24/05/2006

Bárbaros infieles y edificios efímeros

De lunes a viernes mi sombra se arrastra por un edificio efímero. El caprichoso azar y las veleidades políticas dieron al traste con la ilusión de tener una educación cimentada sobre hormigón y ladrillo. Tengo una relación sentimental con este teatro de la educación, unos lazos que me emparientan con él y que me convierten en parte de su piel metálica: al igual que la chapa que da cobijo a nuestros cráneos y palabras, yo también he de remachar los costurones de mi alma para soportar el peso de los días y la gravedad de algunos incidentes dignos de la España profunda.

A partir de Constantino, la romanización de las partes más alejadas del Imperio Romano llevaba aparejada la evangelización. Estos días el párroco del lugar, a la sazón profesor de religión, ha sufrido el ataque de un padre resuelto a demostrarle al sacerdote que los representantes de Cristo en el mundo sublunar sólo han de consagrar el pan, casar y librar del infierno a almas recién llegadas, que para guiarse por la vida ya se bastan ellos mismos. Al parecer, en las homilías de las comuniones este compañero comentó algo sobre las responsabilidades paternas a la hora de educar a sus descendientes. Un progenitor, arropado por otros iguales y calentado por el néctar de las uvas, decidió acotar los poderes terrenales de la Santa Madre Iglesia: se encaminó a casa del clérigo, tiró la puerta y destrozó parte del mobiliario. Luego, imagino que ya con la espuma saliéndole por la boca, buscó entre tanta ruina el cuerpo del servidor de Cristo. La providencia, los hados, o lo que sea, hicieron que el bueno de J.L. estuviera dando la extremaunción a treinta kilómetros de allí.

Nunca sospeché que la romanización de las provincias del Imperio fuera tan ardua, tan ingrata y, al igual que el edificio que recorremos, tan efímera. Los bárbaros son así. Otra cosa es trabajar con infieles.

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