Ventana
La ventana de mi estudio da a un angosto callejón. Casi podría estrechar metafóricamente la mano con otra que la enfrenta, pero mis vecinos son gente joven, esquiva y, mucho me temo, maleducada, que no vinieron al mundo para acercamientos comunales. Llegaron hace dos años a la manzana; por lo que cuentan las voces anónimas que recorren las escaleras, se trata de un matrimonio de treintañeros, exitosos y de pulidos cuerpos y dentaduras, que compraron dos pisos para unirlos luego. Son arquitectos, esa extraña profesión actual que bascula entre lo antropológico y lo holocáustico. Su vida privada, la porción que se me ofrece mientras estoy sentado en mi mesa, la custodian con dobles ventanas y cristales esmerilados, además de con un rictus que recorre toda una escala de sensaciones: desde la inhalación de mierda de bebé hasta un estornudo que nunca acaba de despegar, pero que hace mirar hacia otro lado y entornar algo los ojos para no toparse con el vecino.
Hoy esta sólida pretensión de no dar nada al público (totalmente comprensible, por otro lado) ha hecho aguas. Disfrutaba yo con la lectura de La información de Martin Amis con la persiana de mi tronera a un tercio de cerrarse (he de procurar que el astro rey no decolore mis bellos volúmenes), cuando, en un cortocircuito del sistema de protección de la pareja de enfrente, observé la estela azulada de un pubis femenino pasando por delante mis narices. A continuación, un glande semierecto (Apolo persiguiendo a Dafne) trotaba con gracia atlética hacia el lado por el que había desaparecido la primera visión un par de segundos antes. Como comprenderán, Martin Amis se convertía en ese mismo instante en literatura basura, en un muro gélido y amanerado que me apartaba del mundo de las pasiones. Con los ojos como platos esperé a que el azaroso director de esta escena encuadrara de nuevo a sus personajes. Así fue: frente a mi perpleja mirada dos franjas corporales (la superficie que va desde el ombligo hasta el premuslo) se fundían torpemente con gran sufrimiento para el miembro masculino: genitales hundidos amorosamente en el campo rasurado del vello púbico y glande atrapado en escorzo hacia el lado de la cámara. La punta del prepucio me miraba cuestionándome silenciosamente acerca de mi atrevimiento. Me puse nervioso y me levanté del asiento. Cuando volví, los cristales esmerilados, supongo, amortiguaban el color de la pasión y sus gemidos.


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