17/06/2006

El talento de los bueyes

Las tardes de junio acallan la tristeza del final del día con calor y unas sombras luminosas y alargadas. En estas tarde sigo a mi silueta mientras ando; recorre el camino acostumbrado cuando sabe que practico el funambulismo en la cuerda floja y que de un momento a otro caeré al vacío de la aflicción. Estúpidamente pienso en la red ficticia de los libros. Es cuando constato que mi sombra me está llevando al establecimiento adecuado. Allí me puedo encontrar con otro gran triste vespertino, J. cuentista notable y buen conversador. Alguna vez me contó que cuando lleva a las amantes hasta su alcoba tapizada de volúmenes ve la trabazón imposible entre amor y literatura. A una, me narraba hace poco, se le desencajó la boca cuando vio tal biblioteca, llegándole a preguntar si los había leído todos. En la cabalgada hasta la ínsula Barataria no pudo dejar de abrir los ojos para observar a su amazona intentando leer los lomos de los libros que le quedaban a un lado y a otro de la cama. Y es que el amor de ciudad grande tiene esas cosas.

Como decía, cuando practico el tedio misántropo me tiro un par de horas pasando el dedo por títulos desconocidos en las librerías. El otro día, en ese afán mío por hacerme con toda la literatura del fracaso, me encontré con el Diario de Jules Renard (1864-1910), escritor francés que conoció a lo más admirado del mundo literario de su tiempo. Pasar a la historia de la literatura por dar cuenta de cómo rugen tus tripas y las de tus contemporáneos es un pequeño y doloroso triunfo. A ésta nómina de fracasados más o menos conscientes se suman Cansinos Asséns, Pessoa, Kafka o Ciryl Connoly, del que les hablaré otro día. El Diario de Renard es descarnado, no deja paso a la confesión barata; está a medio camino entre el aforismo de largo aliento y las escenas de tertulia literaria. Copio aquí un párrafo donde le pone nombre a la que va a ser su bestia negra, la consecución del talento, cuestión esta que me obsesiona a veces, sobre todo en este tipo de tardes:

El talento es cuestión de cantidad. El talento no se demuestra escribiendo una página, sino escribiendo trescientas. No hay novela que una inteligencia mediana no pueda concebir, ni frase tan hermosa que no la pueda construir un principiante. Pero hay que empuñar la pluma, preparar el papel, ir llenándolo pacientemente. Los fuertes no dudan. Se sientan a la mesa, dispuestos a sudar. Llegarán al final. Acabarán la tinta, gastarán el papel. Esta es la única diferencia entre los hombres de talento y los cobardes que nunca empezarán. En literatura sólo existen los bueyes. Los genios son los más gordos, los que penan dieciocho horas al día de forma infatigable. La gloria es un esfuerzo constante.

 

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