Suave es la noche (8/07/2006)
[Estas fritangas que se perseguirán en días venideros son fritos en diferido, apuntes realizados en un cuaderno amarillo que me ha acompañado en mi viaje al País Vasco y alrededores. Están frías, es cierto, pero contienen una felicidad inmensa. Lean si gustan. El viaje está empezando]
Las ciudades comienzan a ser tuyas cuando los sentidos proporcionan algo que limita con la alegría al este y la sorpresa al norte: la felicidad. Vitoria me está regalando esa extraña localización del alma, un continuo fluir de emocionantes momentos que habrá que atesorar para cuando llegue el triste invierno. Recorro la calle de la Cuchillería. Saludo a Periko, individuo de chiste (grandullón panzado, que sonríe y bizquea sin tregua); su madre, Concha, me confiesa la fórmula de algunos de sus pintxos con el mismo celo con el que lo haría un espía empresarial. Continúo hasta el Segundo: allí están Iñaki, Mikel y Eugenio, señores que para pagarle una caña hay que dedicarse afanosamente a practicar el full-contact. Duermo (el guerrero también necesita descanso). Luego me voy al Teatro Principal a ver a Brad Mehldau Trio. Concierto elegante, trío ajustado al milímetro, con un virtuosismo fuera de toda exhibición y con alguna concesión al pop (abrieron con el Wonderwall de los Oasis), pero otorgándole una dignidad extraña en estos tipos de experimentos.
Me pierdo solo por las calles de Vitoria. Busco el Man in the moon y allí encuentro una voz femenina y mágica que canta por Milanés, Serrat y Gershwin. Iñaki Salvador, pianista, capitanea el proyecto. Lo saludo diciéndole que con mi amigo L. lo vi hace muchos años en Valencina de la Concepción. Sonrisa entusiasta. Acabado el concierto, ansioso como lobo, persigo más música. Es hora de irse a la cama.

