Stanislaw
Ha muerto Stanislaw Lem. La noticia me sorprendía ayer mientras cumplía con el acto de echar más harina a esta fritanga. Hoy escucho en “el ojo crítico” de Radio Nacional los panegíricos apresurados y telefónicos de sus editores en España (Ubi sunt lectores?). En cambio, tras esta cautelosa relación de editoriales en donde encontrar sus obras para comenzar a leerlo, aparece el crítico del programa para hablar de la ingente obra de Vargas Llosa. Comienza el individuo a desgranar las excelencias literarias del peruano afirmando que su primer “libro de cuentos”, Los cachorros, reúne una serie de historias donde la más memorable es la de “Pichulita Cuellar”. Si no recuerdo mal, allá por mis años mozos, la presunta colección de cuentos era una novela corta, ensamblada y sin grietas que dieran lugar a pensar que se trataba de fábulas peruanas reunidas.
Comento todo ello porque, si los críticos literario-radiofónicos se dan a esta tarea de metamorfosear géneros de obras que supuestamente han leído, que no harán con el pobre de Lem (al que al parecer sólo han leído sus editores) cuando haya que festejar su centenario, celebrar la aparición de sus obras completas en Galaxia-Gutemberg (como es el caso ahora del bueno de Vargas Llosa) o, simplemente, citarlo en tertulias radiofónicas.
Mi conocimiento de Lem se reduce a un único libro, La investigación, que esta tarde he buscado en el desorden de mi acumulación libresca. Una historia que cuenta las pesquisas llevadas a cabo por el detective Gregory para aclarar el caso de cadáveres que son robados y luego devueltos. Es cierto que en el caso de verme en la necesidad de poner en pie el argumento no me aventuraría a hacerlo sin antes releer la obra. Recuerdo vagamente el trasfondo pseudofilosófico que emanaba el relato, traído por Lem magistralmente. Me permito un pequeño y osado homenaje al escritor Polaco; saco de las páginas de La investigación un fragmento:
Si todo lo que existe es fragmentario, fortuito, abortado, si los acontecimientos tienen un final sin haber tenido un principio, o solo la parte central, o la delantera, o la de atrás, y nosotros nos afanamos en segregar, pescar y reconstruir aquellos trocitos hasta que vemos unos amores completos, traiciones y derrotas, aunque, en realidad, nosotros mismos somos unos amasijos heterogéneos y sin calidad. Nuestros rostros, nuestros destinos, son moldeados por la estadística, somos una resultante de los movimientos brownianos, unos esbozos inacabados, unos proyectos trazados al azar. Perfección, plenitud, belleza, ¡no son más que una excepción rara que sólo se presentan porque son tantos los fragmentos! ¡Su cantidad es inimaginable! La grandiosidad del mundo, su incontable multiplicidad, es el regulador automático de su devenir cotidiano, gracias a ella se completan aparentemente las lagunas y las fallas, el pensamiento, para salvarse a sí mismo, encuentra y une fragmentos alejados.Larga vida a Lem. Lo mejor que le puede pasar a un autor, si no se es Vargas Llosa, es morirse.

