qué va a viví ésta? Eso es como si a Paris Hilton le das nuestra vida…

 

Ahí acabó la escucha. La nueva clientela que entraba me privó de deleitarme algo más con semejante discurso de macho ibérico con todos sus atributos sexuales, sociales, económicos y culturales. ¿Es este el hombre de nuestro tiempo? La respuesta, queridos míos, está en los bares.

POST SCRIPTUM: No dejen de pensar en ese aforismo final sobre Paris Hilton, les aseguro que les dará para reflexionar muchísimo.

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Sunday, December 21, 2008

El mundo

Cuando era pequeño, viví con mis padres en un piso a las afueras de la ciudad, una barriada de bloques con vistas a campos de jaramagos a los que habían ido a parar jóvenes parejas. Los maridos eran esforzados obreros que una noche sorprendieron a sus mujeres balanceando el llavero del  que colgaba el sueño del hogar propio. Poco a poco, fueron llegando los modestos vehículos a unas calles sin asfaltar, y el silencio polvoriento de las escaleras, aún con las huellas de los últimos albañiles que anduvieron por allí, se fue difuminando a golpe de gritos infantiles y de besos emocionados bajo los dinteles de las puertas recién abiertas.

Mi primera visión del mundo fue ésta. Como por ensalmo, la vida se fue conformando con pequeños hitos que, vistos desde esta atalaya que ahora me acoge, vaticinaban de forma miniaturizada los claroscuros del orbe de los adultos. La intimidad, el miedo, la felicidad, la violencia, la ilusión, el amor, la envidia, la maldad, la avaricia, etc., todo, en diversas manifestaciones, estaba ya sobre las aceras, en las ventanas, en los huecos de las escaleras y bajo el cielo que yo oteaba desde la azotea.

Sobre esto va El mundo  de Juan José Millás, autor que si bien siempre he admirado como articulista, nunca ha estado entre mis novelistas preferidos. Su novela ofrece una reflexión sobre la identidad, sobre los aspectos determinantes de nuestra primera educación sentimental y sobre el momento en el que dejamos de ser nosotros para convertirnos en algo que ya no controlamos, tal vez expuestos al arbitrio del destino y a la pintura que nos aplican los otros para esconder el verdadero color plomo que hay debajo de nuestras brillantes galas de soldadito.

¿Existe algún tipo de épica en la infancia? ¿Se puede hacer algo con unos recuerdos que tienen más que ver con un patchwork trabajado con un hilo muy fino que con un trozo de mármol en bruto del que extraeremos el busto del emperador? Todo depende, ya no sólo de lo vivido, sino del talento del storyteller. Sin ir más lejos, el otro día le pregunté a una adolescente que cuál era su primer recuerdo. La joven entornó los ojos mientras miraba hacia el suelo: “En mi casa, cuando yo era muy pequeña, había un dálmata de porcelana que me sacaba una cabeza. Me llevé dos años sentada junto a él a la espera de que me hablara”. Creo que ahí hay una metáfora de la memoria de la infancia, una memoria que está relacionada con lo fabuloso, la magia, la habilidad de nuestra búsqueda entre los cajones y del dálmata que cada uno recuerda.

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Wednesday, December 17, 2008

“A perfect day”

Esta mañana me levanté temprano. Mientras me anudaba los cordones de los zapatos, descubrí entre los libros de una de las baldas bajas de mi biblioteca uno que contenía conversaciones entre el editor Giulio Einaudi y Severino Cesari. Éste volumen, tal como mostraba el calendario que había usado como marca páginas, llevaba descansado allí desde, más o menos, el 2004. Decidí que sería el que me acompañaría al trabajo, pues había decidido que hoy iría en bus. 

Sólo viajábamos el conductor y yo. Caronte estaba manifiestamente borracho: su conducción era algo rápida y sus comentarios a los otros vehículos que le adelantaban estaban rematados con poca elegancia. Ante el evidente peligro, decidí abrir el libro en cuya  portada se puede ver a Einaudi de perfil en actitud de conferenciante que rebusca entre las notas de una mesa. “Me viene a la memoria Cesare Pavese, redactor de la editorial, que por la mañana, después de un bombardeo de Turín, acude a trabajar, entre escombros, y limpia el polvo de la mesa de despacho”.  Me encuentro con esta cita y pienso Gus de Teresa, amigo sin epíteto posible, que siempre me habló de lo armónico de las coincidencias y de las líneas convergentes que cifran nuestras vidas. Pienso luego que ayer mismo, tras un año de pérdidas irreparables y dolorosas, pero también de hallazgos maravillosos, opté por soplar el polvo de mi mesa y ponerme otra vez a harinar fritangas. Era un buen comienzo para el día que se preparaba.

Más tarde, asistí a un centro educativo de las míticas 3000 viviendas sociales de mi ciudad para ver el uso de la literatura oral en el ámbito gitano. Me recibió el director. Coloqué el libro sobre la mesa de su despacho y, mientras que explicaba en qué consistía todo aquello, cotejé su rostro con el del editor italiano: no había duda, se trataba de Einaudi. De nuevo Gus. Perplejo aún, lo seguí hasta el aula donde niños gitanos hacían un corro alrededor de él. Hacía tiempo que no veía nada parecido: el auditorio oía entusiasmado una historia salpicada de palabras en caló que el contador le había escuchado a una anciana gitana (la autoridad literaria ante todo). No sé por qué, pero había algo de encantador en su voz y su pose. El respeto de los críos hacia este hombre me llevó a pensar en Stevenson rodeado por los aborígenes samoanos que los escuchaban narrar historias con devoción. No sin motivos le llamaron, tal como reza en su tumba, “Tusitala”, el contador de historias.

Volví a casa, compré
La Vanguardia e hice un caldo excelente. “A perfect day”.

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Tuesday, December 16, 2008

¿Pueden los poetas pelar rábanos?

El afamado cuestista J., habitante de
la City y amigo, ha desgranado durante dos meses sus saberes de cultor de musas narrativas entre un campo apenas arado de escritores en ciernes o a media jornada. Sus alumnos, teniendo en común inquietudes literarias similares,  se diferenciaban en su particular forma de peinarse el cabello. Cabezas que ofrecían una variada muestra de trabajos de peluquería (pelo cardado, mechas caseras, mustios tupés, calvas oceánicas, doble ración de laca sobre permanente nacional católica) se movieron durante semanas al ritmo que marcó la sabia batuta de J.

Ya en las postrimeras sesiones del curso, se pudo observar el afecto que le comenzaban a profesar los discípulos al maestro. Por ello, las despedidas de la jornada se hacían a golpe de cerveza en un bar de copas cercano a la biblioteca donde se impartía el taller. Gracias a la invitación de J., L. y servidor pudimos asistir a su penúltima clase, dándonos la oportunidad de oír a unos alumnos entusiastas opinar sobre el hecho literario.

Lo que más me llamó la atención fue observar a un señor mayor, curtido (como allí mismo se pudo comprobar) en mil batallas líricas, dedicarle un poema panegírico a J. Exactamente se trataba de un soneto pespunteado por el acróstico (nombre y primer apellido) de su admirado instructor. Leído allí en voz alta, ante la sorpresa del público ajeno que ocupaba mesas aledañas, el poema intentaba hacer justicia al trabajo de mi amigo. Para otra ocasión dejo el comentario literario de la pieza, aunque he de reconocer que me hice distraídamente con el papel que la contenía para cerciorarme de que los versos no eran todos endecasílabos. Justo después de la lectura, el poeta sacó de una bolsa unos paquetes de papel de aluminio que contenían diversos productos del cerdo y una fiambrera que daba cobijo a unos rábanos que él mismo había pelado. Previamente se había acercado a la barra para apuntarle al joven que la atendía el hecho de que no hubiera tapas en el local y así justificar tal despliegue de medios.

Todo ello me llevó a reflexionar acerca de lo doméstico de la literatura, de cómo seguramente en la Arcadia clásica las Galateas se hartaron de comer los rábanos que bellos pífanos pelaban como muestra de amor. ¿Existe acaso algo más sincero?

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