Espectáculos domésticos
Todos, chispa más o menos, podemos hacer un ejercicio que no requiere de grandes dotes imaginativas: ver, antes de que nos sea entregada (siempre haciendo uso de todos los datos que se nos ofrecen: marca del reloj, mirada, fuerza ejercida a la hora de estrechar la mano por primera vez, ademanes, etc.), cómo corta el borde afilado de la factura que nos entregan distraídamente un albañil, un escayolista, un electricista o un fontanero. El atraco de estas honorables profesiones está pidiendo a gritos la vuelta al mundo gremial, o tal vez no. Nos podemos hacer una idea de cuánto vale el savoir-faire de estos profesionales, pero, ¿cuánto vale la hora de payaso? Esta misma mañana un compañero lloraba sobre mi hombro el pago de una sustanciosa suma a dos individuos que ofrecían por una hora de su arte “humor fino e inteligente, espectáculo de, atención al palabro, globoflexia, y un castillo hinchable que hará las delicias de los pequeños”. Todo ello por el módico precio de cien eurazos.
Resulta inútil quejarse de estos desorbitados precios en el mundo del espectáculo doméstico, de hecho, me parece incluso barato. Estos señores hacen su agosto gracias a la falta de imaginación de los padres. Aún recuerdo a mi madre en mis cumpleaños distrayendo a niños y mayores con dos trozos de papel pegados en las uñas de los dedos índice y corazón, y haciéndolos desaparecer con la fácil maniobra de doblar uno de ellos (“Dos palomitas en un palomar: una se va, la otra también. Las dos palomitas vuelven otra vez”). No me digan ustedes que con este derroche de imaginación no se ahorra uno unos duros. Padres, no decaigan en el empeño de distraer a los suyos; no entren al trapo de los cumpleaños con Ronald McDonald, otro payaso. Estamos preparados para divertir a una veintena de niños (siempre que éstos estén fuertemente amarrados a la silla).

