Sherezade en Túnez
Aquellos de mis iguales que padecen el uso del “tedio vertiginoso”, el coche según Jules Renard, apagan el spleen encendiendo la radio (perdonen la antítesis infantil). Si lo hacen, se podrán topar con una cuña publicitaria de Viajes Marsans que es una prueba fehaciente de por dónde van los tiros en nuestro mundo: “Viaje a Tunez, la ciudad de Las mil y una noches”. Resulta evidente que la deslocalización no es sólo un problema empresarial (miren las etiquetas de las prendas que les visten ahora mismo y díganme si son cristianos viejos sus hacedores); Marsans deslocaliza y anula de un plumazo el Bagdad donde Sherezade compraba almizcle para perfumarse antes de pasar a ser contadora cautiva del sultán. Me molestan estas creaciones falaces, sobre todo si estamos hablando de una ciudad que existe para occidente en flashes sangrientos, donde la condición física de 200.000 obras de arte es pregunta que sólo contesta su propia ausencia, y en donde en algún rincón del desierto se encabritan alentadas por el viento las cenizas de su biblioteca. De todas formas, habría que añadir que Túnez está emparentada mezquinamente con Bagdad gracias a otra pérdida que alimenta la imaginación de muchos creadores de ficción: la desaparición de Cartago. Dromomaniacos del planeta, viajemos todos a estos mundos paralelos creados por agencias de publicidad, es muy posible que nos encontremos con Sherezade Igartiburu.

