24/07/2006

Grandes padres y pequeños lectores

El verano avanza y nos deja extenuados en las noches de la City. Atrás quedan los días festivos del País Vasco y los últimos sonidos de la trompeta de Marsalis. Felices los felices. Ahora me ausento del calor y me dedico a las lecturas postergadas, ésas que se acumulan en el frío invierno para disfrutar en el asfixiante estío. Entre hoja y hoja, recibo la milagrosa llamada de G., padre de Octavio, niño de apenas dos años. Me cuenta que el pequeño deglute sólidos para adultos (ternera, jamón, etc.) y hojea con fruición absoluta los libros de animales que G. ha recuperado de su propia niñez para ilustrar esa edad tan cruda. Octavio le pide a su progenitor que le lea el cuento del tigre o el del tritón, en realidad pequeños ensayos de divulgación sobre animales exóticos. Coincidimos en señalar que es un niño postmoderno (ya saben: indeterminación, fracturas, decanonización, hibridación, parodia y, sobre todo, confusión para determinar prístinamente las fronteras entre los géneros conocidos).

Cuelgo. No puedo evitar sonreír ante las ocurrencias de G. Vuelvo a la lectura que había dejado minutos antes: una biografía del trompetista de jazz Chet Baker (Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker de James Gavin). Pienso en las claves que inconscientemente me envía el pequeño Octavio: leemos libros desde un punto de vista marcado por el género que aparece en la solapa del volumen; pero, si no nos sometemos a las etiquetas (biografía, novela, ensayo, crónica, memorias, etc.), podemos encontrarnos con alguna que otra sorpresa que, posiblemente, ya barruntábamos. Como novela, la obra que me acompaña estos días no deja de ser la puesta en escena del consabido esquema de ascenso y caída de un genio precoz. Como biografía, no deja de ser un cúmulo de escabrosos apuntes sobre la vida de un heroinómano trompetista, el cual no dudaba en traicionar a toda una ciudad para conseguir una dosis. Sea como sea, se lea como se lea, esta historia sólo es aconsejable para mitómanos. Llevado de la mano del propio G., me tiro en plancha a leer La máquina de follar de Bukowski. Lean o hagan caso al gran Bukowski. El verano es una estación genial para ambas cosas.

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