“A perfect day”
Esta mañana me levanté temprano. Mientras me anudaba los cordones de los zapatos, descubrí entre los libros de una de las baldas bajas de mi biblioteca uno que contenía conversaciones entre el editor Giulio Einaudi y Severino Cesari. Éste volumen, tal como mostraba el calendario que había usado como marca páginas, llevaba descansado allí desde, más o menos, el 2004. Decidí que sería el que me acompañaría al trabajo, pues había decidido que hoy iría en bus.
Sólo viajábamos el conductor y yo. Caronte estaba manifiestamente borracho: su conducción era algo rápida y sus comentarios a los otros vehículos que le adelantaban estaban rematados con poca elegancia. Ante el evidente peligro, decidí abrir el libro en cuya portada se puede ver a Einaudi de perfil en actitud de conferenciante que rebusca entre las notas de una mesa. “Me viene a la memoria Cesare Pavese, redactor de la editorial, que por la mañana, después de un bombardeo de Turín, acude a trabajar, entre escombros, y limpia el polvo de la mesa de despacho”. Me encuentro con esta cita y pienso Gus de Teresa, amigo sin epíteto posible, que siempre me habló de lo armónico de las coincidencias y de las líneas convergentes que cifran nuestras vidas. Pienso luego que ayer mismo, tras un año de pérdidas irreparables y dolorosas, pero también de hallazgos maravillosos, opté por soplar el polvo de mi mesa y ponerme otra vez a harinar fritangas. Era un buen comienzo para el día que se preparaba.
Más tarde, asistí a un centro educativo de las míticas 3000 viviendas sociales de mi ciudad para ver el uso de la literatura oral en el ámbito gitano. Me recibió el director. Coloqué el libro sobre la mesa de su despacho y, mientras que explicaba en qué consistía todo aquello, cotejé su rostro con el del editor italiano: no había duda, se trataba de Einaudi. De nuevo Gus. Perplejo aún, lo seguí hasta el aula donde niños gitanos hacían un corro alrededor de él. Hacía tiempo que no veía nada parecido: el auditorio oía entusiasmado una historia salpicada de palabras en caló que el contador le había escuchado a una anciana gitana (la autoridad literaria ante todo). No sé por qué, pero había algo de encantador en su voz y su pose. El respeto de los críos hacia este hombre me llevó a pensar en Stevenson rodeado por los aborígenes samoanos que los escuchaban narrar historias con devoción. No sin motivos le llamaron, tal como reza en su tumba, “Tusitala”, el contador de historias.
Volví a casa, compré
La Vanguardia e hice un caldo excelente. “A perfect day”.
….bienvenido a casa Tusitala, y el suelo sin barrer…(eud)
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