18/07/2006

Visión del universo (10/07/2006)

Niebla matinal. El aire blanco transforma el paisaje, lo atrapa, lo esconde, lo desdibuja. Un sol enfermizo dora desganadamente las mieses cortadas. Conrad, Stevenson agarrado a un paraguas en Edimburgo, Chesterton, Cortázar en París, Quiroga en los inviernos de Misiones, Poe atravesando la noche de Baltimore, Kafka cruzando el puente de Carlos, Nabokov en San Petersburgo, Borges post-mortem en su tumba de Ginebra. La niebla juega con aleatorios porcentajes de humedad e imaginación. Todos estos ilustres nombres escrutan las aristas de un paisaje que esconde infinitas historias, son soberbios moldeadores de brumas. Los recuerdo mientras que un autobús a la velocidad de la luz me transporta hasta Donosti.

San Sebastián es sometida a una refundación clara en el XIX: al calor de una burguesía vasca industrial incipiente surgen los edificios, las avenidas, los puentes y jardines que la enseñorean y transforman como una nueva urbe cantábrica. De la misma manera que los burgueses tardomedievales, que en el XIV alcanzaron el cielo con catedrales góticas que demostraban su fe y su medrar económico y social, los burgueses donostiarras del XIX plantaron una catedral neogótica que sirviera de redil espiritual a las nuevas almas que dormían en la ciudad.

Donosti huele a mar por todas sus calles. Un hombre camina por ellas soplando una flauta y empujando una bicicleta. El hecho me sorprende, me retrotrae a un tiempo prehistórico donde los cuchillos soltaban chispas al pasar por la rueda que los afilaba. El eco escalonado de las siete notas musicales, ascendiendo y descendiendo, se va apagando en la distancia. Tras ver el Kursaal (arquitectura mostrenca y despojada de magnificencia alguna, jalonando una punta de la playa de Zurriola), descubro, el fin, el monte Igeldo. Me traje el tema de Esclarecidos (Cita en Igueldo) hasta los pies del mar. Observo como su belleza natural se ha ido evaporando hacia su cima: casas palaciegas y menos aristocráticas ascienden para dejar que la corone un hotel sesentero-racionalista anejo a una torre del Renacimiento (pobre siglo XVI). Hacia la punta norte que mira al Cantábrico, un faro (siempre son hermosos) otea el azul gigante y extraño, pleno de bruma. El monte Urgull me sirve de atalaya. En un recoleto mirador un señor se afana en culminar un sudoku sentado en el banco de la izquierda, mientras que a la derecha una pareja de jubilados se reprocha el olvido de no sé qué mejunje para los mosquitos. La vejez debería ser menos prosaica. “Mosquitos como fieras” le susurra el señor al oído de su amada con un deje ronco y malhumorado. Esas gorgonas nocturnales se han cebado con el anciano. “Juegan primero, atacan después”. Este señor es el Cousteau de los insectos. Me voy. No soporto sin carcajearme estas anotaciones anophélicas (lo siento Paula).

Una barcaza me lleva a la Isla de santa Clara. Terraza con música chillout-tecno-afrodisíaca. Vista rotunda del Palacio de Miramar. Una señora de edad provecta devora un filetazo de ternera acompañado de doradas patatas. Mira a un lado y a otro del chiringuito diciendo “¡qué rico, qué rico!”. Sospecho que es un elemento a sueldo de los piratas isleños que regentan el local. No puedo eludir la visión. Yo también deglutiré uno. Espero su llegada. Hago tiempo constatando que el tatuaje hace estragos en las espaldas de las bañistas que se abandonan al top-less. Es probable que el gran negocio dentro de diez años sea la extracción de tinta de cuerpos exhaustos de tanta decoración. Aviso para navegantes. Como, bebo y vuelvo al barco que me lleva de nuevo a tierra firme.

El palacio de Miramar (1842) es un capricho que ostenta una mirada escrutadora hasta límites insospechados: primero ve la isla de Santa Clara; luego, arracima olas cantábricas; y, más tarde, sus ojos llegan hasta Inglaterra, de donde tomó planta y alzado para avizorar la Concha con elegancia anglosajona. Arcos tudor, decoración ajedrezada, tejados a dos y a seis aguas.

Llego cansado hasta la estación de buses (32 graditos). Trago medio litro de agua y dejo el resto a un muchacho ecuatoriano que se sienta al lado. Vive en Navarra desde hace cuatro años y le gusta más el País Vasco porque los albañiles ganan 1800 € en lugar de los 1200 de su nómina actual. Nos agarramos a los dos puntales por excelencia de la conversación entre dos hombres: fútbol y chicas. La patria en la lejanía duele más: digiere mal la eliminación de su país en el Mundial. Pregunta si las mujeres del sur son bellas, apostillando algo sobre las piernas estilizadas de las vascas. Los indígenas emigrados al primer mundo miran la belleza partiendo de un canon occidental planteado por los medios de comunicación. Debe ser difícil escapar.

Dejo san Sebastián. Esta noche actúa Bob Dylan frente al Kursaal. La publicidad que me entregan hace alusión a que “es este país la paz está llegando y nada mejor que un icono de la paz para constatarlo”. En la semana que llevo acá he comprobado que Gara no deja de ser un rotativo de lamentos presidiarios; que la gente no toca el tema vasco con extranjeros; que hay señores de clara raigambre españolistas; que algunos tienen el cuento aprendido sin desmenuzar su parte doctrinal, etc. No sé, no sabemos que pasará. Esta noche Dylan dirá algo que deberían aplicarse unos cuantos:

“Utziko dizut nire ametsetan egoten zureetan/ egoten uzten badidazu”. No se pongan nerviosos, ahí va: “Te dejaré estar en mis sueños si yo puedo/ estar en los tuyos”.

Regreso a Gazteiz. En El Segundo conozco a Periko, mirandés amable de hablar pausado. Nos vamos a escuchar música y la noche se llena de gente: Laura, vocalista de big-band; Antonio, saxofonista de Zufre (Huelva), y Carmen, su mujer de Aznalcóllar; la increíble mujer de Periko, Merche; la dulce Eva; el bajista del grupo funky, etc. Maravillosa, bella y extraña noche.

Posted by at 15:14:36 | Permanent Link | Comments (1) |
Comentarios
1 - La RAE falla de nuevo... si es que sois muy exquisito, creo que lo traduciré como "sobre bicharracos" y me quedaré tan ancha :D (Comment this)

Escrito por: Paula at 2006/07/19 - 13:30:37
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