Swimming between short cuts
Hace ya años, cuando los kilos y las canas aún no me habían convertido en el oso blanco que soy ahora, en una tarde de paseo compostelano hice un hallazgo formidable: Simago me ofrecía por el módico precio de 47 pesetas El nadador, libro de relatos del entonces desconocido para mí John Cheever. Mi raquítica cuenta de estudiante daba para adquirir poca literatura, por lo que llevar hasta la cama un libro en propiedad, y que tal libro me diera tanta satisfacción, era suficiente para celebrar el día.
Más tarde llegaría, en la misma línea que Cheever, el señor Carver. Sigo prefiriendo al primero de ellos, aunque ambos tengan en común la ejecución de cuentos contemporáneos que dan medida al hueco abisal de la vida de nuestros dos siglos.
Para los admiradores-emuladores de este tipo de literatura (me consta que son más los carverianos) he de admitir que el germen de tales proezas narrativas es más fácil encontrarlo en las conversaciones asordinadas de los gimnasios y en la intimidad procaz del habitáculo del coche compartido que en películas de Allen o en los circuitos neuronales surcados para la creación literaria.
Al modo de Balzac, ésas serán mis próximas frituras. Mañana contaré los desvelos de R.


Balzac, Balzac... No sé a qué se refería usted exactamente, pero enseguida he recordado una cosa: que el París de Balzac, quiero decir el París menos favorecido (casi todo París), olía a pura fritanga. Olía a esto mismo en la desvaída casa regentada por Mme. Vauquer, donde pasaba sus tristes días finales el pobre de Goriot, ¿lo recuerda? El escrupuloso (casi escatológico) retrato que hace monsieur Balzac del salón de Vauquer es totalmente incompatible con la idea de "confortabilidad". Con cuánto cinismo quisimos más tarde linchar a Zola por urgar un poco más al fondo...
En cuanto a Carver (pasemos del viejo al nuevo continente), ¿no cree usted que, cuando consigue desasirse del medio americano (las menos veces), por momento nos anuncia a un Barnes? "Tres rosas amarillas" y El reestreno" podrían haber sido escritas por la misma mano. Y sin embargo, ahora que lo pienso, les separa algo definitivo: la conciencia en Barnes de la escritura, y también de la vida, como una retórica que nos toca vivir. Una retórica que disfraza la verdadera vida y el verdadero lenguaje. Por lo demás, a ambos les une su amor por la literatura rusa.
¿Y por qué le cuento todo esto, sr. Fritanga?
¡Ah, querido amigo!, consigue usted levantarme el recuerdo de mis olvidados libros en estas presuntuosas tardes, demasiado largas para un viejo jubilado como yo.
Siga deleitándonos así. No llegará a ningún lado, se lo aseguro, pero le cabe el honor de darnos felicidad.
P.D.: Aún espero los "desvelos de R." ¿De qué se trata esta vez? (Comment this)
mi ignorancia, tan enorme como mi osadía, me hace perderme entre aquellos autores que nombráis de mundos cercanos para unos y lejanos para otros. Imagino que Barnes es el autor de La Mesa Limón, deliciosos cuentos en lo que ahora estoy sumergida... Solo una nota: ¿habéis visto fotos de él? parecerá una tontería pero creo que su afilada nariz tiene nucho que ver con su forma de escribir...
Pd: friti, todos estamos esperando que desvele a su público con "R y E"... ¿cuándo? (Comment this)