29/04/2008

Metafísica licuada

Durante años, jovencitas despiertas y vigilantes a los nuevos aires literarios me han aconsejado la lectura —siempre inmediata— de la obra de Amèlie Nothomb, escritora belga-nipona de gran, dicen algunas, solvencia literaria.

Con ese movimiento de placas tectónicas que supone encajar un nuevo autor en la corteza que cada uno considera canónica, intenté instalar ayer a la citada escritora en ese territorio de cuencas, valles y mesetas del Parnaso. Leído lo leído (Metafísica de los tubos, Barcelona, Quinteto, 2006), contemplo indolentemente como es éste otro nombre para guardar en el habitáculo estanco del observatorio sísmico de las veleidades creativas, allí donde quedan alojados otros vapores de solfatara que perfuman las mesas de novedades.

La Metafísica de los tubos es una novela corta entre lo cutre-kafkakiano y la bonhomía bienpensante dignas de Bariccos, Rivas, Tabucchis y otros pájaros babélicos. En resumen, la novela cuenta los avances vitales de una niña, hija de un diplomático belga en Japón, que toma conciencia de tubo desde sus más tempranos parpadeos. Esta situación acaba con la llegada de su abuela a la ciudad de Kobe para visitar y observar de cerca tan increíble fenómeno. Los padres quedan estupefactos al ver como su tubo sale de esa condición por el simple hecho de encontrarse con el placer, materializado en una tableta de chocolate blanco que le da a probar su abuela. A partir de ahí se narrarán su relación con dos asistentas japonesas que personifican el bien y el mal respectivamente; el intento de suicidio truncado; y el deseo de la protagonista de no separarse nunca de la cultura japonesa. Todo ello con el contrapunto de fondo de un repaso a las incursiones occidentales en el país durante la 2ª Guerra Mundial.

En fin, para ser sinceros, no se le negará a la obra algún fogonazo desvaído al final de un túnel de intuiciones líricas, aunque todo se queda bajo la forma de una filosofía (de ahí lo de Metafísica) licuada sin apenas desarrollo, algo que agradará a lectores de fin de semana, a horteras (con su antigua acepción de dependiente de tienda) y a otras almas cándidas que bailan al compás de los suplementos culturales de signo progresista.

Stendhal, en una celebre frase dirigida a Merimée, decía: “Escribir no es apuntar; escribir es disparar”. La tarde de ayer la desperdicié en el campo de tiro, mientras que el practicante sólo atinaba a mirar por encima del cañón, sin intuir apenas la diana al fondo del pasillo.

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Comentarios
1 - Hace poco un amante furtivo me recomendo y presto un libro que se llama Marranadas, cuya protagonista se transforma en cerda, sin saberlo conscientemente, pero disfrutando de los revolcones entre la mierda..

He de apuntar que aunque me hicieron gracia algunas cosas no consegui terminarlo.

Solo apuntaba. (Comment this)

Escrito por: Anónimo at 2008/05/05 - 19:22:33
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