Moncha se muda
Fritangas amados:

En vista de la vida propia que está tomando la historia de Moncha la grilla (personaje real como ustedes mismos), decido mudar la narración a un espacio propio. A aquellos que, aburridos de caminar por las horas del día, tienen a bien seguir estos caprichos de la ficción les convoco a visitar de vez en cuando www.moncha.blog.com. En esta pseudonovela seriada también serán de gran ayuda para este humilde hacedor las anotaciones que realicen. Se tendrán o no en cuenta, pero no dudo de que serán de gran interés para mí y para los otros voyeurs que se paseen por aquí de vez en cuando. He colocado los anteriores post para los que acaben de llegar. Mil gracias por la constancia. Felices calores.
La traición se revuelve a veces entre las cenizas del amor. En 1967 un esposo espera a su mujer encima de la colina que acota Caguas por el sur. Observa el entramado hipodámico y luminoso de la ciudad en la noche. Apura la brizna de tiempo que arde entre sus dedos y piensa que dentro de unas horas tendrá que subir hasta Cataño y recibir la mercancía que saldrá de las entrañas del Daphne, barco atracado en el puerto de San Juan. La gravilla delata la llegada de un Chevrolet Caprice azul prusia. No apaga las luces. El Grillo tira el cigarro y crea con sus manos una breve persiana que le deje atisbar el cuerpo que se trenza al suyo en las noches puertorriqueñas. El relevo del fuego extinguido lo toma una ráfaga metálica que le atraviesa el pecho. Es ahora su mujer, Moncha la Grilla, la que observa allá abajo el movimiento de los coches, el azar verde y rojo de los semáforos y la opaca consubstanciación del fantasma de su marido y todas sus heroicidades, aquellas que le acompañarán hasta la cárcel federal de Bayamón el día en que el FBI logre poner dentro del cerco de la justicia a la Grilla y a Orlandito, mano derecha del difunto. Esta felonía a dúo se fue orquestando entre Moncha y el esbirro en los viajes por la isla, cuando la llevaba a moteles donde esperaba un marido cumplidor. Un día Orlandito paró el carro dos moteles antes de llegar a Ítaca. Allí se paró el tiempo, y ya no hubo otro hombre para ella. (Continuará…)