22/06/2006

Madrugada

Madrugada. Pienso en el pobre Balzac. Los personajes de la Comedia Humana llamaban a deshora a un escuálido cerebro que se agotaba en la creación de un mundo más real que el que él mismo habitó. Ejército de hormigas horadando en la noche hemisferios, lóbulos, cisuras, meninges e hipotálamo. El sonido de sus pasos se hacía a veces ensordecedor. En una de sus cartas teme que se le incendie el cerebro; no obstante, lo que realmente quedará arrasado será su estómago: Balzac utilizaba el café como opio creativo, cuyas dosis hubo de aumentar cada vez que iniciaba un nuevo libro. Su titánica obra le supuso, según un atrevido estadístico, cincuenta mil tazas de café muy cargado. A los cuarenta años le acomete la alarmante molestia de un parpadeo continuo.

Mientras que el rítmico aletear de un murciélago roza la persiana de mi estudio, me hermano con la gran cabeza de toro de Balzac. Ni la afición demoníaca al café, ni las dolencias cerebrales provocadas por la sífilis me acercan a su persona, sólo lo hace una extraña sensación de tener a seres reales zapateando nerviosamente por las calles solitarias de mi cráneo. Ejercen la prostitución en las lindes oscuras de algunas circunvoluciones y saben mezclarse perfectamente con personajes inexistentes. Me agarro a Baudelaire y al grito desmañado de un gallo madrugador: “Para curarme de todo, de la miseria, de la enfermedad y de la melancolía, no me falta nada más que la afición al trabajo”.

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