El mal
Vivimos malos tiempos (para la lírica y para un puñado de cosas más o menos serias). Una vez tuve que hacer de bulto enamorado para completar el aforo de una conferencia de la señora Carmen Posadas. La viuda de Mariano Rubio se embolsaba 3000 eurazos por contar ante un auditorio escamoteado a la Asociación de Viudas de Sevilla (imagino que compartir con la conferenciante el mismo estado civil haría que la entendieran mejor que yo) cómo había llevado su ramo de novia a la tumba de Lenin cuando contrajo matrimonio con el finado (entiéndase el señor Rubio). Ya ven, Lenin muerto, y Mariano, que por aquel entonces se encontraba por Moscú, llevándose a la bella doncella gracias a sus encantos “neoliberales”.
Bueno, todo esto viene a que la señora Posadas, a la pregunta de un lector fiel sobre cuáles eran actualmente su proyectos literarios, contestaba, ufana y dándose una palmada en la melena, que una novela que reflexionaba sobre el mal. El pasado sábado leí en Babelia (El País, 10 de junio de 2006) que el autor gallego Suso de Toro acababa de publicar “una fábula de tintes dramáticos donde el autor reflexiona sobre el mal”. El mal, el mal. Nos topamos con él con sus pálidos reflejos en el trabajo, en un comentario mezquino o en el gesto procaz de la vida en un instante imprevisto. A la memoria se me vienen obras maestras de la literatura que lo tocan directamente: El corazón de las tinieblas, Moby Dick, algunos cuentos de E. A. Poe, A sangre fría, etc. El mal es elemento consustancial al género humano. Lean a de Toro y a Posadas. Coméntenme luego. Les estaré eternamente agradecido. Mientras tanto, yo seguiré montado en el lomo blanco de la ballena, sintiendo latir el corazón de la oscuridad y leyendo algún que otro apunte de mis fritangas más atrevidos.

