Sunday, May 7, 2006

Chita 1

 

 

La tan aclamada por algunos estética de la recepción podría resultar de gran ayuda para explicarnos cómo, al comienzo de los años treinta, el público que asistía a las salas de cine no pusiera en tela de juicio la improbable conjunción selvática del dominio del inglés por parte de un señor criado por monos, con la depilada hermosura de su señora, con la improbable felicidad de un niño (sin escolarizar) en un territorio repleto de amenazantes sorpresas y, por último, con la interpretación, casi humana (en muchos casos superaba a la de Boy), de un animal incluido en el seno familiar sin vacunas ni atenciones veterinarias.

 

El Star System que propugnaba EE.UU. podía ser llevado, con escasas adaptaciones, al corazón de África. Observen la foto de arriba con detenimiento: la robusta rama (metáfora del hogar) soporta el peso de una familia sana y hermosa. Se podría llegar a afirmar que estamos ante un caso de extrema modernidad para la época: un solo hijo (adoptado tras ser el único superviviente de un accidente aéreo), cuando los rigores de los calores africanos y la ausencia de planificación familiar habría dado para que el joven ya tuviera una plétora de hermanos, aproxima a este agrupamiento humano a las tendencias familiares de la Europa rica del momento actual. El caso de la mascota era normal: todo hogar norteamericano que se preciara tendría que contar con la compañía de un perro. El chimpancé (primero por la izquierda) era un caso esperable de sustitución. Quizás sea éste el único factor que aporte un mínimo de veracidad a las películas.

 

Pero el motivo de esta digresión no era hablar de Johnny Weissmuller, de Maureen O’Sullivan ni de Johnny Sheffield, que así se llamaba Boy, sino de Chita. Pero todo ello lo dejamos para la próxima fritura. Se me ha hecho tarde y he de ir a felicitar a mamá fritanga. Hasta mañana.

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