Física filológica
R. habita una suntuosa casa en la city (tres plantas y garaje). Duerme sola 135 días al año (el marido asiste a convenciones continuas en Berlín, Los Ángeles, Miami, Nueva York y Tokio). Su vida está edulcorada por la presencia de dos vástagos que justifican las horas de vigilia en el mundo. R. tiene que recorrer 85 kilómetros para escapar del spleen de su matrimonio. Cruza el aire amarillo del amanecer y llega al trabajo. Hoy explicará la cohesión, los marcadores textuales, la mudable vida de Lope de Vega y la polisemia.
Mientras que R. desgrana sus conocimientos de filóloga interina, en clases aledañas E. surca las circunvoluciones de sus alumnos con asuntos tan fantásticos como la respiración celular, los enlaces metálicos, las orbitas elípticas de Kepler y la ecuación del movimiento rectilíneo uniforme. Tras la maraña tejida por mitocondrias y electrones se esconde otro simulacro de vida similar al de R.
R. y E. tienen exactamente 25 minutos para agarrarse al vaporoso noray de la felicidad reencontrada en una mesa de laboratorio. La disección es rápida. A la vuelta, dirección sur, R. recuerda que en los enlaces covalentes dos elementos necesitados de electrones se unen para convertirse en gases nobles. Por la carretera que lo lleva hacia el Norte, E. recita un cuarteto de Lope: “Ir y quedarse, y con quedar partirse, partir sin alma, e ir con alma ajena, oír la dulce voz de una sirena, y no poder del árbol desasirse”.


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