02/05/2008

Trama y estilo

La City también tiene feria del libro. Ya no bastan edificios icónicos en las ciudades de provincias para formar parte del star system cultural; se hace necesario posar con laureados poetas y dar de comer a escritores encumbrados por las listas de ventas a cambio de que todos ellos firmen ejemplares, posen, distribuyan apretones de manos o, en el mejor de los casos, canten y bailen. En este contexto, ayer, el lletra ferit Vila-Matas conferenció ante un auditorio compuesto por cabezas de animalias de épocas desacompasadas: jóvenes amigos de la metaficción, abuelas atraídas por la bonanza climática aportada por el aire acondicionado, diletantes, imitadores de estudiantes de Eton, literatis y grupies de cualquiera que moje la pluma en tinteros plateados.

Vila-Matas, como acostumbra a hacer, desgranó un discurso autorreferencial, llegando a fusilar por completo un artículo propio en un Babelia de noviembre del año pasado (como ya hiciera en su famoso Bartleby y compañía con una cita de Borges sin entrecomillar). Sospecho que lo que nos encajó será el primer capítulo de un libro sobre los escritores que esperan o sobre cómo se hace una novela cocinada en la parrilla de su barbacoa. Nombres como Gracq, Robert Walser, Rimbaud, Nerval, Magris, Musil, Ribeyro, da Cunha (apellido que el catalán pronunció como da Cuna), Pessoa, etc. sirvieron para dar el tono a un discurso que proponía una poética de la novela para el siglo XXI. Para él, la poesía y el estilo tienen que primar por encima de la trama. Me resulta llamativa esta apuesta por la música narrativa cuando, sólo con un mero paseo por las casetas de la feria, se puede observar que el comprador medio se hace con títulos en los que prima el macramé tosco de enredos medievales por encima del dorado perfil de la seda del estilo.

Cierta vez le propusieron en Francia al escritor de novela negra Chester Himes que confeccionara historias de detectives. Ante la imposibilidad confesa de éste para hacerlo, Marcel Duhamel, director de la  serie Noire de Gallimard, se lo dejó bien clarito, construyendo, sin sospecharlo, la poética novelística de nuestro siglo, sin cabida para Gracqs, Manganellis ni otros estilistas narrativos: “Coja una idea. Empiece con acción, con alguien que haga algo; con un hombre que saca una mano y abra una puerta, la luz brilla en sus ojos, un cuerpo yace en el suelo. Se vuelve, mira hacia uno y otro lado del corredor… Siempre el detalle de la acción. Retrate. Haga como en el cine. Las escenas siempre son visuales. Nada de flujo de conciencia. Nos importa un bledo lo que piensen quienesquiera que sean. Sólo nos importa lo que hagan. Que siempre estén haciendo cosas. De una escena a otra. No se preocupe si carece de sentido. Eso es para el final. Escríbame doscientas veinte páginas a máquina”.

El estilo es una sutileza que nuestro tiempo no se puede permitir. Se paren tramas sin apenas gestación. El negocio editorial no conoce los preparatorios para el parto. La trama hilvanada con un estilo brillante es lo único que puede dar obras de arte. El resto, únicamente, son novelas del Oeste y gótico internacional.

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