Eloy
En el tejado de un edificio de Ferrol, las gaviotas pespuntean con sus picos las láminas de pizarra que cobijan los cruasanes que le gustan a V., las cajas de zapatos bien apiladas de E. y los sueños de ambos. El salón de este hogar tiene forma de buhardilla. Está iluminado por una claraboya desde donde se otean las tormentas que cruzan la ciudad, y también esas gaviotas que las barren con sus melopeyas surrealistas y oceánicas.
E. trabaja en una piscifactoría. Allí custodia la vida de rodaballos de lomos graníticos. A veces piensa que los tonos grisáceos y ligeramente moteados de sus criaturas le dictan al cielo de la ciudad su color, pues estos seres aplanados, redondos y de cola pequeña siempre miran hacia arriba como queriendo constatar que el firmamento, con su mudez, acata las órdenes silenciosas de sus cuerpos.
E. es el último dandi. Algunos días sueño con ser él. Poca gente sabe que vive en Ferrol, y que es el dueño del cielo.


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