27/05/2008

Canallas subvencionados

Vargas Llosa escribe en las bibliotecas. Qué suerte. Al menos eso es lo que asegura El País en su suplemento cultural Babelia del sábado pasado. En la fotografía aparece en la New York Public Library inquiriendo a los libros que maneja noticias sobre Roger Casement, un irlandés del siglo XIX que luchó contra el colonialismo en el Congo y en Perú.

No puedo creer que el candidato al Nobel no tenga un amplio estudio iluminado por una claraboya en Manhattan, con una chaise longue verdegay, parqué de roble canadiense y un amplio escritorio de caoba en el que se reflejen los rojizos perfiles de su talento. Lo que es absolutamente seguro que no tiene es una academia de flamenco que torture su magín y su paciencia hasta la extenuación. En mi caso, sí; por ello corro a la Public Library de mi ciudad, edificio de Cruz y Ortiz que nada tiene que ver —ni por glamour ni por iluminación— con la biblioteca neoyorquina, en donde bellas lámparas de mesa iluminan el camino de la sapiencia de cientos de lectores al día, mientras que en mi ciudad la paupérrima luz que se cuela por unos ventanales mal dispuestos hace que el personal conviva con la cultura entre las tinieblas.

En fin, todo esto viene porque este fin de semana (Valle del Esgueva, campos de amapolas y mieses aguardando dorarse con el sol del verano) mi amigo G. me narró algo que puede dar la réplica actual a lo que el escritor peruano está perpetrando con desvelo burgués. Se trata de una edificante historia sobre qué van a hacer los constructores audaces con el fin de lo que se ha dado en llamar “la época de los coches gordos”. Pues sencillo: se marchan a África a cultivar granos de biodiésel potencial por varios motivos. Así, con estas lindas palabritas, se lo desgranó un joven facha, vestido de joven facha, hablando como un joven facha, al bueno de G.:

1º) “Porque la UE ofrece subvenciones a los empresarios que cultiven en países del tercer mundo el preciado cereal para biocarburante”

2º) “porque la UE ofrece subvenciones a los empresarios que creen empleo en el tercer mundo”

3º) “porque, incluso, algunos gobiernos africanos reservan ayudas a las empresas europeas que se afinquen allí para la cruzada ecológica”

4º) “porque, con toda la tierra que hay allí, los explotamos 6 ó 7 años, dejamos sus tierras yermas y nos vamos para otro sitio; será por tierras”

5º) “porque, chatachán, así nos quitamos a unos cuantos negros de encima, ya que así se quedan en sus putos países y no vienen a joder el nuestro”

6º) “y porque he calculado que en un año y medio me hago con 60 kilos”

        En estos términos tan edificantes y bien planteados se expresaba el canalla. Creo que ni Conrad hubiera imaginado que con tan pocas palabras se podría hacer un catálogo de perversidades tan bien detallado. En esta nueva reedición del colonialismo europeo del XIX parecen que vuelven a ponerse de moda términos como negrero, esclavista, plantador, hacendado, etc. Algunos de los antiguos explotadores, ayudados por ejércitos sanguinarios, pertenecían a grandes empresas dirigidas por aristócratas desde sus palacios. Ahora, cualquier hijo de vecino puede emularlos. Se trata de la democratización de la usura y la infamia.

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20/05/2008

Urinarios y literatura

En un boudoir galvanizado por la profilaxis de nuestro tiempo, coincidí cierta vez con el novelista Eduardo Mendoza, que se aliviaba en un urinario junto al mío. El autor acompañaba la micción con una respiración sincopada y quejumbrosa. A partir de esa escala de ayes asordinados, cualquier alma cándida que llegara al lugar podría inferir que se trataba de alguna práctica masturbatoria de eyaculación inmediata, aunque la posterior reacción del literato dejaba bien claro que sólo era un problema de próstata de la etapa sexagenaria de cualquier mortal, incluidos escritores de éxito.

Años antes, en mi fase de estudiante compostelano, me quedé estupefacto ante lo que vislumbré en los aseos de la facultad: el por aquel entonces Rector Magnífico —y aún hoy reputado crítico y teórico de la literatura— apoyaba los brazos imperialmente sobre los retretes que flanqueaban el que él estaba utilizando, quedando suspendido en el aire su miembro, ajeno al antojo de los vaivenes gravitatorios que suelen afectar a cualquier mortal, incluidos Rectores Magníficos, críticos y teóricos de la literatura. La faena se remataba con dos breves pero contundentes golpes de talón sobre el suelo, con un leve aire de banderillero. La imagen de esta proeza la vi reflejada en el espejo mientras me lavaba las manos. Al fondo del azogue se podía oír la duplicada insistencia percutiva de un descomunal chorro de orina sobre la porcelana de la taza.

No tuve la ocasión de orinar con Borges —a lo máximo que llegué fue a conocer a una señora de procedencia alemana en la calle Maipú de Buenos Aires que aseguraba ser su lectora de Schopenhauer; también hube de soportar a su hija, una gorda ignara que se afanaba en saber mi dirección para visitarnos porque “su gran pasión era viajar”—. Desde luego, si se hubiera dado el caso de la feliz coincidencia de evacuar aguas menores con el autor de Historia universal de la infamia, imagino que no habría tenido el arrojo de decirle nada en tan ridícula situación y, ni mucho menos, sacarle la instantánea que un mitómano desaprensivo o, simplemente, un hijoputa consiguió.

Una noche, la viuda de Fernando Quiñones me confesó que sospechaba que su marido había llegado a ser el mamporrero de Jorge Luis Borges, pues grande era la admiración que tenía el gaditano por el bonaerense. Claro está que el día de autos Fernando aún no se había sometido a tan imponente disciplina.




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14/05/2008

Ventana

La ventana de mi estudio da a un angosto callejón. Casi podría estrechar metafóricamente la mano con otra que la enfrenta, pero mis vecinos son gente joven, esquiva y, mucho me temo, maleducada, que no vinieron al mundo para acercamientos comunales. Llegaron hace dos años a la manzana; por lo que cuentan las voces anónimas que recorren las escaleras, se trata de un matrimonio de treintañeros, exitosos y de pulidos cuerpos y dentaduras, que compraron dos pisos para unirlos luego. Son arquitectos, esa extraña profesión actual que bascula entre lo antropológico y lo holocáustico. Su vida privada, la porción que se me ofrece mientras estoy sentado en mi mesa, la custodian con dobles ventanas y cristales esmerilados, además de con un rictus que recorre toda una escala de sensaciones: desde la inhalación de mierda de bebé hasta un estornudo que nunca acaba de despegar, pero que hace mirar hacia otro lado y entornar algo los ojos para no toparse con el vecino.

Hoy esta sólida pretensión de no dar nada al público (totalmente comprensible, por otro lado) ha hecho aguas. Disfrutaba yo con la lectura de La información de Martin Amis con la persiana de mi tronera a un tercio de cerrarse (he de procurar que el astro rey no decolore mis bellos volúmenes), cuando, en un cortocircuito del sistema de protección de la pareja de enfrente, observé la estela azulada de un pubis femenino pasando por delante mis narices. A continuación, un glande semierecto (Apolo persiguiendo a Dafne) trotaba con gracia atlética hacia el lado por el que había desaparecido la primera visión un par de segundos antes. Como comprenderán, Martin Amis se convertía en ese mismo instante en literatura basura, en un muro gélido y amanerado que me apartaba del mundo de las pasiones. Con los ojos como platos esperé a que el azaroso director de esta escena encuadrara de nuevo a sus personajes. Así fue: frente a mi perpleja mirada dos franjas corporales (la superficie que va desde el ombligo hasta el premuslo) se fundían torpemente con gran sufrimiento para el miembro masculino: genitales hundidos amorosamente en el campo rasurado del vello púbico y glande atrapado en escorzo hacia el lado de la cámara. La punta del prepucio me miraba cuestionándome silenciosamente acerca de mi atrevimiento. Me puse nervioso y me levanté del asiento. Cuando volví, los cristales esmerilados, supongo, amortiguaban el color de la pasión y sus gemidos.

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10/05/2008

Eloy

En el tejado de un edificio de Ferrol, las gaviotas pespuntean con sus picos las láminas de pizarra que cobijan los cruasanes que le gustan a V., las cajas de zapatos bien apiladas de E. y los sueños de ambos. El salón de este hogar tiene forma de buhardilla. Está iluminado por una claraboya desde donde se otean las tormentas que cruzan la ciudad, y también esas gaviotas que las barren con sus melopeyas surrealistas y oceánicas.

E. trabaja en una piscifactoría. Allí custodia la vida de rodaballos de lomos graníticos. A veces piensa que los tonos grisáceos y ligeramente moteados de sus criaturas le dictan al cielo de la ciudad su color, pues estos seres aplanados, redondos y de cola pequeña siempre miran hacia arriba como queriendo constatar que el firmamento, con su mudez, acata las órdenes silenciosas de sus cuerpos.

E. es el último dandi. Algunos días sueño con ser él. Poca gente sabe que vive en Ferrol, y que es el dueño del cielo.

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02/05/2008

Trama y estilo

La City también tiene feria del libro. Ya no bastan edificios icónicos en las ciudades de provincias para formar parte del star system cultural; se hace necesario posar con laureados poetas y dar de comer a escritores encumbrados por las listas de ventas a cambio de que todos ellos firmen ejemplares, posen, distribuyan apretones de manos o, en el mejor de los casos, canten y bailen. En este contexto, ayer, el lletra ferit Vila-Matas conferenció ante un auditorio compuesto por cabezas de animalias de épocas desacompasadas: jóvenes amigos de la metaficción, abuelas atraídas por la bonanza climática aportada por el aire acondicionado, diletantes, imitadores de estudiantes de Eton, literatis y grupies de cualquiera que moje la pluma en tinteros plateados.

Vila-Matas, como acostumbra a hacer, desgranó un discurso autorreferencial, llegando a fusilar por completo un artículo propio en un Babelia de noviembre del año pasado (como ya hiciera en su famoso Bartleby y compañía con una cita de Borges sin entrecomillar). Sospecho que lo que nos encajó será el primer capítulo de un libro sobre los escritores que esperan o sobre cómo se hace una novela cocinada en la parrilla de su barbacoa. Nombres como Gracq, Robert Walser, Rimbaud, Nerval, Magris, Musil, Ribeyro, da Cunha (apellido que el catalán pronunció como da Cuna), Pessoa, etc. sirvieron para dar el tono a un discurso que proponía una poética de la novela para el siglo XXI. Para él, la poesía y el estilo tienen que primar por encima de la trama. Me resulta llamativa esta apuesta por la música narrativa cuando, sólo con un mero paseo por las casetas de la feria, se puede observar que el comprador medio se hace con títulos en los que prima el macramé tosco de enredos medievales por encima del dorado perfil de la seda del estilo.

Cierta vez le propusieron en Francia al escritor de novela negra Chester Himes que confeccionara historias de detectives. Ante la imposibilidad confesa de éste para hacerlo, Marcel Duhamel, director de la  serie Noire de Gallimard, se lo dejó bien clarito, construyendo, sin sospecharlo, la poética novelística de nuestro siglo, sin cabida para Gracqs, Manganellis ni otros estilistas narrativos: “Coja una idea. Empiece con acción, con alguien que haga algo; con un hombre que saca una mano y abra una puerta, la luz brilla en sus ojos, un cuerpo yace en el suelo. Se vuelve, mira hacia uno y otro lado del corredor… Siempre el detalle de la acción. Retrate. Haga como en el cine. Las escenas siempre son visuales. Nada de flujo de conciencia. Nos importa un bledo lo que piensen quienesquiera que sean. Sólo nos importa lo que hagan. Que siempre estén haciendo cosas. De una escena a otra. No se preocupe si carece de sentido. Eso es para el final. Escríbame doscientas veinte páginas a máquina”.

El estilo es una sutileza que nuestro tiempo no se puede permitir. Se paren tramas sin apenas gestación. El negocio editorial no conoce los preparatorios para el parto. La trama hilvanada con un estilo brillante es lo único que puede dar obras de arte. El resto, únicamente, son novelas del Oeste y gótico internacional.

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