27/06/2006

Lugares extinguidos

Gerald de Nerval, poeta suicida francés y prefigurador del surrealismo, se ahorcó en una madrugada de 1855. La calle de París donde hallaron su cuerpo balanceándose, la rue de la Vieille Lanterne, no existe hoy. Los vaivenes políticos de Francia hicieron que Napoleón III diera comienzo al Segundo Imperio y que el Barón Haussmann tuviera la oportunidad de trazar la tela de araña en la que quedarían adheridos todos los hombres del mundo occidental, un monstruo delirante a donde acudirían artistas, ideólogos y desheredados para encontrarse en la Babilonia moderna: el París que hemos heredado. Nerval no conoció ese París de los bulevares y la luz; anduvo, con su locura a cuestas, por barrios insalubres y por calles umbrosas, motejadas por claros vestigios de medievalismos pasados. La sombra del poeta proyectada sobre los adoquines se esfumó para siempre.

Me viene a la memoria este caso de pérdida de lugares señalados por lo que vengo viendo en estos últimos años. Ya no existe el campo de libélulas por el que transcurrió mi infancia; no existe la depresión del terreno a la que robábamos las raices del palo dulce (palodú para los niños del sur; glycyrrhyza glabra L. para los botánicos; y regaliz para el resto), que luego mordisqueábamos y relamíamos hasta quedar hartos; tampoco existe el camino de olivos que llevaba al pueblo y en el que más de una vez robamos aceitunas.

El progreso, amigos, el inevitable progreso. Está más que claro que no echamos de menos la rue de la Vieille Lanterne porque cualquiera que haya bajado alguna vez por los Champs-Elysées podrá sostener que Nerval hizo el memo por no alcanzar a ver el espectáculo. Es probable que los dueños de los hogares que descansan hoy sobre el escenario de mi infancia piensen lo mismo, pero el daño es irreversible: la construcción desaforada de nichos unifamiliares está dejando el paisaje exhausto. Rechazo de plano la improbable inmutabilidad de la realidad que me rodea; no obstante, sí que creo que podría haber tenido un resultado más digno y más respetuoso con nuestra memoria de niños. Oponerse al avance de los tiempos y, a veces, a sus torpes frutos es estúpido; no pensar en que se deberían haber barajado otras opciones, irresponsable. ¿O tal vez es al contrario?

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Comentarios
1 - Me parece una reflexión algo lastimosa. Habito en una unifamiliar que ha anulado el espacio de mi infancia, sin embrago pienso que también es una suerte vivir en los lugares en donde jugaste y disfrutaste tanto. Cuando salgo a pasear a veces he pensado en esta cuestión, pero nunca lo he visto como una pérdida ni como un ataque a mi memoria. Gracias a estas iniciativas inmobiliarias puedo seguir respirando aquel aire. (Comment this)

Escrito por: montelarino at 2006/06/27 - 19:14:58
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