Urinarios y literatura

En un boudoir galvanizado por la profilaxis de nuestro tiempo, coincidí cierta vez con el novelista Eduardo Mendoza, que se aliviaba en un urinario junto al mío. El autor acompañaba la micción con una respiración sincopada y quejumbrosa. A partir de esa escala de ayes asordinados, cualquier alma cándida que llegara al lugar podría inferir que se trataba de alguna práctica masturbatoria de eyaculación inmediata, aunque la posterior reacción del literato dejaba bien claro que sólo era un problema de próstata de la etapa sexagenaria de cualquier mortal, incluidos escritores de éxito.
Años antes, en mi fase de estudiante compostelano, me quedé estupefacto ante lo que vislumbré en los aseos de la facultad: el por aquel entonces Rector Magnífico —y aún hoy reputado crítico y teórico de la literatura— apoyaba los brazos imperialmente sobre los retretes que flanqueaban el que él estaba utilizando, quedando suspendido en el aire su miembro, ajeno al antojo de los vaivenes gravitatorios que suelen afectar a cualquier mortal, incluidos Rectores Magníficos, críticos y teóricos de la literatura. La faena se remataba con dos breves pero contundentes golpes de talón sobre el suelo, con un leve aire de banderillero. La imagen de esta proeza la vi reflejada en el espejo mientras me lavaba las manos. Al fondo del azogue se podía oír la duplicada insistencia percutiva de un descomunal chorro de orina sobre la porcelana de la taza.
No tuve la ocasión de orinar con Borges —a lo máximo que llegué fue a conocer a una señora de procedencia alemana en la calle Maipú de Buenos Aires que aseguraba ser su lectora de Schopenhauer; también hube de soportar a su hija, una gorda ignara que se afanaba en saber mi dirección para visitarnos porque “su gran pasión era viajar”—. Desde luego, si se hubiera dado el caso de la feliz coincidencia de evacuar aguas menores con el autor de Historia universal de la infamia, imagino que no habría tenido el arrojo de decirle nada en tan ridícula situación y, ni mucho menos, sacarle la instantánea que un mitómano desaprensivo o, simplemente, un hijoputa consiguió.
Una noche, la viuda de Fernando Quiñones me confesó que sospechaba que su marido había llegado a ser el mamporrero de Jorge Luis Borges, pues grande era la admiración que tenía el gaditano por el bonaerense. Claro está que el día de autos Fernando aún no se había sometido a tan imponente disciplina.


unhinged (Comment this)
Confieso que nunca me atrajo vestirme de señorita con la ropa de mi mujer, como otros varones hacen, sin embargo de madrugada, cuando necesito miccionar furtivamente, me gusta sentarme en la taza para el agravio de mis genitales masculinos. Temo que un día mi mujer me descubra y quiera orinar de pie o levantando una pata. Ella es tan aguerrida. (Comment this)