Viaje por Oriente
“Siempre me esperaba en la habitación. Sabía que a las cuatro entraría por la puerta, recorrería el pasillo, sortearía un coqueto biombo que negaba el panorama de su cama y allí estaría ella, aguardando. Su mesa de noche estaba colapsada por la presencia de botes de perfumes y cremas faciales. Aliviaba un poco este conglomerado de afeites una pequeña estantería, más indicada para una cocina que para un dormitorio, en la que unos tapones de corcho ponían fin a primorosos botes.
La ceremonia era la siguiente: ella espolvoreaba el contenido de alguno de esos botes en su pubis; a continuación, me guiaba hacia una superficie que combinaba visón con hojitas o partículas de diferentes tamaños, texturas y olores. En aquellos viajes a la India nunca hubo oportunidad de notar otros azotes contra las rocas (el miedo a la penetración no planteaba dudas). M. siempre me convertía en un accidental Marco Polo. Aún la recuerdo.
Decía Camus que el verdadero amor es excepcional, hay dos o tres por siglo aproximadamente. El resto del tiempo hay vanidad y aburrimiento. Me casé. Mi mujer me acusa de echar demasiado orégano a la ensalada, de esnifar a escondidas en los tarros de especias y de esparcir excesiva canela en el arroz con leche. A veces me he quedado aletargado, bajo el despiadado rumor del recuerdo, en los escalones de una semillería cerrada, cuando la ciudad deja de ser furibunda.”
Confesión a 110 kilómetros por hora, atisbando ya los primeros girasoles, de R, profesor de Ciencias Sociales.


Querido Fritanga, adoro su blog porque es como mirar un cementerio a través del vitral de una iglesia: qué hermosos colores, y qué falsos. (Comment this)
Deje de jugar a ser Nabokov. No nos enseñe su muestrario de lepidópteros muertos. La entomología es para los maestros. Ya lo dice Mr. Spock: hermosos y falsos resultan sus colores. Denos la posibilidad de encontrar una luz que se parezca a usted. (Comment this)
La India podría ser Madrid, cualquier habitación de un hotelito no más que decente en cualquier calle cerca de la Plaza Mayor; y la mujer recipiente, una amante más joven, una alumna de la Universidad, quizá; la compañera de la oficina o una puta muy decente. Y R. cualquier hombre en busca de una caricia sin reproches, sexo sin medida o simplemente silencio, nada de preguntas, nada de respuestas, sólo piel.
Los hombres somos cobardes por naturaleza. Se imagina Vd. a R. relatando este episodio a su señora?, no sólo lo hace así, en confesión a 110 km. por hora. Los hombres presumimos de nuestras infidelidades, pero nos revisamos bien ante el espejo en busca de sospechosas rojeces. Salimos por la puerta y felicitamos a nuestro miembro con un ligero toque por una buena faena, aunque, aún tendida en la cama, nuestra amante, habitual u ocasional, deje derramar una lágrima caliente porque ha estado a punto de preguntarte si la querías, porque ha querido confesarte que empieza a quererte y tú también, en el fondo, la quieres más que a otras, pero lo importante es que has triunfado, o eso crees, y ella ha quedado más que satisfecha. Y, claro, si nadie más lo sabe, no tiene valor, así que lo cuentas, siempre en confesión, a otro hombre, puede que incluso en un aparte de la mesa que ambos compartís con vuestras respetables señoras, que, sí, lo saben y el día que se descubre el pastel, te enumeran sin vacilar todos los detalles, todos y cada uno de los indicios de sospecha y el mundo se te viene encima y ya no quieres ni ver a la amante ocasional o habitual, porque lo único que deseas en la vida -joder, ¿es tan difícil?- es quererte y que te quieran.
Fritanga, cuéntanos qué pasa con E. y R., ahora ando perdido, pues creía que R. era la filóloga y E. el cienciólogo,pero ahora aparece un nuevo R., profesor de ciencias sociales. Estoy desconcertado. Necesito que me aclares. (Comment this)