La otra vida de Paris Hilton
Stephen Vizinczey, en su excelente libro Verdad y mentiras en la literatura, aconsejaba en el apartado octavo de su decálogo para novelistas en ciernes lo siguiente: “No adorarás Londres–Nueva York–París”. El húngaro daba aliento así a los pobres escritores que habitan en el área metropolitana de
la República Mundial de las Letras y cuestionaba que en lugares de menos de 6 millones de habitantes no pudiera ocurrir algo destacable. Sin ir más lejos, ahí tienen al bueno de Faulkner, que trufó su escritura de personajes e historias que salían de las entrañas del abandonado Sur de los EE.UU., y un día se acercó por Estocolmo a recoger no sé qué premio (también fueron Echegaray y Benavente, con lo que es preciso saber de qué hablamos). Quiero pensar que si el engarzador de historias Paul Auster viviera en mi localidad, sacaría tanto petróleo como le saca a N.Y. City.
Yo mismo, aprendiz de brujo, me vi envuelto hace un par de día en una ola de gran literatura oral que me ha arrastrado hasta las playas de mi teclado para que se lo narre al primero que pase por aquí.
El miércoles quedé en un bar para tomar unas cervezas con mis queridos amigos del pueblo. Cuando entré en el establecimiento, el dueño del local estaba junto a los únicos parroquianos que visitaban el lugar desgranando sus cuitas con la que, en un primer momento, supuse que sería su mujer. Para no sentirme como un polizón en barco ajeno, alcancé la prensa y me puse a intentar leer. Me acordé de mi pana J., que siempre halagó a la ciudad de Gijón porque cualquiera de sus baretos, por muy cutre que fuera, ofrecía al menos cinco periódicos diferentes. Como podrán imaginar, yo sólo pude optar por pasar las páginas del sempiterno ABC (edición de la City). Tras comprobar que Iwasaki opina que “Sevilla es una ciudad muy dramática, pero con poco teatro” (sabrá el peruano que el Teatro Central tiene una programación bastante solvente o que Juan Mayorga no hace mucho que estuvo por aquí), no pude escapar al seductor canto de la sirena que estaba al otro lado de la barra. Esto que viene a continuación es la transcripción, más o menos exacta, de lo que allí se ofreció:
– Quillo, que la Jenny es mu cabruna, que después de cinco años me llama y me dice que se acabó (asentimiento e incredulidad en los receptores). Y sabe lo que digo, que en cuanto me lo ha dicho me ha empezao a palpitá la punta der tema… y eso quiere decí que siento argo. Ahora voy a tirá de agenda y…y…
– Illo, que las agendas caducan al año.
– Que no, que seguro que llamo a la Bea, la psicóloga, y me harto. Me van a salí ampollas…
– En la mano, en la mano…(risas)
– Además, la Jenny me tenía la casa como una zahúrda; que venía yo hartito de trabajá y tenía que quitá los papeles de los bollycaos que se comía la hijaputa viendo a la María der Monte. Pero ahora qué va a hacer si mí, si no tiene un pavo y conmigo ha vivío de puta madre: que si ropita, toma ropita; que si Marina D´Or, er Quini 3000 € pa Marina D´Or de los cojones…
– Aro, aro…
– ¿Y ahora qué? ¿De qué va a viví ésta? Eso es como si a Paris Hilton le das nuestra vida…
Ahí acabó la escucha. La nueva clientela que entraba me privó de deleitarme algo más con semejante discurso de macho ibérico con todos sus atributos sexuales, sociales, económicos y culturales. ¿Es este el hombre de nuestro tiempo? La respuesta, queridos míos, está en los bares.
POST SCRIPTUM: No dejen de pensar en ese aforismo final sobre Paris Hilton, les aseguro que les dará para reflexionar muchísimo.
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