La vida privada
En mi trabajo hay un tipo con cara en forma de pepino arqueado que no para de hablar por teléfono. Cada día desplaza al anterior sin ningún cambio en su actitud o postura; tan sólo hay jugosas mutaciones en lo que dice a través del aparato. Se trata de un ser que parece escapado de una novela de Millás (El desorden de tu nombre, por ejemplo) del que conozco sus dos divorcios, sus aficiones y sus debilidades a través de las conversaciones que entabla con alguien al que nunca veo; todo ello, sin que él apenas tenga noticia de mi vida.
En cierta ocasión me mostró el móvil con una foto de su actual novia: señora rubia, embutida en un traje de chaqueta, pintadísima, frisando la sesentena y con cara de poder contar unas cuentas historias de desamor. Me encontré de nuevo con ella accidentalmente, esta vez en versión papel, actuando como marca páginas, perdida entre las páginas de un libro de cuentos. El protagonista de esta fritanga la había dejado olvidada en la zona de préstamos de la biblioteca del centro. Una historia perdida entre otras tantas.
Lo miro. A veces pienso que actúa, que imposta la voz, que cuando atiende a una llamada (suena el himno del City F.C. que él mismo tararea con fervor de aficionado de guardia) no hay nadie detrás de la línea. “Sí, que sí, hija, que el perchero para ti”. Cuelga, me mira y me dice: “Era mi ex. Nos repartimos el botín”. Así, día tras día.
Hoy ha comprado por teléfono un todoterreno de 35.000 €. Y es que hay gente que no tiene vergüenza.
Genial, digo (EUD)
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