Wednesday, January 28, 2009

Kiko y Benito, estadistas de almas

Hace unas semanas, el Miquel Barceló de
La Almudena, el neocatecumenal Kiko Argüeyo, se entrevistó con Benedicto XVI. El hombre andaba algo acongojado por cuestiones meramente porcentuales: le comentó a Su Santidad su preocupación por el hecho de que el 70 % de los suecos vivieran solos. La alarma, según él, viene al caso porque se trata de la prueba irrefutable de que “la familia se está destruyendo en toda Europa”.

            Me gusta imaginar el gesto desaprobatorio de Benedicto, retorciéndose en su trono ante estas oleadas de individualismo feroz que están replanteando el concepto de familia fuera del ámbito católico. “Estos singles son unos pecadores anacreónticos”. Manda truco que sean estos señores, que segaron verdes a las divinidades  hacinadas en   el panteón superpoblado de la Antigüedad Clásica, los que se dediquen a baremar las liviandades de nuestra época. Ellos, que nos jodieron la existencia compartida con cientos de dioses, colocándonos el monoteísmo como pendón y con el infructuoso consuelo de unos santos segundones, hablan de los monoparentales suecos.

Ah, lo que perdimos. Observen si no a los romanos,  que dieron el nombre de indigitamenta a una lista de divinidades especializadas en realizar actos simples que hacían más llevaderos ciertos actos domésticos: Vaticano lograba que el niño lanzara su primer llanto; Fabulino (maravilloso nombre), que dijera su primera palabra; Cuba, que permaneciera tranquilo en la cuna; y Domiduca, que llegara a salvo a casa. No me digan que no sería maravilloso encomendarse a este último para el regreso a casa tras una apoteósica ingesta de alcohol.

En fin, que no somos nadie y cada vez nos acompañan menos dioses de vuelta a casa.


 

Post scriptum: Por cierto, si el pontífice es Benoit en francés, Benedetto en italiano y Bento en portugués, ¿por qué diablos (Dios me perdone) no le llamamos por estas latitudes con su nombre a la española? No me negarán ustedes que llamar a un Papa Benito XVI no queda cañí.

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Monday, January 26, 2009

Festina lente

Los cirros de la amistad que cruzan el cielo y que nos hacen coincidir con anticiclones y tormentas que pueden llegar a cambiar nuestra vida me dieron la oportunidad de conocer a mi admirado Alejandro Luque hace un par de años. El embeleso viene motivado porque creo que estoy, como diría paradójicamente Chesterton, ante un ser de virtudes muy humanas: gran conversador, instigador cultural a la usanza de Pepín Bello (pero con obra), escritor viajero, periodista a pie de zanja, cocinero al itálico modo, y, sobre todo, lector empedernido y entusiasta. Vean si no su blog (http://alejoluque.blogspot.com/), en el que da cumplida cuenta de una apabullante voracidad lectora con la lista de sus incursiones al cabo del mes. Alguna vez he hecho la cuenta: sumo las páginas de todos los libros y lo divido entre los 30 soles del lapso mensual; lo que resulta me deja con la lengua fuera.

Por más que me empeño en seguir las sugerencias de Luque, no doy abasto. Ni siquiera recurriendo a formas de lecturas heterodoxas (en diagonal, sólo páginas pares, a golpe de párrafo, nada más que los diálogos, etc.) no logro llegar ni a la mitad de los volúmenes leídos por él. Esta tarde he rehusado a continuar con esta locura emuladora por falta de talento y porque me he topado con un libro al que sería una injusticia recorrerlo como el que pasa el índice por la balda polvorienta de una estantería. El libro en cuestión es Adiós. Hasta mañana, del norteamericano William Maxwell, donde un narrador adulto vuelve a su adolescencia para recordar una amistad truncada a raíz de un crimen pasional. Novela corta, de frases cromáticas y melancólicas, de una concisión dolorosa. No busquen sonrisas en estos pagos; sólo encontrarán el rumor de la tristeza  de aquel que recuerda. Lo recomiendo encarecidamente a los que gusten de la literatura de quilates. Absténganse los chicos del swing bestselleriano.

Como releo este post y lo encuentro algo desgarbado y tristón, permítanme sugerirles la visión de un documento que testimonia el talento de un señor con el que he pasado los mejores años de mi vida: mi suegro.
http://es.youtube.com/watch?v=hVB56SamZjI
 Lo acompañan a su diestra los señores Manolo Rivas y Álvaro Mutis.

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Tuesday, January 13, 2009

La vida privada

En mi trabajo hay un tipo con cara en forma de pepino arqueado que no para de hablar por teléfono. Cada día desplaza al anterior sin ningún cambio en su actitud o postura; tan sólo hay jugosas mutaciones en lo que dice a través del aparato. Se trata de un ser que parece escapado de una novela de Millás (El desorden de tu nombre, por ejemplo) del que conozco sus dos divorcios, sus aficiones y sus debilidades a través de las conversaciones que entabla con alguien al que nunca veo; todo ello, sin que él apenas tenga noticia de mi vida.

En cierta ocasión me mostró el móvil con una foto de su actual novia: señora rubia, embutida en un traje de chaqueta, pintadísima, frisando la sesentena y con cara de poder contar unas cuentas historias de desamor. Me encontré de nuevo con ella accidentalmente, esta vez en versión papel, actuando como marca páginas, perdida entre las páginas de un libro de cuentos. El protagonista de esta fritanga la  había dejado olvidada en la zona de préstamos de la biblioteca del centro. Una historia perdida entre otras tantas.

Lo miro. A veces pienso que actúa, que imposta la voz, que cuando atiende a una llamada (suena el himno del City F.C. que él mismo tararea con fervor de aficionado de guardia) no hay nadie detrás de la línea. “Sí, que sí, hija, que el perchero para ti”. Cuelga, me mira y me dice: “Era mi ex. Nos repartimos el botín”.  Así, día tras día.

Hoy ha comprado por teléfono un todoterreno de 35.000 €. Y es que hay gente que no tiene vergüenza.

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Monday, January 12, 2009

Escolleras

    “Yo alquimista de mí mismo. ¿Soy un hombre que se devora?”. Así se lo preguntaba el autor-personaje de la novela póstuma de Clarice Lispector Un soplo de vida. El libro me dejó triste, apesadumbrado, seguramente porque entre los intersticios de luz que regalaban las palabras se colaba un rumor melancólico con regusto a fin de viaje y se respondía a la cuestión lanzada. A esa respuesta se sumó la siguiente lectura: Un campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ésta siguió hendiendo las partes sanas de mi corazón. Si algunos de ustedes se aventuran a descorrer las telas del volumen, sepan que se toparan con una historia sencilla sobre la pérdida de la juventud, la desaparición de las ilusiones y el dolor que conlleva el ejercicio de la memoria. Tal vez no les parezca una gran novela, pero a mí me trajo el recuerdo inexplicable de un día de mi alejada juventud. De hecho, saqué la libreta de la que me acompaño en estas jornadas de lector y anoté lo siguiente (advierto que no es apto para almas fuertes y alejadas de tales emociones): He chocado contra las escolleras de la memoria; la nada fortuita de las palabras inventadas me ha traído el calor de un día exacto de verano en que fui joven. Nunca más ese calor, ni yo, ni aquel verano. 
    Con esta voracidad nos tratan las tardes de invierno y toda esa patraña del tempus fugit, que, a veces, en extrañas ocasiones, duele un poquito. Feliz jornada.

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Sunday, January 11, 2009

Perlas por el aire

Muñoz Molina dice que pasó una estupenda jornada lectora con The Lost Art of Walking: The History, Science, and Literature of Pedestrianism de Geoff Nicholson. Lo contó hace unos sábados en un artículo que tituló Prosa caminada (Babelia, 27-12-08), donde afirmaba que hacía tiempo que había cambiado el i-pod de sus paseos por la melodía fortuita y siempre sorprendente de las conversaciones de urbanitas cazadas al vuelo. “Caminar y escribir acaban siendo aspectos del mismo oficio ambulante”. Que se lo digan si no a Baudelaire, pre-situacionista jugando a perderse por Lutecia (vid. “A una paseante”), o al protagonista de El hombre de las multitudes de Poe. Yo, que también intento nutrirme de esta suerte de cofre del tesoro que son las palabras robadas por las esquina, observo como algunos de mis más fieles fritangas han puesto en solfa la autenticidad del diálogo que reproduje, con algún toque reprobablemente alvarezquinteriano, en el post anterior. Me temo que, con escaso honor a la verdad y tal vez intentando tapar con argamasa las veleidades de la memoria, sólo colé lo de María del Monte, quizás llevado por el fácil aroma del costumbrismo. Nada más, lo prometo.

 

            De todas formas, les aconsejo que peguen el oído, que estén atentos en sus trabajos, en sus traslados de un lugar a otro, en sus esperas, a esas píldoras nacaradas que de vez en cuando caen al vacío sin que nadie las recoja. Aquí van dos:

 

I.                    En una conversación en la biblioteca pública entre una usuaria y una funcionaria, la primera le dice a la segunda que echa de menos a una de las anteriores bibliotecarias. El recuerdo venía motivado por el hecho de que la desaparecida (catapultada a un puesto de más enjundia) era una mujer muy “balsámica”, a lo que su interlocutora no dudó en añadir un sí rotundo. Ni el mismo maestro Pla habría dado una adjetivación tan original a una señora que, como pude colegir, se encontraba entre la mística de Paulo Coelho y las lecciones quirománticas de algún espabilado  escritor de libros de autoayuda para tener esa condición de vic vaporub espiritual.

 

II.                 En una cena con una pareja vecina, el noviete se autoproclamó gran lector de literatura histórico-esvastica-grialistica-templaria de tocho a 20 € como mínimo la pieza. Todo ello lo quiso atestiguar con el argumento “resumido” de El fuego de Katherine Neville, autora del otro bestselleriano El ocho (del que también pude catar algo de su argumento). El pirenaico somontano no ayudó mucho: era escaso y se lo servía para él solito. Ya en los postres, cuando los meandros de la  conversación nos dirigían hacia aguas más ingenuas, contraatacó con lo siguiente: su padre le había regalado en un viaje al Norte La casa de
la Troya
, del  escritor costumbrista Pérez Lugín. Desde aquel entonces no había parado hasta encontrar otras de las memorables obras del autor gallego. Con apasionamiento me habló esta vez de Currito de la Cruz y de La virgen del Rocio ya entró en Triana, novelas que, “si  bien no llegaban al nivel de la ambientada en Compostela, no dejaban mal sabor de boca”. No pude dejar de prometerle que las leería en cuanto tuviera ocasión. El joven, ante la imposibilidad de hacerme con ellas, se ofreció a proporcionármelas él directamente.

 

Créanme, todo esto está por ahí, vagando sin ningún dueño por el aire de la ciudad, dentro de los autobuses, en los hogares de gente como ustedes y como yo. Agucen el oído; les prometo que no se arrepentirán. Por cierto, se les agradecería algún comentario motivador en plan insert coin.

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